El viaje en bus fue el primer presagio. Para mí era la primera vez que salía de casa, mi primer viaje largo, y los nervios me carcomían las entrañas. Era un joven inexperto intentando jugar al adulto. En el asiento de al lado viajaba un hombre maduro, muy apuesto, y noté con amargura cómo Vanessa no le quitaba la mirada de encima durante todo el trayecto. La incomodidad me abrasaba por dentro, así que en un intento desesperado por aferrarla a mí y demostrarle que la estaba empezando a querer de verdad, le regalé una cadena. Ella la aceptó, pero la distancia entre los dos ya comenzaba a sentirse.
Llegamos al Cusco en medio de la madrugada. Apenas bajamos, un taxi nos abordó y nos llevó a un hotel viejo. Nos recibió un hombre de edad avanzada. Preocupado por el dinero que me quedaba, le pregunté cuánto nos cobraría por la estancia, pero el sujeto, esquivo, se negó a darme una cifra:
—Mañana hablamos de eso. Suban —se limitó a decir.
La habitación era helada; el frío del Cusco se metía glacial entre las paredes. Estaba agotado. Vanessa, en cambio, lucía más hermosa que nunca. Se metió bajo las cobijas y me miró.
—Ven, acuéstate conmigo para calentarnos —me dijo con voz suave.
Hasta el día de hoy no me explico por qué, pero le dije que no. Mantuve mi distancia, vencido por la confusión, y nos quedamos dormidos.
A las diez de la mañana me despertó. Tenía la prisa dibujada en el rostro.
—Tengo que irme a la casa de mi amiga —me dijo mientras juntaba sus cosas—. No quiero ser una carga para ti.
Abrumado por la preocupación de no tener los medios para mantenerla en una ciudad extraña, acepté. Me dio una dirección y un número telefónico donde ubicarla, me prometió que estaríamos en contacto y cruzó la puerta.
Regresé al cuarto un poco más relajado, pensativo, confiando en que nos veríamos más tarde cuando lograra establecerme. Pero al bajar al vestíbulo, el dueño del hotel, con la mirada pesada de los años, me detuvo.
—¿Ella es tu novia? —me preguntó directo. —Es una amiga... nos estamos conociendo —respondí con cierta ingenuidad. —Olvídate de ella, muchacho —me dijo, usando una palabra tajante que el tiempo borró de mi memoria—. Mientras dormías esta mañana, ella estaba abajo coqueteando abiertamente con el taxista que los trajo de madrugada.
El golpe me atravesó el pecho. El dolor fue físico, instantáneo. Quise pagarle la noche, pero el anciano, viéndome devastado, se negó a recibirme un solo sol.
—No me debes nada. Puedes quedarte si quieres.
No acepté. Le agradecí la compasión, tomé mi maleta y salí a la calle con las lágrimas rodándome por las mejillas. No quería regresar a Lima derrotado; mi orgullo y la necesidad de probarme a mí mismo me mantuvieron en pie. Busqué un alquiler por mes y tuve la suerte de cruzarme con una familia cusqueña maravillosa que me dio alojamiento cerca de la Plaza de Armas.
Emocionado, fui a un teléfono público para avisarle a Vanessa que ya teníamos un lugar donde vivir. Marqué el número que me dio. Contestó una chica.
—¿Se encuentra Vanessa? —pregunté. —Aquí no vive ninguna Vanessa —respondió la voz.
De fondo, escuché unas risas ahogadas antes de que la línea se cortara.
Regresé a mi cuarto alquilado y me derrumbé. Lloré como un niño, con un llanto tan profundo y desgarrador que sentí que me hacía daño por dentro. Nunca en mi vida había experimentado un vacío semejante. Tuve que salir a caminar a la intemperie para no ahogarme. Esa noche, con el frío calándome los huesos pero con la mente más despejada, me juré a mí mismo no volver a buscarla nunca más.
El Cusco, a pesar de todo, me atrapó. Era una ciudad hermosa, mística, donde el aire helado te obligaba a sentirte vivo en el presente. Tenía un magnetismo indescriptible, algo ancestral que aún respiraba en cada muro de piedra por haber sido la majestuosa capital del Imperio del Tahuantinsuyo. Por las noches, el cielo se volvía de un negro profundo y tan limpio que parecía un manto de terciopelo; la luna se erigía gigante, deslumbrante, sobre los cerros, mientras pequeñas luciérnagas titilaban alumbrando la oscuridad de los callejones. Dando vueltas por el centro, sintiendo esa energía mágica en el aire, conocí a una chica cusqueña que se compadeció de mi situación y me ayudó a conseguir trabajo en un restaurante. Pasé noches de frío y días de hambre, pero me mantuve firme.
Pasaron dos meses.
Un día, caminando por el centro de la ciudad, la vi. Estaba deambulando entre la gente, con la mirada perdida. Lucía más hermosa que nunca, radiante. El frío inclemente del Cusco le había marcado en las mejillas un tono rojizo, un bronceado glacial que contrastaba con su piel y la hacía ver casi irreal. Fue en ese preciso instante —en medio de la ironía y el absurdo— cuando me di cuenta de que me había enamorado profundamente de ella.
Me acerqué.
—¿Qué haces por acá? —le pregunté. —Buscando trabajo... —murmuró, casi con timidez.
Olvidando mis propios juramentos, la llevé a una agencia de turismo donde sabía que buscaban personal. Hablé por ella y la aceptaron de inmediato. Tenía que empezar al día siguiente.
—¿Ya ves? —le dije, intentando sonreír—. Ya tienes trabajo. Ahora sí puedes empezar una nueva vida.
Me dijo que sí con la cabeza. La embarqué en un carro y regresé a mi cuarto contento, con la simple ilusión de verla salir adelante. Sin embargo, al día siguiente fui a la agencia a ver cómo le iba. El dueño me miró con lástima.
—Nunca llegó, hermano.
Desde ese momento no supe más de ella. Pasó el tiempo, hice amigos en la ciudad, aprendí a valerme por mí mismo, hasta que sentí que mi ciclo en el sur había terminado. Era hora de volver a Lima.
Antes de ir a la estación de buses, un impulso inexplicable me hizo hacer un último intento. Marqué al teléfono donde me habían colgado meses atrás. Para mi sorpresa, esta vez contestó ella.
—Me voy a regresar a Lima —le dije, seco. —¿Por qué? No te vayas... Ven a verme, quiero hablar contigo.
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Editado: 10.08.2026