Martes 6 de abril de 2004. 12:07 mediodía.
El recreo del mediodía fue el primero en el que el grupo estuvo completo.
Bayron llegó al banco bajo la tipa con la mochila al hombro y las costillas doloridas que trataba de no mostrar pero que Marcus ya había leído desde que entró al aula. Sól había llegado a las doce y diez como siempre. Thiago y Agus ya estaban. Los cinco en el mismo lugar, el mismo banco de cemento, el mismo árbol de tipa con su sombra corta del mediodía.
Nadie habló durante los primeros treinta segundos. Era el tipo de silencio que no es incómodo sino necesario, el silencio de gente que sabe que lo que viene es importante y no quiere apurarlo.
Fue Marcus el que arrancó.
Contó lo del Rolo despacio, sin saltear nada. El aula sin Bayron. El Rolo escalando desde los primeros comentarios hasta el golpe. Mateo con la frente contra el pupitre, la sangre en la manga del delantal. Él levantándose. Y después Lucas en la puerta, el Rolo bajando los ojos, la mochila recogida y la salida rápida.
Cuando terminó nadie dijo nada durante un momento.
—¿Mateo está bien? —dijo Sól.
—Está acá —dijo Marcus—. En el aula.
—¿Le dijo algo a algún profesor?
—No.
Sól asintió despacio, con esa manera suya de procesar las cosas sin apurarse.
Fue Bayron el que habló después. Contó la esquina de Junín y San Lorenzo. Los cuatro de la E.G.B. N87. Nico con la sonrisa que ya sabía. La pelea, los tres primeros, después Nico, el forcejeo contra la persiana. Los refuerzos bajando por Tucumán. La corrida. El garage oscuro donde había esperado con la mano sobre las costillas y la boca abierta para no hacer ruido.
Cuando terminó, Agus dijo:
—Las dos cosas pasaron el mismo día.
—El mismo martes —dijo Thiago—. Con Bayron ausente.
El grupo procesó eso en silencio.
—Alguien sabía que yo no iba a estar —dijo Bayron—. Y alguien le avisó a Nico mi horario.
—Alguien de adentro —dijo Marcus.
Nadie nombró a nadie. Pero los ojos de Bayron y los de Marcus se cruzaron un segundo, y en ese segundo dijeron lo mismo sin palabras: Diego Sánchez, el pupitre de adelante, la sonrisa fácil, el ejercicio de Matemáticas copiado esa mañana.
—Necesitamos estar seguros antes de decir un nombre —dijo Thiago.
—Sí —dijo Marcus.
—¿Y mientras tanto? —dijo Agus.
Nadie respondió esa pregunta. El timbre del mediodía sonó antes de que alguien pudiera hacerlo.
La tarde pasó tensa y sin incidentes dentro del aula.
El Rolo no estaba. Había faltado después del recreo, lo cual nadie en el aula comentó pero todos notaron. Sus dos satélites seguían ahí, callados, con esa quietud de quienes esperan instrucciones que todavía no llegaron.
Marcus prestó atención a medias a las clases de la tarde. La otra mitad de la cabeza estaba en otra parte: en Bayron con las costillas doloridas a dos filas de distancia, en Mateo junto a la ventana con la ceja cubierta por el capuchón del delantal bajado hasta la cara, en Diego Sánchez copiando el pizarrón con esa concentración de siempre que ahora tenía otro color.
A las cinco menos cuarto sonó el timbre.
Lo que pasó después el narrador lo cuenta, porque hay cosas que desde adentro no se ven completas hasta que es demasiado tarde.
Lo que Marcus vio fue esto: salió del edificio con Bayron, cruzaron el patio, pasaron frente a Ferreyra que levantó los ojos del termo y los bajó de nuevo, salieron a la vereda de la calle Junín. La tarde tenía ese color particular de los miércoles de otoño en Posadas, una luz naranja baja que pegaba de costado sobre los edificios y hacía que todo pareciera más quieto de lo que era.
Hablaban. No de nada importante, de si Bayron iba a poder ir al día siguiente al Polideportivo con las costillas así, de si valía la pena avisarle a Thiago o Agus lo del callejón o esperaban al día siguiente. La conversación de dos personas que acaban de pasar por algo y necesitan hablar de cualquier cosa para que el cuerpo vuelva a su temperatura normal.
Lo que Marcus no vio, porque miraba a Bayron mientras hablaba, fue el callejón angosto que había entre el edificio de la escuela y el edificio de al lado. Un callejón de tres metros de ancho y diez de fondo que durante el día servía de paso y que a esa hora estaba en sombra.
En esa sombra, pegado a la pared con los brazos cruzados y los ojos demasiado abiertos y la mandíbula apretada con esa tensión eléctrica que tiene alguien que acaba de meterse cocaína y cuyo cuerpo todavía está procesando lo que recibió, estaba el Rolo.
Con los dos satélites a los lados.
Y frente a ellos, con la mochila en el suelo y los hombros caídos, Mateo. Que había salido un minuto antes que Marcus y Bayron y había doblado hacia el callejón sin saber lo que había adentro porque el callejón era el camino más corto a la parada de su colectivo y siempre lo usaba.
Lo que Marcus escuchó fue un ruido sordo que al principio no supo identificar. Un segundo después identificó la voz de Mateo, no un grito sino algo peor: un sonido corto y apagado, el sonido específico que hace alguien cuando recibe un golpe que no esperaba y que le saca el aire antes de que pueda reaccionar, antes de que el cuerpo entienda lo que pasó.