*Miércoles 7 de abril de 2004. 5:02 de la tarde.*
Lucas había estado ahí desde antes que empezara todo.
No en el aula, eso no era su estilo. Pero en el pasillo del primer piso, apoyado en la pared cerca de la escalera con los brazos cruzados y esa manera suya de estar en un lugar sin que nadie lo registrara del todo, había escuchado el ruido. El golpe seco y contundente de la silla contra la espalda del Rolo. El impacto en el suelo. El silencio que siguió, ese silencio específico que solo existe cuando un aula entera contiene la respiración al mismo tiempo porque acaba de pasar algo que nadie esperaba.
Había escuchado todo. Y había podido imaginar el resto sin necesidad de ver.
Cuando el profesor de Matemáticas entró al aula y el ruido del pasillo volvió a la normalidad, Lucas se despegó de la pared con esa calma suya y bajó la escalera sin apuro. Pasó por el patio, saludó a Ferreyra con un gesto que el portero devolvió sin preguntar nada, y salió a la vereda.
Y antes, la tarde anterior, también había estado. En la esquina de la calle Junín, a media cuadra del callejón, fumando apoyado contra la pared de un edificio con la vista al frente como quien contempla el tráfico y no mira nada en particular. Había visto al Rolo entrar al callejón con los satélites diez minutos antes de que salieran las clases. Había visto a Mateo doblar la esquina sin saber lo que había adentro. Había escuchado los ruidos que venían de adentro del callejón: los golpes, el movimiento, las voces cortas.
Y había visto salir a Marcus y a Bayron cinco minutos después, y al Rolo con sus satélites pegados yéndose en dirección contraria.
No había intervenido en ninguno de los dos momentos.
Eso era importante entenderlo: Lucas no intervenía. Observaba, calculaba, archivaba. El Rolo era una pieza de su propio tablero, y las piezas del tablero no se movían hasta que él decidía moverlas. Hasta ese momento, lo que el Rolo hiciera o dejara de hacer era información, no un problema que resolver.
Pero Marcus era otra cosa.
Marcus había hecho algo esa mañana que el Rolo nunca había podido hacer con todo su peso y todas sus amenazas: había entrado al aula en silencio, había agarrado una silla, y con ese gesto había cambiado algo en el aire del aula que no iba a volver a ser exactamente lo mismo.
Lucas funcionaba así. Observaba. Calculaba. Y cuando algo cambiaba en el tablero, lo registraba y esperaba para ver qué traía consigo ese cambio.
Ese momento todavía no había llegado.
Pero se estaba acercando.
El grupo salió de la escuela a las cinco y diez, juntos, que era algo que no pasaba todos los días sino cuando había algo que procesar y la calle era mejor lugar para hacerlo que el aula o el patio.
Marcus tenía el moretón en el pómulo que la tarde no había mejorado. Bayron caminaba con esa levedad estudiada de quien tiene las costillas doloridas y no quiere que se note. Thiago llevaba el cuaderno abierto con anotaciones que nadie más en el grupo podía leer porque su letra era microscópica. Agus hablaba, como siempre, pero más despacio que de costumbre. Sól caminaba en silencio con las manos en los bolsillos del delantal.
Cinco personas en una vereda de Posadas a las cinco de la tarde, con la luz naranja del otoño pegándoles de costado y el ruido del tráfico de la avenida al fondo.
—¿A dónde vamos? —dijo Agus.
—Hay una estación de servicio sobre San Martín —dijo Thiago—. Tienen mesas afuera.
—¿Una estación de servicio? —dijo Agus.
—Tienen gaseosas y sánguches —dijo Thiago, como si eso respondiera todo.
Agus consideró eso un segundo.
—Está bien —dijo.
La estación de servicio sobre la avenida San Martín tenía tres mesas de plástico en la vereda, bajo un techo de lona naranja que en verano daba algo de sombra y en otoño simplemente estaba ahí. Las sillas eran blancas y de plástico también, el tipo de silla que cruje levemente con cualquier movimiento y que uno aprende a ignorar.
Los cinco se sentaron. Un chico joven con delantal de la estación les tomó el pedido sin mucho entusiasmo: tres Coca-Cola, una Sprite, una agua mineral, tres sánguches de milanesa y dos de queso y jamón.
Mientras esperaban, hablaron.
No de lo que había pasado en el aula esa mañana, eso ya estaba procesado o en camino de estarlo. Hablaron de lo que venía. De que el Rolo iba a volver al aula al día siguiente con un ojo morado y una ceja pegada con mariposas y que eso iba a generar consecuencias que todavía no podían predecir del todo. De que la citación a dirección de Marcus y Bayron había terminado en una suspensión de dos días para Marcus, a partir del lunes, lo cual era un problema menor comparado con lo que habría pasado si el director hubiera decidido investigar más. De que Mateo no había vuelto a aparecer en el resto del día.
—Hay que hablar con él —dijo Sól.
—Ya lo intentamos —dijo Marcus.
—Hay que intentarlo de otra manera.
Marcus miró la gaseosa que acababan de poner frente a él. Asintió.
—Sí —dijo.
Fue en ese momento cuando Agus, que estaba sentada de cara a la calle y por lo tanto mirando hacia el otro lado de la avenida, dejó de hablar a la mitad de una frase.