Las paredes del sótano eran de piedra irregular, y el suelo de cemento estaba cubierto de polvo. Una sola bombilla colgaba del techo, iluminando apenas un círculo tembloroso alrededor de la caldera. Hay estantes, frascos antiguos, cajas con vendas amarillentas, y un botiquín de la Primera Guerra, años atrás. La enfermera oye primeramente, lo obvio. El goteo de una tubería, el zumbido tenue del arnés, su propia respiración intentando no enloquecer. Luego, lo menos obvio. Los pasos —amortiguados por el cemento—. Gente corriendo. Puertas golpeándose. Órdenes que nunca llegan abajo.
—¿Isaac? —pregunta e Isaac sigue inmóvil, con los ojos fijos en un punto entre la pared y el techo.— ¿Por qué traes una bomba?
Una gota de sudor resbaló por su sien. El sonido de su propia voz rebota en las paredes descascaradas, sin tener respuesta.
—¿Isaac? —repitió, esta vez con temblor.
El pitido le recuerda que el dispositivo continúa latiendo como un corazón enfermo. Cada segundo, un poco más grave. Cada segundo, más cerca del final. Observa con detalle los cables, la caja, la luz parpadeante. En la parte trasera, grabado en alemán: Zünder Typ-7.
—A la muerte no le va a gustar ese peinado—con una delicadeza que no debería existir aquí, echó los mechones hacia atrás, apartándolos de su frente para que la mirara—. Te va a arruinar la reputación en el infierno.
—Menos mal que sabes, que no tiene lugar allá arriba.
Al voltear, no está el padre sonriente que Nora recordaba, sino otra versión, —más seria—, con el mismo traje gris que usó en su propio entierro.
—Papá, nunca me dices lo que quiero oír....
La enfermera que no había llorado desde el funeral de su padre —hacía cinco años—, sintió las lágrimas calientes brotar. Su padre la miraba largamente, sin poder tocar siquiera una de las gotas que empapaban sus mejillas. La bombilla parpadeó otra vez.
—Hilda tiene razón —dijo al fin—. Eres tozuda. Y vas a morir por eso.
—No —susurra—. No todavía.
Súbitamente, Isaac abrió los ojos. La frente se cubre de gotas de sudor —espesas, oscuras—, casi negras como la propia sangre. El padre de Nora ya no está. Un espasmo recorre su cuerpo. Luego otro. Y de repente, sus labios empiezan a temblar.
La enfermera intentó frotarle los brazos para darle calor, pero la temperatura de Isaac seguía cayendo. Sobre una mesa de madera coja, cubierta de polvo, entre jeringas oxidadas, gasas y etiquetas, no había mantas. No había abrigos.
—No hay nada.
Antes de quitarse la blusa del uniforme con movimientos bruscos, desabrochando los botones a tirones, Nora duda un lapso que dura algo más que un segundo. Quizás dos, antes de que la tela caiga al suelo. Nora sintió el peso de otros ojos —los de su padre, los de la monja, los del niño fantasioso— posados en su espalda mientras se despojaba del camisón. Se quedó en enaguas y sujetador, con el pecho al descubierto salvo por la fina tela blanca. Arropó a Isaac con la camisola, cubriéndole el cuello, los hombros, todo lo que pudo. Luego se tumbó a su lado, pegando su cuerpo al de él, tratando de pasarle el calor de su piel. No era suficiente. Lo sabía. Pero era todo lo que tenía para ofrecer.
—No hables —ordena, pero luego, de pronto, cambia de opinión—. Habla —sujetándole el rostro entre las manos—. Dime algo. Lo que sea. Cómo está el tiempo. Qué desayunaste. El color del cielo esta mañana. No me importa. Solo háblame.
—Es... no... —balbuceó él, con los dientes castañeteando. Intentó inútilmente apartar la mirada. Y ese detalle —su pudor tardío, su humanidad aún viva— la desnuda por completo. —El cielo... —empezó—. El cielo esta mañana... estaba gris. Como tus ojos.
—Mis ojos son marrones, Isaac. Lo sabes.
—En mis recuerdos... eran grises.
Nora soltó una risa entrecortada, más cerca del sollozo que de la alegría.
—Sigues siendo un mentiroso.
La bomba emitió un pitido largo. La luz naranja parpadeó tres veces.
—Nora...
—No digas nada, por favor.
Él parpadeó, pero sus ojos ya no la enfocaban. El arnés parpadea más y más rápido. Lentamente, levantó una mano y la posó sobre la nuca de la enfermera.
—Habla —repitió él, devolviéndole la petición—. Tú también... háblame... de lo que sea.
Nora enterró el rostro en el hueco de su cuello. Embriagó sus sentidos olfativos de sangre, pólvora y muerte. En su cabeza aparecen América, trenes y puertos.
—Iba a irme —dice—. Esta noche.
Isaac no se muestra sorprendido. Solo un asentimiento mínimo, basta para saber que ha leído la despedida de sus labios.
—Siempre corriendo, Nora.... siempre... encontrándome en el camino.
—¿Te acuerdas? —pregunta con ilusión—. ¿De verdad?
—Me acuerdo... de lo que me conviene —dice a secas—. Y de lo que me atormenta.
Nora siente un pinchazo en la piel: él elige qué recordar. Ella no puede, aunque lo intente.Le habla de la monja. Del niño fantasioso. De su padre, que la había visitado hacía unos minutos. Le habló de sus viajes, de África, de los mercados de Marrakech y de las dunas del Sáhara. Le habló de su billete para América, el que llevaba meses guardando. Le habló de todo. Excepto de lo único que realmente le importaba. Él.