Antes De Que Te Vayas

04

La luz naranja se apagó sin explosión, ni estampida final.

—Isaac —alzó la cabeza con esfuerzo, y sus ojos, antes llenos de determinación, ahora reflejaban un terror que Nora nunca le había visto.

—Nora…—su pecho subía y bajaba con rapidez— Tienes que irte.

Aquella voz la había escuchado en sueños, en pesadillas, en los momentos en que la nostalgia la vencía. Se echó hacia atrás, pero Isaac ya no seguía allí, inmóvil, con los ojos vidriosos.

—Pero dame otro abrazo —dijo el niño— antes de que te vayas.

El niño estaba enfrente sentado sobre la caja, balanceando los pies. Tiene las rodillas raspadas y la mirada brillante. Era su Isaac, el de los recuerdos, el que le tendía la mano para cruzar la calle, el que le susurraba al oído, secretos a media tarde.

—No puedes estar aquí —susurró Nora, con la garganta apretada—.

—¿Por qué no?—dijo el niño Isaac, con la misma naturalidad con la que otros niños hablan—. Aquí es donde siempre jugamos.

Nora parpadeó, confundida.

—Eres un recuerdo —respondió, negando con la cabeza—. No eres real.

El hombre roto y el niño son la misma persona. Vivos. Y al siguiente, muertos. La sangre negra había dejado de brotar, congelándose por dentro. Su piel, antes pálida, tenía un tono ceniciento, surcada por sus propias venas. Los dientes castañean, y una fina capa de escarcha se forma en sus pestañas.

— Todo es culpa del veneno. Me lo puse yo mismo. —el niño mostró su hombro izquierdo al descubierto, en un gesto absurdo y brutal de quien no entiende la gravedad porque ya no pertenece a ella. —Para que los malos no me atrapen. Y gané.

El niño Isaac sonríe. Es una triste sonrisa.

—Nora —dice el niño abriendo los brazos—.

—¡Cállate! —le espeta Nora—.

El niño no se ofende. Los muertos no se ofenden igual.

Isaac no debería haber podido colocarse de pie en un santiamén. Apenas contaba con fuerzas para hablar. Y sin embargo, alguna fuerza desesperada lo impulsó hacia arriba, —hacia ella—. Las piernas le flaquearon, pero se sostuvo de la caldera con una mano. Con la otra, la agarró por los hombros. La sacudió con la fuerza bruta de un hombre que ha cometido el peor de los pecados, sin el peor de los remordimientos.

— ¡NO PUEDES HACER NADA POR MÍ! ¡VETE!—le gritó en la cara —.

Los dedos de Isaac se hundían en la carne, azotándola. El miedo le apretó aún más la garganta, obligándose a ceder distancia.

—No puedes tratarme como si...

La frase queda a medias. El «tac, tic, tac» de la cuenta regresiva ya resuena en su cabeza. Nora mira esos ojos grises, los mismos que ahora están desorbitados, húmedos, y negros. Isaac suelta los hombros de Nora, tose con fuerza y de sus labios sale un hilo de vapor, se gira hacia un rincón, devolviéndole —por última vez— la espalda. La vista le falla, y no se percata que tropieza con un trozo de tubería rota, lanzándolo al suelo.

Nora testaruda da otro paso hacia él, pero el suelo furioso con sus decisiones, vibra levemente bajo sus pies. Una mano —pálida, casi translúcida— se posa sobre su hombro, en el mismo lugar que Isaac. No osa dar la vuelta. Sabe que no hay nadie más que ella y el hombre que una vez había sido —y no hablo del verdugo—. O al menos, lo cree. Quiere creerlo. La monja —el fantasma que nunca, en tres años, había podido tocar nada— envuelta en el hábito negro de las Hermanas Caridad absorbe la poca luz que queda.

—Nora, —responde la monja— él ya te ve como nosotros a ti.

El sonido de Isaac ahogándose con su propia voz la regresa a él. El gas —ahora visible como una niebla de olivo— se arremolina a sus pies, subiendo como una marea. El soldado intenta levantarse otra vez, pero las piernas ya no respondían a sus órdenes.

—No… —Nora negó con la cabeza. Las lágrimas, esta vez provocadas por el gas, nublaban su visión—. No puedo perder a nadie más. No otra vez.

La monja no apartó la vista. Su rostro lleno de arrugas, aunque oculto bajo la capucha, guardaba su dolor mejor que nadie.

—No es fácil —lo admite—. Es inevitable. Y tú… niña, siempre confundes esas dos cosas.

Isaac, desde el otro lado, alza la mirada. Hay en sus ojos grises, una súplica que no encaja con el hombre rudo y tosco que había llegado horas antes al hospital.

—La muerte no quiere verte cuando llegue —le dijo señalando con su otra mano un rincón oscuro. Nora distinguió una rendija estrecha en la pared, apenas más ancha que los hombros de una mujer—.

Nora mira el conducto. Luego mira a Isaac.

El gas lo rodea. Y parece pequeño. Vivo y entero.

El poco aire le llega al tórax.

El polvo a la boca.

El metal a la piel.

Siente que va a salir un “no” inútil, o un “sí” monstruoso.



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En el texto hay: nazi, enfermera, romance ojos ilusion

Editado: 18.07.2026

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