Martes 6 de abril de 2004. 7:21 de la mañana.
Yo salí de Villa Ángela a las siete menos cuarto, como siempre.
El colectivo de los martes a esa hora tarda más de lo normal porque para en todas las esquinas del camino al centro, y yo lo sabía y salía con tiempo de sobra para no llegar tarde. Me había tomado el mate parado en la cocina mientras mi mamá terminaba de prepararse para el trabajo, le había dejado el pan sobre la mesa para cuando volviera mi hermana de la primaria al mediodía, había agarrado la mochila y había salido.
Era una mañana normal.
Hasta que dejó de serlo.
Lo vi a dos cuadras de la escuela.
Estaba parado en la esquina de Junín y San Lorenzo, apoyado contra el frente de una ferretería que todavía no había abierto, con los brazos cruzados y esa manera suya de ocupar el espacio como si lo hubiera reservado. Las persianas de los comercios seguían bajas a esa hora y la calle tenía esa quietud particular de las mañanas de entre semana antes de que la ciudad termine de despertar. Casi nadie en la vereda. Un remis doblando la esquina de arriba. Una señora con bolsas de mandado caminando rápido en dirección contraria.
Tres chicos más a su alrededor, los tres con el delantal azul oscuro de la E.G.B. N87. Uno era alto con una cicatriz en el mentón que brillaba levemente con la luz de la mañana. Otro más petiso con las manos en los bolsillos. El tercero flaco, nervioso, que no paraba de mirar hacia los dos lados de la calle como si esperara algo o como si quisiera asegurarse de que no hubiera testigos inconvenientes.
Ninguno de los tres lo miré mucho al principio porque Nico era suficiente para ocupar toda la atención.
Nicolás Vázquez. Nico. Lo conocía desde antes de que empezara todo esto, desde, "digamos que de un partido de fútbol" en el Polideportivo hace dos años donde habíamos terminado discutiendo por una falta que él había cobrado y que definitivamente no era falta, y una discusión que empezó en la cancha terminó en la platea y casi termina en otra cosa hasta que alguien se metió en el medio. Desde ese día habíamos acumulado el tipo de rencor silencioso que no necesita de grandes eventos para crecer: solo de tiempo, de cruzarse en los mismos lugares, de mirarse mal y apartar los ojos y saber que el otro también lo hizo.
Lo que había entre nosotros no era nuevo.
Lo que estaba a punto de pasar en esa esquina de la calle Junín sí lo era.
Seguí caminando.
No porque no lo hubiera visto. Sino porque parar implicaba darle lo que quería, que era exactamente eso: que yo parara. Que reconociera que su presencia en esa esquina tenía el poder de cambiar mi dirección. Y si lo reconocía una vez, siempre iba a tener que esquivavarlo.
y yo no quiera eso.
O eso me dije mientras seguía poniendo un pie delante del otro por la vereda de la calle Junín.
Los cuatro se despegaron de la pared cuando me acerqué. Un movimiento coordinado, como si lo hubieran practicado o como si simplemente lo hubieran hablado antes de que yo apareciera. Nico dio dos pasos al frente y se plantó en el medio de la vereda con esa sonrisa suya que no era alegría sino anticipación, la sonrisa de alguien que lleva un rato esperando y finalmente ve llegar lo que esperaba.
—Mira quién viene —dijo—. "El acordeonista de Villa Ángela".
No respondí. La mochila me pesaba en el hombro. Calculé el espacio entre ellos, el ancho de la vereda, la distancia hasta la esquina. Intenté rodearlos por la derecha, pegado a la pared de la ferretería.
El de la cicatriz se corrió hacia ese lado sin decir nada, bloqueando el paso con el cuerpo. Despacio, sin urgencia, como quien cierra una puerta.
Me detuve.
Miré a Nico. Nico me miró.
—Tengo clases —dije.
—Hoy no —dijo él, y la sonrisa no se movió ni un milímetro.
Miré al petiso. Al flaco nervioso. Al de la cicatriz. Volví a Nico.
La calle seguía vacía. La señora con las bolsas ya había doblado la esquina. El remis no volvió.
—¿Qué querés, Nico?
—Ya sabés lo que quiero.
Y tenía razón. Lo sabía.
Lo que se veía desde afuera era esto: cuatro chicos en una vereda del centro de Posadas a las siete y veinte de la mañana, con los comercios todavía cerrados y las persianas bajas y casi nadie en la calle a esa hora. Un chico solo con la mochila al hombro frente a los cuatro. La luz blanca de abril pegando de costado sobre el asfalto.
Lo que no se veía desde afuera era la información que Nico tenía: que el martes Bayron salía de Villa Ángela a las siete menos cuarto, que tomaba el 14 hasta el centro, que bajaba en Junín y San Lorenzo y caminaba las dos cuadras restantes a pie. Información precisa. El tipo de información que no se consigue por casualidad sino que alguien busca, recopila y entrega.
Alguien que conocía la rutina de Bayron.
Alguien de adentro.
El primero en moverse fue el de la cicatriz.
Vino de frente, directo, con una velocidad que sorprendía viniendo de alguien de ese tamaño. Sin mucha técnica pero con bastante peso detrás, los brazos extendidos hacia delante como quien quiere agarrar más que golpear. Yo me corrí hacia la izquierda en el último momento, lo suficiente para que pasara de largo, y cuando quedó de espaldas le agarré el brazo derecho con las dos manos y lo giré hacia la pared de la ferretería usando su propio impulso. La persiana metálica retumbó con el impacto. El chico rebotó, se quedó un segundo doblado con las manos en las rodillas, sin aire.