Antes de que llegue la fecha

Capítulo 9

La tarde se había vuelto más silenciosa de lo habitual.

No era un silencio incómodo, sino uno de esos que aparecen cuando el día empieza a rendirse y todo parece moverse más despacio. El cielo estaba cubierto por nubes claras y el aire tenía esa frescura que anuncia que el frío no tardará en llegar.

Lina caminaba por el pasillo lateral del instituto con la mochila colgándole de un solo hombro. No tenía apuro por volver a casa. Desde que vivía con su tía, las tardes le resultaban demasiado largas, llenas de espacios vacíos que todavía no sabía cómo ocupar.

Fue entonces cuando lo vio.

Elian estaba sentado en las gradas del patio trasero, el lugar que casi nadie usaba. Tenía los codos apoyados sobre las rodillas y la mirada perdida en el suelo, como si el mundo frente a él no existiera.

Lina dudó.

Podría seguir de largo. Fingir que no lo había visto. Sería lo más sencillo.
Pero algo en su postura, en esa quietud distinta a la habitual, la hizo detenerse.

—¿No te vas? —preguntó desde unos pasos de distancia.

Elian levantó la cabeza, sorprendido.

—Eso debería preguntártelo yo.

—Mi tía llega tarde —respondió ella—. Y… no tenía ganas de irme todavía.

Él asintió, sin hacer preguntas.

Durante unos segundos no dijeron nada. Lina se sentó en el escalón más bajo, manteniendo una distancia prudente entre ellos. No había tensión, ni ironía, ni discusiones pendientes flotando en el aire. Solo una calma extraña.

—Nunca venís para este lado —comentó él.

—Nunca sabía que existía —admitió ella.
Elian sonrió.

—Casi nadie lo sabe.

El viento movió algunas hojas secas. Lina se acomodó el pelo detrás de la oreja, sin saber bien qué decir. Le sorprendía lo fácil que era estar ahí sin sentirse incómoda.

—Hoy estuviste distinta —dijo él de pronto.

—¿Distinta cómo?

—Más callada.

Lina dudó antes de responder.

—A veces cansa fingir que todo está bien.

Elian la miró de reojo, con atención real.

—Sí… —murmuró—. Eso cansa mucho.

No hubo necesidad de explicaciones.
Ella pensó en su abuela, en la forma en que su ausencia se le instalaba en el pecho sin previo aviso. Pensó en las noches en la casa de su tía, demasiado silenciosas, demasiado grandes.

—Mi abuela murió hace unas semanas —dijo sin mirarlo—. Todavía no sé bien cómo se supone que uno sigue después de algo así.

Elian no respondió enseguida.

Cuando lo hizo, su voz fue distinta, más baja.

—Mi mamá se fue cuando yo era chico. No murió… pero a veces creo que eso lo hace peor.

Lina giró la cabeza hacia él.

—¿Peor?

—Porque no hay un final claro —explicó—. No sabés si llorar, si enojarte, si esperar. Es como perder a alguien que sigue respirando en algún lugar del mundo.

Lina sintió algo apretarle el pecho.

—Lo siento.

—No tenés que —respondió—. Solo… nunca se lo digo a nadie.

Eso la sorprendió.

—¿Y por qué a mí?

Elian la observó unos segundos antes de contestar.

—Porque con vos no tengo que aparentar nada.

Ella no supo qué decir.

Lina bajó la mirada, jugando con la tira de su mochila entre los dedos. Le sorprendía lo natural que se sentía compartir ese silencio con alguien que, hasta hacía poco, solo era una presencia molesta en los pasillos.

—A veces siento que todos esperan que ya esté bien —dijo finalmente—. Como si el tiempo tuviera una regla que yo no aprendí.

Elian asintió despacio.

—La gente se cansa rápido del dolor ajeno —respondió—. No porque no les importe, sino porque no saben qué hacer con él.

Ella pensó en su tía, en sus intentos de hacerla sentir cómoda, en las comidas preparadas con demasiado cuidado, en las preguntas suaves que siempre terminaban en un “bueno, cuando quieras hablar”.

—Mi abuela decía que hay dolores que no se curan —murmuró Lina—. Que solo se aprenden a llevar.

—Suena a algo que diría alguien que entendía mucho —dijo Elian.

Lina sonrió, apenas.

—Lo hacía.

El viento levantó algunas hojas secas y por un segundo, el sonido le recordó al patio de la casa donde había crecido. La imagen apareció clara, nítida, y por primera vez no la lastimó.

—Antes, cuando me pasaba algo, ella era la primera persona en notarlo. No tenía que decir nada.

Elian la miró con atención.

—Eso no se pierde —dijo—. Aunque ya no esté.

Ella levantó la vista.

—¿Cómo lo sabés?

Él dudó.

—Porque todavía a veces pienso qué me diría mi mamá si estuviera acá —confesó—. Y aunque no la escuche… la respuesta siempre aparece.

Lina sintió un nudo en la garganta.

El silencio volvió, pero ya no era vacío. Era cálido. Por primera vez desde que había llegado a Eldermoor, Lina no sentía ese peso constante empujándola hacia abajo.

No estaba pensando en la fecha.
Ni en los sueños.
Ni en el miedo.

Solo estaba ahí.

Respirando.

Viva.

Cuando finalmente el cielo empezó a oscurecer, Elian se puso de pie.

—Te acompaño hasta el portón.

Caminaron juntos sin hablar demasiado. No hacía falta.

Antes de despedirse, él dijo:
—Gracias por quedarte.

Lina sonrió apenas.

—Gracias por no discutir.

Él rió bajo.

—No prometo que se repita.

Pero mientras lo veía alejarse, Lina sintió algo nuevo, algo que no había sentido desde la muerte de su abuela.

Paz.

Una paz frágil, pequeña, pero real.



Esa noche, al entrar a su habitación, Lina notó el silencio de otra manera.

Ya no le pesaba tanto.

Se cambió despacio, dejó la mochila en la silla y se sentó en la cama sin prender la luz. Desde la ventana entraba el reflejo pálido de la luna, suficiente para distinguir las sombras del cuarto.

Pensó en Elian.

En lo que había dicho.
En lo que no.

Había algo profundamente humano en él, algo roto que no buscaba ser reparado, solo comprendido. Y por primera vez desde que todo se había desmoronado, Lina sintió que no estaba tan sola como creía.



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En el texto hay: romance, secretos, slowburn

Editado: 12.02.2026

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