Martes 6 de abril de 2004.
Bayron no estaba.
Marcus lo supo antes de llegar al aula. Lo supo cuando pasó por la parada del colectivo a las 7:40 y no lo vio esperando, y lo confirmó cuando cruzó la reja de la E.P.E.T. y el banco bajo la tipa estaba vacío.
Lo supo de la misma manera en que uno sabe que algo falta sin haberlo buscado todavía: por ausencia, por ese espacio que las cosas dejan cuando no están donde deberían. Lo supo en el patio, cuando pasó por el banco bajo la tipa y no había nadie. Bayron llegaba siempre antes que él, todos los días, sin excepción. Era una de esas constantes en las que uno deja de pensar porque simplemente están ahí, como el chirrido de la reja o el termo de Ferreyra. Cuando la constante falla, el día entero se siente levemente torcido.
Subió solo la escalera, por el lado derecho como hacía siempre, con la mochila al hombro y los auriculares puestos sin música. El pasillo del primer piso olía a piso recién limpiado y a algo frito que venía de algún lado que no terminaba de ubicar. El ruido de los otros cursos llenaba el espacio con esa mezcla característica de antes del timbre: voces, sillas, alguien que se reía demasiado fuerte.
Entró al aula.
Thiago ya estaba en su lugar, con el cuaderno abierto y la lapicera en la mano. Agus llegó dos minutos después, se dejó caer en su silla y abrió la carpeta con ese movimiento suyo de quien hace cuatro cosas al mismo tiempo. Mateo estaba junto a la ventana, como siempre, con la lapicera en la mano y el capuchón puesto.
Marcus se sentó. Sacó el cuaderno. Escribió la fecha en el ángulo superior derecho: 6/4/04.
Fue en ese momento cuando Diego Sánchez se dio vuelta desde el pupitre de adelante y le sonrió.
Diego Sánchez tenía el tipo de cara que genera confianza sin que uno sepa bien por qué. Rasgos regulares, nada que destacara demasiado en ningún sentido, una sonrisa fácil que aparecía sin esfuerzo aparente. Pelo oscuro y lacio, ojos que miraban de frente sin sostenerse demasiado, el tipo de mirada que resulta agradable precisamente porque no exige nada. Llevaba el delantal bien puesto, la mochila colgada en el respaldo de la silla con ese descuido calculado que tienen ciertos chicos que quieren parecer relajados sin serlo del todo.
Se había sentado en el pupitre de adelante a principio de año y desde entonces había estado ahí, en ese punto intermedio entre conocido y desconocido que ocupan muchos compañeros de curso: alguien que uno saluda, que a veces pregunta algo, que no genera problemas ni los busca.
O eso parecía.
— ¿tenés el ejercicio de ayer de Matemáticas? —dijo, girándose con esa soltura natural—. Me quedé sin batería en la calculadora y no terminé el último.
Marcus lo miró un segundo.
—Sí —dijo. Abrió el cuaderno, buscó la página, lo giró hacia Diego.
Diego copió rápido, con la concentración de alguien que tiene práctica en copiar rápido. La lapicera se movía con seguridad sobre el papel.
—Gracias, te juro —dijo cuando terminó, devolviendo el cuaderno—. Sos increíble.
Tenía esa manera de hablar que hace que todo parezca genuino, que las palabras suenen como si las eligiera en el momento y no como si las hubiera usado mil veces antes. Marcus no respondió nada. Giró el cuaderno de vuelta hacia él y lo abrió en la página que correspondía.
Diego se dio vuelta hacia adelante.
Marcus miró la nuca de Diego Sánchez un segundo más de lo necesario.
Algo. No sabía qué todavía. Pero algo que no terminaba de acomodarse en su lugar, como una suma que da un número distinto cada vez que uno la hace.
La mañana avanzó sin incidentes.
Diseño Gráfico, Lengua, el recreo de las diez donde Agus habló durante doce minutos sobre el cronograma del evento de agosto y Thiago la interrumpió cuatro veces con correcciones que técnicamente eran correctas pero que nadie había pedido. Sól no había llegado todavía, lo cual era esperable. Bayron seguía sin aparecer, lo cual no lo era.
Marcus participó de la conversación con la mitad de la cabeza. La otra mitad miraba el patio, las mesas, los grupos que se formaban y se deshacían con esa lógica invisible que tienen los recreos escolares. Lucas no estaba a la vista. El Rolo sí.
Rodrigo Paredes estaba apoyado contra la pared del fondo del patio con dos de sus satélites habituales: uno flaco con una remera de fútbol, el otro más petiso con la cara llena de granitos. Los tres miraban el patio con esa expresión de quien está aburrido y busca algo con qué entretenerse.
Marcus los vio mirar hacia la mesa donde estaba Thiago.
Thiago no los vio. Thiago estaba explicándole algo a Agus con un lápiz sobre el cuaderno, completamente ajeno a todo lo que no fuera el problema logístico que tenía entre manos.
El Rolo dijo algo. Los otros dos se rieron.
Marcus no escuchó qué dijo. Pero conocía ese tipo de risa: la risa de quien acaba de decir algo a costa de otro y necesita que alguien más se ría para confirmar que fue gracioso. La risa que no requiere que la víctima escuche porque el punto no es hacerle daño sino hacerse ver ante los propios.
Era la risa más cobarde que existía. Y también la más común.