"El momento antes"
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El sonido llegó primero.
Siempre llega primero el sonido. Antes de ver nada, antes de entender nada, el cuerpo ya sabe que algo está pasando. Es un instinto viejo, más viejo que las palabras, más viejo que las escuelas y los barrios y los nombres que la gente se pone para diferenciarse unos de otros. El cuerpo escucha y el cuerpo reacciona, y recién después la cabeza se pone a pensar.
Lo que se escuchaba esa tarde en el anfiteatro Manuel Antonio Ramírez era un ruido sordo y múltiple, como si el mundo se estuviera masticando a sí mismo. Carne contra carne. Hueso contra mandíbula. Zapatillas arrastrándose sobre cemento. Gritos que no formaban palabras, solo sonido puro, rabia pura, el idioma más antiguo que existe.
Y en el medio de todo eso, Marcus caminaba.
No corría. No gritaba. Caminaba.
Tenía los puños cerrados a los costados del cuerpo y los ojos fijos en un punto al fondo del anfiteatro, más allá de los cuerpos que se golpeaban y caían y se volvían a levantar. Caminaba despacio, con esa clase de lentitud que no es duda sino decisión: la lentitud de alguien que sabe exactamente adónde va y no necesita apurarse para llegar.
A su alrededor, el caos.
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Había chicos de dos escuelas distintas peleando en el anfiteatro. Eso era lo primero que llamaba la atención de cualquiera que se hubiera detenido a mirar desde afuera: no eran dos grupos, sino varios, mezclados en una maraña de delantales blancos y grises y azules que ya no distinguían a nadie de nadie. Alguien había tirado una mochila sobre las gradas y nadie la había reclamado. Había una zapatilla suelta en los escalones de cemento, sin su par, como si el dueño hubiera salido volando y no hubiera tenido tiempo de volver a buscarla.
El anfiteatro era un lugar raro para una pelea y al mismo tiempo era el lugar exacto. Las gradas en semicírculo bajaban en escalones hacia el escenario central, y esa forma había convertido la batalla en algo parecido a un espectáculo sin público: chicos peleando arriba, peleando abajo, cayendo por los escalones y arrastrando a otros con ellos. Dos rodaban por las gradas del sector izquierdo, uno encima del otro, sin que ninguno pareciera tener ventaja real. Un grupo de cuatro se había refugiado en el borde del escenario y se defendía como podía de otros tres que subían desde abajo. Y más lejos, casi al fondo donde las gradas terminaban y empezaba el cielo abierto con el Paraná detrás, un chico estaba parado solo con la nariz sangrando, mirando todo con una expresión que no era miedo sino asombro, como si no terminara de creer que estaba ahí.
Marcus lo vio.
Siguió caminando.
No porque no le importara. Sino porque había algo más importante al final de ese camino.
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El aire olía a cemento caliente y a algo metálico que tardó un segundo en identificar. Sangre, probablemente. O miedo. A veces los dos huelen parecido.
Posadas en julio era una ciudad de cielos blancos y sombras cortas. Eran las siete y veinte de la mañana y el sol todavía tarda en salir. El sudor y el ruido que los cuerpos generaban al moverse, al caer, al volver a levantarse. El tiempo parecía haberse vuelto espeso, como si cada segundo durara más de lo que debía.
A Marcus le zumbaba algo en el oído izquierdo. Le había rozado un codo alguien, o tal vez un hombro, no lo sabía bien, en los primeros metros de ese cruce. Había sentido el impacto y había seguido. No era el momento de detenerse a evaluar daños.
Contó los pasos mentalmente. Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Alguien pasó corriendo a su izquierda, casi lo tira. Marcus se corrió apenas, sin perder el eje, sin levantar los brazos. Siguió contando. Cinco. Seis.
Una botella de vidrio se rompió en algún lugar detrás de él. Alguien gritó algo que no llegó a entender. Siete. Ocho.
Y entonces lo vio.
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Cristián venía desde el otro lado del anfiteatro, y soltó la barrera que tenía en sus manos.
También caminaba. También despacio.
Era alto, de hombros anchos, con esa manera de moverse que tienen ciertos chicos que nunca tuvieron que aprender a imponerse porque su cuerpo ya lo hacía solo. Llevaba el delantal abierto, los botones sin abotonar, como si la ropa fuera un detalle menor que no valía la pena ajustar. En la mano derecha tenía un cinturón doblado a la mitad, el hebillón de metal balanceándose levemente con cada paso.
Sus ojos encontraron los de Marcus desde lejos.
No hubo sorpresa en esa mirada. Ninguno de los dos se sorprendió de encontrar al otro ahí. Eso era lo que hacía todo más pesado: que los dos sabían que esto iba a pasar. Que los dos habían llegado hasta el anfiteatro sabiendo exactamente adónde llevaba el camino.
Cristián siguió caminando.
Marcus siguió caminando.
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Entre ellos, el caos seguía su curso como si no supiera que había algo más importante ocurriendo en su centro.
Un chico de campera verde cayó de rodillas a dos metros de Marcus, tomándose la cara con las dos manos. Nadie fue a ayudarlo. Otro pasó corriendo en dirección contraria, mirando hacia atrás, con la expresión de alguien que había recalculado sus prioridades en los últimos treinta segundos. Cerca del escenario, tres se habían separado del resto y discutían a los gritos, señalándose entre sí, como si en el medio de todo hubiera surgido una disputa interna que no podía esperar.