Hospital General de Saint-Clair. Oeste de Europa, 1943.
Eran las seis de la mañana. La guardia había sido larga y extenuante, como todas desde que tenía dieciséis años. El billete de vapor hacia Lisboa estaba doblado en el bolsillo interior de su chaqueta, junto con una carta de recomendación para un hospital en Nueva York, América.
—Te ibas sin despedirte.
Sor Gertrudis con ochenta y tres años en la espalda vestía el hábito gris de las Hermanas de la Caridad, el mismo que llevaba puesto cuando un obús nazi atravesó el techo de la capilla en el 39. Desde entonces, se había vuelto un poco más alegre. Y más entrometida.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Nadie.—afirmó—Todo el hospital murmura que tu tiempo aquí ha terminado.
—¿Dios te contó sus planes para hoy?
—¡Nora, no blasfemes!
—Perdóname, Todopoderoso. —hizo la señal de la cruz con exagerado fervor antes de guardar por última vez su estetoscopio con una risa breve—Perdón.
—Te vas a aburrir, niña. Aquí al menos tienes mis chistes.
—Lo sé, lo sé.—la sonrisa se volvió más chica— Pero también tengo a la muerte pisándome los tacones.
La monja suelta un suspiro dramático mientras la tarde gris desaparece sentada en la camilla número cuatro. En un tono que intenta ser ligero y lo consigue —casi del todo—, pregunta cuándo se marcha.
—Mañana por la mañana.—Sor Gertrudis sabe que miente, porque decir “esta noche” sería invitar al destino a meter las manos.— Será la primera vez que haga un viaje tan largo. Antes iré a ver a mamá, lleva meses quejándose de que nunca voy a visitarla.
La monja ladea la cabeza en su dirección, asintiendo.
Su compañera de guardia —Margaret—, la mira desde el pasillo con los ojos abiertos. No hay nadie detrás de Nora. La voz de su propia conciencia, le grita que está loca. Loca Nora. Nora la loca.
Nora, ajustándose el cabello detrás de la oreja, sale detrás de ella.
—¡Hilda! ¡Hilda! —Margaret toca el marco de la puerta contigua con demasiada insistencia.—¡Hilda!
“…controles en los puentes… se recomienda a la población… informes de que las tropas han tomado…”
—Otra vez lo mismo —murmura el policía golpeando la carcasa de la radio—. Si toman la carretera, esta ciudad queda cerrada como un cajón.
—¡Hilda, por favor!
—¡Qué gritos son esos, Margaret!—Hilda apareció, de pie, entrecerrando los ojos preguntándose qué hace despierta.— ¡Pedí que no me llamaran!
Margaret la señala con un dedo tembloroso. El reloj marca las seis y quince manecillas arrastrándola hacia el cuarto del fondo. La silla de choque intacta, las correas colgando, y la razón que le susurra: "Los muertos no hablan, Nora."
—Pero, dime qué pasa, Margaret.
Al abrir de nuevo los ojos, el pasillo está igual que antes, —vacío—.
—¿Qué demonios…? —susurra el doctor Verhaegen, caminando a zancadas, con fuerza y a rastras, por el angosto pasillo hacia la derecha. —¿Es usted, la jefa de enfermeras?—gruñó, y su arma apuntó directamente hacia Margaret.
— Soy yo.—respondió una Hilda que no parecía despertada a gritos— ¿Quién es usted?
—Es la muerte.—susurró la monja—.
—¡UNA BOMBA! —grita alguien, y el grito se contagia.
El policía retrocede instintivamente, mano a la pistola, sin saber a qué amenaza apunta. Por debajo del abrigo, se asoma un arnés de cables y piezas pequeñas. Nadie quiere ser el primero en acercarse a esa sangre, a ese aparato, a ese cuerpo... aunque el rostro —más afilado, más adulto— sigue siendo el del niño del pozo.
—Penicilina —dice aquel hombre de hombros anchos y mandíbula cuadrada luchando por respirar. Viste sin insignias de rango, solo manchas de aceite y una quemadura ácida en la manga derecha. Su rostro pálido, casi translúcido, bajo una capa de sudor frío, repite: —. Solo eso.
—¡Nora! —la llama Hilda— ¡No lo toques!
Tres enfermeras que estaban cerca dieron un paso atrás. Una de ellas soltó la bandeja instrumental. Él avanza a trompicones, apoyando una mano en el mostrador y, la sangre cae con él, de rodillas, desplomado, gota a gota. Y Nora, que estaba a un paso de irse, presiona las manos al costado de su estómago, para detener lo que sea que lo mate.
—¡Es uno de ellos! —asegura—
—Usted no sabe quién soy.—raspa, en alemán primero y luego en un francés duro.
—Isaac.—murmura Nora.
—¡Le dije que no!—su voz sube, áspera, intentando apartar a Nora con el antebrazo. Es demasiado tarde cuando la sangre brota con más fuerza, y ahora salpica el uniforme blanco, las baldosas del suelo, y la pintura gastada de la pared. Un murmullo de asco y terror recorre la recepción. Alguien vomita y no es para menos.
Para Nora, el ruido del hospital queda en silencio. El cuerpo de Isaac se extiende por el suelo, con los ojos abiertos y la piel carcinada. Y lo peor, es que lo ve con la claridad con que ve a sus muertos habituales.
Era un cadáver completo. Muerto. Exquisito.