Ya voy tarde.
Otra vez.
Ayli apretó el paso mientras bajaba las escaleras del metro, esquivando a la gente como podía. Su mochila rebotaba contra su espalda y el ruido de la estación hacía todo más caótico.
—Genial… —murmuró entre dientes
—. Me van a regañar otra vez.
Miró la hora.
Peor.
—Si pierdo el metro ahora sí me dejan afuera… —pensó, acelerando más— Ya, Ayli, concéntrate.
Giró rápido en el pasillo, sin fijarse demasiado.
Y entonces pasó.
Un hombre chocó contra otra persona… o más bien, alguien lo empujó.
Ayli lo vio caer al suelo.
La gente siguió caminando como si nada.
Como si fuera invisible.
Ayli dudó un segundo.
Solo uno.
Y luego se acercó.
—Oiga, ¿está bien?
El hombre no respondió de inmediato. Estaba recogiendo algunas cosas que se le habían caído. Sus manos se movían con calma, como si no tuviera prisa… como si el mundo a su alrededor no importara.
Ayli se agachó para ayudarlo.
—Espere, le ayudo.
—No es necesario —dijo él en voz baja.
—Ya sé, pero igual —respondió ella, recogiendo un pequeño objeto redondo que había rodado un poco más lejos.
Era extraño. Pesaba más de lo que parecía.
Se lo extendió.
El hombre levantó la mirada.
Sus ojos eran… difíciles de explicar.
No eran amables, pero tampoco fríos.
Eran… profundos.
—Gracias —dijo finalmente.
Ayli se levantó.
—Debería tener más cuidado —añadió—. La gente aquí ni se fija.
El hombre la observó unos segundos más.
—No todos son como tú.
Ayli soltó una pequeña risa.
—Ojalá.
Se acomodó la mochila, lista para irse.
—Bueno, ya voy muy—
—Espera.
Ayli se detuvo.
El hombre sacó algo de su abrigo.
Era el objeto redondo… ahora envuelto en una tela oscura.
—Toma.
Ayli frunció el ceño.
—No, no hace falta—
—Por agradecimiento.
—De verdad, no es necesario.
El hombre negó ligeramente con la cabeza.
—Quédatelo.
Su tono no era insistente…
Era definitivo.
Ayli dudó un momento, pero terminó tomando el objeto.
—Gracias… supongo.
—Cuando lo necesites… lo entenderás.
Ayli parpadeó.
—¿Qué?
Pero el sonido del metro interrumpió todo. El aire vibró, la gente comenzó a moverse con prisa.
Ayli giró la cabeza un segundo.
Y cuando volvió a mirar…
El hombre ya no estaba.
—…Qué raro.
Miró el objeto en su mano.
Seguía siendo extraño.
Pero no tenía tiempo para pensar en eso.
—Ya voy tarde.
Lo guardó en su mochila y salió corriendo.
No perdió el metro.
Apenas.
Llegó a la escuela justo a tiempo… o eso creyó.
El pasillo estaba casi vacío.
—Perfecto —susurró—. Ya empezaron.
Abrió la puerta del salón con cuidado, intentando no hacer ruido. Caminó despacio hasta su lugar.
—Ayli —dijo la voz del profesor sin mirarla—. Qué bueno que decidiste llegar.
Se congeló un segundo.
—Perdón…
—Siéntate.
Caminó más rápido y se dejó caer en su asiento.
—Siempre igual —susurró una voz a su lado.
Ayli giró la cabeza.
—Cállate, Maya —murmuró.
Maya sonrió.
—¿Ahora qué fue?
Ayli dudó un segundo… pero luego abrió un poco la mochila.
—Algo raro.
Sacó el objeto redondo, aún envuelto.
Maya levantó una ceja.
—¿Y eso?
—Un señor me lo dio… en el metro.
—Ajá… claro. ¿Y no te dijo “vas a otro mundo” o algo así?
Ayli rodó los ojos.
—No empieces.
Volvió a guardarlo.
—Luego te cuento.
Las clases pasaron lento.
Demasiado lento.
Pero al final terminaron.
Ayli regresó a su casa sin pensar mucho en lo que había pasado.
Hasta que llegó.
Cerró la puerta detrás de ella y dejó su mochila en la cama.
El silencio de su cuarto se sentía diferente.
Sacó el objeto.
Lo observó con más atención.
Era pequeño… redondo… frío al tacto.
—A ver…
Intentó abrirlo.
Nada.
Lo giró.
Nada.
—¿Qué eres…?
Frunció el ceño y aplicó un poco más de fuerza.
Y entonces…
Se abrió.
Un leve sonido metálico.
Y en ese instante…
La luz cambió.
El aire se volvió pesado.
El mundo… pareció doblarse.
Ayli retrocedió un paso.
—¿Qué…?
El objeto comenzó a brillar suavemente.
Y antes de que pudiera reaccionar—
Todo desapareció.