Antes Del Golpe

capitulo 8: "Lo que aprendí antes de olvidarlo"

*Lunes 13 de abril de 2004. 10:47 de la mañana.*

El colectivo que iba hacia la calle Ituzaingó tardó seis minutos en aparecer.

Marcus y yo lo esperamos en la parada sin hablar. No había nada que decir que no estuviéramos pensando ya, y las cosas que uno piensa en ese estado no necesitan palabras para existir, existen solas y pesan lo suyo. El cielo de Posadas estaba blanco y bajo, de ese blanco particular de los días de otoño que no promete lluvia pero tampoco la descarta. Un perro cruzó la calle diagonal y desapareció en un callejón. Una señora con bolsas de mandado nos miró al pasar y siguió de largo, que es lo que hace la gente cuando ve a dos chicos parados en una parada con esa expresión que no invita a preguntas.

El colectivo llegó ruidosamente, con el freno chirriando como siempre. Subimos. Pagamos. Fuimos al fondo.

Marcus se sentó del lado de la ventana y empezó a mirar la calle desde que nos acomodamos. Lo conozco suficiente para saber que cuando mira así no está viendo lo que pasa afuera sino procesando lo que pasa adentro. Yo me senté al lado y miré mis manos sobre las rodillas.

Tengo las manos grandes. Siempre las tuve, desde chico. De chico me molestaban: me parecían desproporcionadas con el resto del cuerpo, como si hubieran crecido antes que todo lo demás y el cuerpo nunca terminara de alcanzarlas. Me las miraba y pensaba que eran de otra persona, demasiado anchas, demasiado presentes.

Después aprendí para qué servían.

Eso fue hace tres años. En el gimnasio de Darío, en Villa Ángela, antes de la E.P.E.T. y antes de Marcus y Thiago y Agus y Sól y antes de todo lo que vino después y que en ese momento en el colectivo todavía no sabía que iba a venir.

Yo tenía catorce años cuando entré al gimnasio de Darío.

El gimnasio de Darío no tenía nombre oficial. Nadie en Villa Ángela lo llamaba de ninguna manera que no fuera eso: el gimnasio de Darío. Era un galpón en la parte de atrás de una casa en la calle Yapeyú, con el piso de goma gastado y tres bolsas de boxeo colgando del techo y un olor permanente a esfuerzo que nunca terminaba de irse aunque abrieran todas las ventanas.

Darío Méndez había peleado artes marciales mixtas, MMA, durante ocho años antes de retirarse con una rodilla que ya no daba más y una reputación que en los circuitos de Misiones era suficiente para llenarte el galpón de pibes que querían aprender. No era famoso. No había salido en televisión. Pero sabía pelear y sabía enseñar, que son dos cosas distintas y que no siempre vienen juntas.

Me llevó mi viejo la primera vez. Él había conocido a Darío en el trabajo, en la construcción, y le había dicho que tenía un hijo que era grande para su edad y que necesitaba canalizar algo, no supo decir qué exactamente, pero algo. Darío me miró de arriba abajo ese primer día, me pidió que hiciera diez flexiones, conté las repeticiones sin decir nada, y al final dijo que volviera el martes.

Volví el martes.

Y todos los martes y jueves durante dos años.

El colectivo frenó en una parada. Subió una mujer con un chico de la mano. Siguió.

Marcus seguía mirando por la ventana. No sé qué veía. Probablemente lo mismo que yo: la calle Junín pasando, los negocios, las veredas, Posadas moviéndose a su ritmo de lunes sin saber lo que íbamos a hacer cuando bajáramos.

Seguí pensando en Darío.

El colectivo frenó en una parada. Dos chicos con uniformes de otra escuela subieron hablando fuerte. Siguió.

Marcus no había dicho nada desde que subimos. Yo tampoco. No hacía falta. Había cosas que entre los dos no necesitaban palabras y esta era una de ellas: los dos sabíamos adónde íbamos y por qué, y eso era suficiente para el viaje.

Miré por la ventana un segundo. Posadas pasando despacio: una ferretería, una panadería con la persiana a medio bajar, dos nenas jugando en la vereda de una casa con ventanas de madera. Cosas normales de un lunes a la mañana que no sabían lo que estaba pasando en el colectivo ni lo que iba a pasar en la calle Ituzaingó.

Volví a mirar mis manos.

Pensé en Darío.

Lo que Darío enseñaba no era solo pegar. Eso era lo primero que entendí y que muchos de los pibes que entraban al galpón no entendían nunca y por eso se iban a las pocas semanas. La MMA son un sistema. Son lectura: leer al otro, leer el espacio, leer el momento. Son economía: no gastar más de lo necesario porque lo que gastás ahora te falta después. Y son control, que es lo más difícil de todo, más difícil que cualquier técnica, porque el control se aprende en el cuerpo pero nace en la cabeza.

Darío me lo dijo la segunda semana, cuando yo había llegado al galpón después de una pelea en la escuela anterior, con el labio cortado y las manos todavía temblando de adrenalina.

— ¿Ganaste? — me preguntó.

— Sí — dije.

— ¿Cómo te sentís?

Pensé en la pregunta. Me sentía mal. No de culpa, sino de algo más difuso, algo que no sabía nombrar del todo a los catorce años y que ahora nombraría así: el costo de hacer algo que el cuerpo puede pero que la cabeza sabe que no valía la pena.

— Mal — dije.

Darío asintió.



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En el texto hay: escuelas, drogas y violencia, romance accion

Editado: 25.05.2026

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