Amelia
Aprendí temprano que el silencio también es una forma de despedida. No el silencio tranquilo, sino ese que se instala cuando alguien ya no está y nadie sabe cómo decir su nombre sin que duela.
Mi madre solía decir que no hacía falta explicarlo todo, que algunas cosas se comprenden incluso cuando no se nombran. Yo le creí y cuando murió, un silencio ocupó su lugar.
Con el tiempo aprendí a convivir con él, llenar esos silencios de sonrisas, distracciones, y a no trasladar a otros un dolor que sentía demasiado propio para compartirlo.
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Esa tarde, llovia sobre Siena. Desde la ventana de la casa el agua caía como una cascada en las calles. El sonido era constante; me quedé mirando un rato, sin pensar demasiado, solo dejando que el tiempo pasara. Cuando llovía así, el tiempo parecia avanzar de otra manera.
La casa estaba en calma. Mi abuela se movía de un lado a otro por la cocina, haciendo ruido de fondo.
Nunca conoci a alguien con mas determinación por vivir que aquella que había sido mi segunda madre: mi abuela paterna, Romina.
Decia que el tiempo no la alcanzaba, que ella le hacía trampa. No salia nunca sin su cartera, su cosmetiquera y una sonrisa que parecía permanente.
Ese dia había decidido que sería día de postre. Como una o dos veces a la semana, repetia en la cocina las mismas recetas de cuando yo era pequeña y me dejaban a su cargo. Esas que sabían a casa.
—¡Amelia!—me llamo desde la cocina.
Al bajar la encontré subida en una silla del comedor, intentando alcanzar un plato del estante más alto.
— Ayudá a tu abuela y bajá eso, por favor — me dijo.
No pude evitar reírme.
me acerqué y baje el plato con facilidad. Yo no era una chica alta, pero al lado de ella, que no llegaba al metro y medio, lo parecía.
A pesar de eso éramos bastante parecidas. Las dos exagerábamos los gestos al hablar y teníamos la misma facilidad para reírnos de cosas simples. Mi abuela decía que eso era genético, al igual que mi cabello castaño y mis ojos verdes heredados de ella; que en esta familia reír mucho era una forma una de resistencia.
—¿Vas a quedarte ahí parada o me vas a ayudar con lo importante? —dijo, luego de bajar de la silla y agarrar el plato, señalando la mesa.
—Depende -respondí—. ¿Es importante de verdad o es "importante versión abuela"?
—Es postre —contestó sin dudar.—pasame la budinera
Eso fue suficiente, luego de pasarle lo que me pedía, me arremangué y me acerqué a la mesada. Mientras ella mezclaba, yo probaba la masa, fingiendo que nadie me veía.
—Amelia, no metas el dedo ahí.—
—No metí el dedo —dije—. Fue una inspección de calidad.
Mi abuela negó con la cabeza, pero se le escapó una sonrisa. Me gustaba ese momento. En esa cocina siempre era fácil respirar.
—Tu padre llamó esta mañana —comentó— Le dije que estabas en casa de Carol—
—Sí, me envió un mensaje. Estaba comprando unos abrigo para las dos — dije, recordando la charla que había tenido con papá—
Había encontrado unos de cuero con interior de peluche, en una tienda de Milán.
Los viajes mi padre, habían logrado llenar mi clóset de muchísimas cosas que él me regalaba. Se podría decir que era una forma de compensar las ausencias prolongadas que exigía su trabajo.
Era arquitecto restaurador de patrimonio, una carrera con muy buena salida laboral, aunque se mantenía viajando de un lado a otro.
Varias veces insistio y yo muy pocas veces aceptaba. A pesar que amaba viajar.
La razón por la que me negaba estaba en frente de mi metiendo un budín de chocolate al horno.
No me gustaba dejar a mi abuela sola. Ella, por su parte se negaba a dejar la casa y se oponía a la idea de que otra persona se encargara de todo.
Aunque alguna vez logré convencerla para escapadas breves, como un fin de semana en la costa de Florencia, pero no más que eso.
—Listo —dijo, cerrando el horno — Ahora solo queda esperar.
Me apoyé en la mesada y miré mi celular. Contesté los millones de mensajes que me había enviado Carol, informándome sobre su cita de esa tarde; al parecer, había sido un fracaso total.
Luego de aproximadamente media hora hablando con mi amiga, levante la cabeza cuando mi abuela hablo:
—¿Qué harás mañana después de la escuela?—
—Tarea y quizá vaya al centro a caminar. Nada importante—dije, recordando que mañana tendría que volver a la rutina.
—¿Quieres ir al café de la fuente? —dijo emocionada.
Amábamos ir allí de vez en cuando. Era un pequeño café llamado Idee Dolci, ubicado en el centro, justo al lado de una gran fuente de agua.
—Creo que no tendría un plan mejor—le respondí, encantada con la idea.
En eso, la cocina se llenó de un intenso olor a chocolate mientras sonaba el temporizador del horno.
—¡Esta vez no se quemó!— dijo alegre mientras sacaba el budín con un guante de cocina.
—¿Puedo cortar un pedazo? —pregunté.
—Ni lo sueñes -respondió— Se tiene que enfriar.
Suspiré de manera exagerada y ella volvió a sonreír.
—Te pareces a tu abuelo. Siempre fue su favorito —dijo de espaldas sirviéndose una taza de espaldas sirviéndose una taza de té
—Y el mío —dije, también riendo, recordando a aquel hombre que le daba alegría a esa casa.
Pensar en mi abuelo siempre me hacía sonreír. No era perfecto, pero era real. Tenía una forma tranquila de querer que no necesitaba grandes demostraciones, pero sí era sincera.
A veces lo veía en los pequeños gestos de mi abuela, en cómo dejaba dos tazas de té en la mesa cuando solo iba a tomar una, o en cómo hablaba de él en presente, como si todavía fuera a aparecer por la puerta de entrada, colgando su boina y su abrigo, dándole un ramo de flores y un beso.
Nunca los vi discutir de verdad. Se molestaban, claro, pero siempre terminaban riéndose.