Antes de que octubre terminé

El Asiento Vacío

02 𝙳𝚎 Oᴄᴛᴜʙʀᴇ

Loan abrió los ojos en la penumbra de su habitación. El walkman descansaba sobre su pecho como un peso muerto, la cinta de Disintegration detenida en algún punto de la noche.

Se incorporó lentamente, sintiendo un leve dolor en las sienes, como si hubiera dormido con la cabeza demasiado llena.

Se metió al baño y abrió la llave del agua fría hasta el fondo. El chorro helado le golpeó la nuca y le bajó por la espalda delgada, despertándolo de golpe. No le importaba el frío; era una de las pocas sensaciones que todavía le parecían limpias, reales. Se lavó rápido, salió y metió la ropa del día anterior en el cesto de la ropa sucia. La camiseta gris olía ligeramente a humo de cigarrillo —el de Erik— y a esa humedad extraña del bosque que parecía haberse pegado a la tela.

Se vistió con lo de siempre. Primero un suéter viejo de lana gris. Estaba desgastado en los codos y le quedaba un poco grande para su cuerpo delgado de 1,68, pero nunca se lo quitaba del todo. Debajo llevaba una camiseta negra sencilla. Se puso el pantalón negro holgado que le caía un poco largo en los tobillos, sus Converse gastadas casi grises de tanto uso y, por último, colgó el walkman del cinturón con los auriculares alrededor del cuello.

Bajó las escaleras. La casa estaba en silencio; su madre y su padrastro aún dormían o, más probablemente, no habían regresado. Se preparó un desayuno simple: dos rebanadas de pan tostado con mantequilla y un vaso de leche fría. Comió de pie junto a la ventana de la cocina, mirando hacia afuera. El cielo seguía gris y pesado, como si octubre hubiera llegado con más peso del que le correspondía.

Terminó, lavó el plato y salió de casa. El aire de la mañana era frío y olía a tierra húmeda y hojas podridas. Se colocó los auriculares, rebobinó un poco la cinta y pulsó play. La voz melancólica de Robert Smith llenó sus oídos mientras comenzaba a caminar hacia el instituto.

A mitad de camino, escuchó pasos rápidos detrás de él.

—Hola, enano —dijo una voz burlona y familiar.

Loan giró la cabeza sin quitarse del todo los auriculares. Riley, una amiga que hiba en la misma aula que el, caminaba justo detrás, con su blusa de hombreras grandes, el jean de tiro alto ceñido con un cinturón y las zapatillas deportivas gastadas. Su cabello semi ondulado negro se movía con el viento frío.

—¿Qué te parece? Creo que recordaste que había algo llamado escuela —respondió Loan con una media sonrisa, sin detenerse.

Riley bufó.

—Tampoco me falté tanto tiempo, solo fue una semana. No es para tanto.

—Estás loca, en serio —sonrió Loan.

—Tal vez un poco —ladeó la cabeza Riley, divertida, con esa sonrisa torcida que siempre usaba cuando quería molestar.

Detrás de ella venía Theo, el cerebrito de su grupo, con su polera negra holgada, unos jeans ni tan apretos ni tan olgados y los lentes que le daban ese aspecto de nerd que tanto odiaba. Caminaba con la mirada perdida en el suelo, como si estuviera a kilómetros de allí, disociando.

—Oye Theo, ¿qué hiciste en el verano? —preguntó Riley girándose hacia él.

Theo no respondió. Sus ojos avellana parecían fijos en algún punto invisible.

—Oye Theo, ¿estás escuchándome? —Riley lo sacudió un poco por el hombro.

—Ah… no, estuve pensando en algo, es todo. ¿Qué dijiste?

—Te pregunté qué hiciste en el verano. ¿Algo interesante, tal vez?

—Bueno… —empezó Theo, pero el timbre estridente del instituto los interrumpió de golpe.

—Mierda, mierda, ¡corran! —gritó Riley.

Los tres echaron a correr por la calle principal, llegando jadeando al pasillo justo cuando el profesor Harlan ya estaba dando inicio a la clase. Se detuvieron frente a la puerta, respirando con dificultad.

—Buenos días… profesor Harlan. ¿Podemos pasar? —preguntó Loan, todavía con los auriculares colgando del cuello.

Harlan dejó de escribir en el pizarrón y los miró con una ceja levantada, sarcástico.

—Miren qué sorpresa. ¿Recordaste que las vacaciones de verano terminaron hace UNA semana, Riley?

—Es que… mis padres me llevaron a un lugar, luego a otro y… pasó —intentó inventar Riley, sin mucha convicción.

—Sin excusas, señorita Carter. Y ustedes llegan quince minutos tarde —dijo Harlan señalando a Theo y Loan—. Pasen. Que no se vuelva a repetir. Y tú, Riley, espero que vengas todos los días. Si no, te mandaré un reporte.

Los tres entraron rápidamente y se sentaron hasta atrás del aula. Loan se quitó los auriculares del todo y buscó con la mirada entre los pupitres.

Erik no estaba.

La campana ya había sonado.

Frunció ligeramente el ceño, pero no le dio mayor importancia. Erik casi siempre se saltaba la clase de Harlan.

Decía que la voz del profesor le recordaba demasiado a su viejo gritando. Lo más probable era que estuviera detrás del instituto, fumando un cigarrillo y esperando a que terminara la hora para aparecer en el recreo con esa sonrisa torcida y soltar un “¿Qué miras?” a cualquiera que se le acercara.

Metió la mano en la mochila para sacar el material… y se quedó quieto.

El estómago se le hundió al recordarlo.

El imbécil no estaba y ese día era la exposición del proyecto.

—Mierda —murmuró entre dientes, decidió que pediría permiso para ir al baño, pero en realidad iría a traer a Erik que seguro se le olvidó que ese día presentaban el proyecto.

—Profesor Harlan ¿Puedo ir al baño? Solo será un segundo.

Harlan lo miro un segundo, dudo.

—Ve pero no te tardes, si pasó tu nombre te pondré falta.

Cerró los ojos un segundo, respirando hondo, luego se paró y salió rápidamente del aula.

"Lo mataré cuando lo vea" pensó más molesto que preocupado todavía.

Fue donde siempre se encontraba cuando se saltaba las clases, pero no estaba, en su lugar estaban unos imbéciles de último año, fumando a escondidas.

—¿Se te perdió algo friki?—le gritaron entre risas.




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