Una imagen se posó ante mí, era un edifico que no tenía nombre ni un número para identificarlo, pero de alguna manera sabía que era mío, me pertenecía, se alzaba en el viento como una respiración bastante antigua, como un eco en medio de la ciudad, tenía tantos pisos que mis ojos se cansaban antes de alcanzar a contarlos todos.
Al mirar hacia mi lado derecho, vi a un hombre que estaba caminando a mi lado, tenía una voz demasiado suave, como si la ternura del mundo hubiese pasado por su laringe y se convirtiera en sonidos. Sus manos eran muy cálidas, al tocarlas podía sentir calor de hogar, para ser sincera, no recuerdo en qué momento apareció, solo sé que, desde el inicio, me habló como si me conociera de toda la vida.
Sentí que él me conocía mucho antes de mis recuerdos, como si un pacto ancestral hubiera sido realizado en otra dimensión, en otra línea temporal quizás, me atreví a pensar por un momento que era mi llama gemela.
Sus ojos y su sonrisa siempre tan brillante y disponible para mí, me hicieron sentir que estaba a salvo con él, pues en ese entonces no podía comprender bien en qué lugar me encontraba… estaba buscando respuestas.
Estar junto a él me daba seguridad, eché un vistazo al edificio y seguimos caminando por el lugar. Subimos por las escaleras y descubrimos que había un ascensor sin puertas, estaba subiendo y bajando con docilidad, se detenía en pisos, pero esos pisos no figuraban en ningún plano.
Por un momento, sentí miedo, vi que aquel ascensor estaba moviéndose demasiado rápido, mis ojos y mi mente estaban perturbados, sentía que había tomado medicina de yagé y que estaba alucinando, sentí esa sensación tan real, que al abrirse el ascensor en cada piso, cada nivel se convertía en una escena de mi vida, me mostraba una risa que ya no usaba, una herida que creí cerrada, una promesa hecha con fe torpe de otra edad.
Sentí que no debía explicar nada, aquel joven solo miraba esas escenas conmigo, sin juzgarme, haciendo su tarea, sostener el silencio.
—No te detengas demasiado —me decía aquel joven adorable—. Mira y sigue.
Se acabaron las escenas de aquel ascensor y encontré la puerta hacia un cine, me llené de alegría, me sentía más liviana, como si el futuro me estuviese esperando con las luces apagadas y una historia estuviese lista para iniciar.
Pero entonces vi las maletas en la entrada, eran mías, sin duda, aunque no recordaba haberlas llevado hacia ese lugar, porque eran muchas y eran pesadas, así que intenté acomodarlas, pero una de mis maletas se perdió entre la gente, y así fui perdiendo otra maleta.
Las busqué debajo de los asientos, detrás de las columnas, en los pasillos que olían a crispetas y a polvo antiguo, pues aquel lugar era antiguo. Aquel joven solo me observaba con ternura y a la vez triste. —Así no puedes entrar —dijo—. No todavía.
Salimos de aquel lugar y el aire cambio por completo, las calles estaban más estrechas, pero se sentían familiares, fue entonces, que pude reconocer el barrio de mi abuela, aunque estaba olvidado, parecía abandonado, como si el tiempo hubiera retirado sus muebles.
Aquella amada casa seguía en pie, guardando su sombra, reconociendo los recuerdos que alguna vez fueron mi presente, recordé la sonrisa de mi abuela, recordé sus historias, sus llantos reprimidos por años y que, por alguna razón, pudieron ser expresados en mi presencia.
Vi a unos vecinos, bueno, en realidad no los recordaba, pero vivían ahí cerca, así que, indudablemente, eran mis vecinos, me abrieron la puerta de una vivienda cercana, pues la casa de mi abuela estaba completamente abandonada.
Al entrar a ese lugar, ellos me ofrecieron comida caliente y una cama para descansar, agradecí con palabras a su hospitalidad sin preguntar, porque en ese lugar las preguntas parecían innecesarias.
Cuando cayó la noche, la casa tuvo la impresión de expandirse, al entrar solo vi un pasillo, pero de repente fueron apareciendo uno a uno varios pasillos, de igual manera sucedió con las habitaciones, sólo había una cuando ingresé a la casa, pero se multiplicaron al anochecer.
Me adentré a explorar aquellos pasillos y a ojear por las habitaciones y descubrí que había más personas durmiendo en colchonetas, otros en sillones, algunas personas estaban acostadas incluso en el suelo. Tal escena me sorprendió, de alguna manera me confundió, parecían viajeros del tiempo, cada rostro reflejaba una nacionalidad distinta.
Una de las personas que estaba en uno de los pasillos que recorrí me dijo: -Cierra por favor las ventanas, a veces suelen entrar los gatos a buscar comida. – y entonces recordé, por fin lo recordé.
—Tengo un gato —dije.
No pude terminar el resto de mi frase porque él apareció, con sus pequeños ojos verdes, atentos como brasas, sus pequeñas patitas peludas, sus orejas perfectas y sus bigotes como radares.
De un salto cayó en mis brazos, lo abracé, sentí su pequeño corazón palpitar en mí, sentí su amor en todo mi cuerpo, escuchar su ronroneo me devolvió a la vida, sentí que mi pecho de nuevo aprendía a respirar.
Cerré casi todas las ventanas de aquel lugar, pero dejé una entreabierta, no supe porque razón, supuse que fue por si mi gato quería salir, pudiese entrar de nuevo.
Aquella noche no soñé, algo supremamente extraño… porque mi vida se resumía en sueños por contar, sueños por dibujar, sueños por escribir.
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Editado: 10.02.2026