Loan se despertó con un sabor metálico en la boca, como si hubiera mordido una moneda vieja.
El walkman descansaba en la mesita de noche, pero la cinta se había rebobinado sola durante la noche. Pulsó play y la voz de Robert Smith sonó distorsionada, más lenta de lo normal, como si la canción se estuviera hundiendo en agua espesa.
Se vistió rápido, casi sin mirarse al espejo. Últimamente evitaba los espejos.
El mismo suéter gris desgastado de su madre, la camiseta negra debajo, el pantalón negro holgado y las Converse gastadas que ya parecían grises de tanto uso.
El suéter le quedaba grande, como siempre, y eso le gustaba. Lo hacía sentir más pequeño, más invisible.
En el instituto el ambiente estaba raro. Los pasillos parecían más largos de lo normal, las voces de los demás llegaban amortiguadas, como si alguien hubiera puesto algodón en los oídos de todo el mundo. Loan encontró a Riley y Theo en su rincón habitual detrás del gimnasio, donde Riley fumaba a escondidas y Theo revisaba nerviosamente sus notas.
—Erik no apareció ayer —dijo Loan sin preámbulos, sentándose en el borde de un banco roto de concreto.
Riley exhaló una larga columna de humo y lo miró con esa ceja levantada que siempre usaba cuando algo le molestaba de verdad.
—¿Seguro que no se fue a emborracharse con Jax y los idiotas? Ya sabes cómo es.
—No —respondió Loan, negando con la cabeza—. Siempre que hace eso, se mete por la ventana de mi habitación y se queda dormido en el suelo.
Theo empujó sus lentes hacia arriba. Su voz salió baja, casi un susurro.
—Tal vez se escapó de verdad esta vez. Siempre hablaba de largarse lejos de este pueblo de mierda.
Loan negó otra vez, más fuerte. Recordaba demasiado bien la noche del 1: el cielo demasiado negro, el trueno que sonó hueco, como si viniera de dentro de la tierra, y la forma en que Erik se alejó calle abajo sin mirar atrás.
—No sin decírmelo —murmuró—. No a mí.
Antes de que pudieran seguir hablando, Jax apareció con dos de sus amigos. El rubio cenizo traía la chaqueta de cuero abierta y esa sonrisa torcida que siempre precedía a los problemas.
—Ey, Price —dijo Jax, deteniéndose frente a Loan—. ¿Dónde está Baker? ¿Qué le hiciste, rarito?
Loan se levantó despacio. Medía casi diez centímetros menos que Jax, pero no retrocedió.
—No le hice nada.
Jax dio un paso más cerca y lo empujó con fuerza contra las taquillas. El golpe resonó en el pasillo vacío. Loan sintió el metal frío clavándose en su espalda y, justo después, algo más: una rabia caliente que le subió desde el estómago hasta el pecho, como si algo antiguo y dormido se hubiera despertado de golpe.
—Mentiroso de mierda —gruñó Jax—. Todos saben que estaban muy juntitos últimamente. Si le pasó algo, fue por tu culpa.
El empujón fue más fuerte esta vez. Loan sintió el dolor en las costillas, pero lo que vino después fue peor.
Dentro de él algo se rompió.
No un hueso. Fue como si una puerta vieja que llevaba años cerrada se entreabriera violentamente.
La taquilla justo al lado de Loan se abolló hacia dentro con un crujido metálico seco, como si un puño invisible la hubiera golpeado con toda su fuerza. El metal se hundió varios centímetros en un hueco perfecto. La puerta se torció con un chirrido agudo. Uno de los amigos de Jax dio un salto hacia atrás.
Jax frunció el ceño, pero no pareció conectar el golpe con Loan. Solo vio la taquilla dañada y se rio, nervioso.
—Vaya, hasta a las taquillas les das asco, enano.
Las manos de Loan temblaban. No las sentía frías. Las sentía… cargadas. Como si algo dentro de él quisiera salir y no supiera cómo controlarlo.
Riley se interpuso rápido, empujando a Jax por el pecho con fuerza.
—Piérdete, idiota. Si Erik aparece y se entera de que lo estás molestando, te va a partir la cara.
Jax escupió al suelo cerca de los pies de Loan.
—Más te vale que aparezca, Price. Porque si no… tú y yo vamos a tener una charla larga.
Luego se fue con sus amigos, riendo, pero la risa sonaba forzada y hueca.
Riley se volvió hacia Loan, preocupada.
—¿Estás bien?
Loan asintió, pero no podía dejar de mirar la taquilla abollada. El metal seguía crujiendo suavemente, como si estuviera respirando, acomodándose después del golpe invisible.
—No fue nada —dijo en voz baja—. Solo… fue un golpe.
Theo lo observaba con el ceño fruncido, analizando lo que acababa de pasar como si fuera un problema de matemáticas que no cerraba.
El timbre sonó.
Los tres caminaron hacia sus aulas en silencio. Loan sentía el corazón latiéndole en los oídos. Cada paso le parecía demasiado ruidoso. Cada sombra en el pasillo parecía más larga de lo normal.
Durante la clase de historia no pudo concentrarse. Miraba sus manos debajo del pupitre, flexionando los dedos. “Fue el golpe”, se repetía. “Solo adrenalina. Estrés.”
Pero en el fondo sabía que no era verdad.
...
Al final del día, mientras recogían sus cosas, los tres caminaban en silencio incómodo, hasta que Riley lo rompió.
—Esto me recuerda a algo. A una vieja leyenda… Sobre alguien que supuestamente entregó Graymere al diablo a cambio de vida eterna.
Loan la conocía, pero para él siempre había sido ridícula.
—Son solo cuentos para asustar niños —dijo, aunque su voz no sonó convencida.
Riley, viendo la oportunidad de fastidiarlo, se acercó por detrás y lo agarró de los hombros, sacudiéndolo de un lado a otro.
—“Al diablo invocó… y su alma y a Graymere condenó… a las llamas del infierno… para toda la eternidad” —recitó con tono burlón y teatral.
Loan rio a pesar de todo y se apartó de ella.
—Para ya, idiota.
Theo cerró su mochila con fuerza y soltó una risa corta.
Llegaron hasta la esquina donde siempre se separaban.
—Adiós, Loan. Nos vemos mañana —dijeron Riley y Theo mientras doblaban la esquina.
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Editado: 04.04.2026