Antes del Primer Segundo

Capítulo 2 — Houston

REGISTRO INTERNO — CENTRO DE CONTROL, NASA
Día 1. 07:31 UTC

Reid llevaba tres años en el puesto y había desarrollado, sin proponérselo, una habilidad particular: podía saber cómo estaba un astronauta en los primeros cuarenta segundos de conversación. No por lo que decían. Por cómo lo decían. Por los milisegundos de pausa antes de responder, por el tono que usaban cuando creían que nadie estaba midiendo el tono, por la forma en que algunos llenaban el silencio con palabras innecesarias porque el silencio desde el espacio, a cuatrocientos kilómetros de altura, pesaba de una manera que no pesaba en ningún otro lugar del mundo.
Eufóricos. Nerviosos. O fingiendo que no eran ninguna de las dos cosas.
Era predecible. Era humano. Era fácil de manejar.
Marcus Cole cerró el canal a los cuarenta y dos segundos.
Reid se quedó mirando la pantalla apagada y no dijo nada durante un momento. Luego abrió su bitácora, escribió Cole. Día 1. Nominal, y dudó con los dedos sobre el teclado antes de agregar una palabra más, casi sin pensarlo, casi como si la palabra hubiera decidido escribirse sola.
Raro.
La cerró.
No era la primera vez que alguien cerraba el canal sin despedirse. Había astronautas que lo hacían por costumbre, otros por agotamiento, algunos porque el aislamiento empezaba a hacer cosas extrañas con la percepción del tiempo y de la cortesía. Reid lo entendía. Lo había visto suficientes veces. Pero había algo en la forma en que Cole lo hacía que era diferente a todas esas razones. No había brusquedad. No había prisa. Era simplemente la forma en que alguien apaga una luz en una habitación que ya no necesita, sin pensarlo, sin culpa, sin ninguna conciencia de que la luz estaba ahí para alguien más.
La doctora Nora Vance llegó a su estación con una taza de café que ya estaba fría. Vance era supervisora de turno desde hacía dos años y tenía la costumbre de aparecer en los momentos equivocados con preguntas que parecían casuales y no lo eran.
— ¿Cómo está Cole? — preguntó sin mirar las pantallas, como si la respuesta no importara demasiado.
— Nominal.
— ¿Y cómo está?
Reid pensó en los cuarenta y dos segundos. En la pantalla apagada. En la palabra que había escrito y que técnicamente no debería haber escrito.
— También nominal — dijo.
Vance asintió despacio, como alguien que recibe una respuesta que esperaba y que no le satisface pero que tampoco puede rebatir. Se fue con su café frío y Reid volvió a sus pantallas.
Pero la palabra no se le iba.
Raro no era terminología técnica. No tenía cabida en ningún informe oficial, en ningún protocolo de seguimiento psicológico, en ningún formulario de evaluación de tripulación. Era la clase de palabra que uno escribe cuando los datos no alcanzan para describir lo que realmente sintió. Cuando el cuerpo registra algo que el cerebro todavía no ha procesado y la única forma de no perderlo es atraparlo en algún lugar antes de que desaparezca.
Lo descartó. Porque eso es lo que se hace con las cosas que no tienen cabida en los informes.
A las 13:47 UTC llegaron los resultados del primer chequeo médico automático de Cole. La estación Helios-9 tenía sensores integrados en cada superficie del módulo habitacional, diseñados para monitorear constantes vitales de forma pasiva sin interrumpir el trabajo de la tripulación. Presión arterial: perfecta. Frecuencia cardíaca: 58 pulsaciones por minuto, en el límite inferior del rango atlético. Temperatura corporal: normal. Niveles de cortisol: levemente por debajo del promedio.
Reid leyó ese último dato dos veces.
Los niveles de cortisol medían, entre otras cosas, el estrés. Un astronauta en su primer día en órbita, solo, en una estación que había estado vacía durante meses, debería tener niveles de cortisol que reflejaran al menos algo de tensión adaptativa. Era fisiológicamente normal. Era humano. El cuerpo respondía al entorno nuevo, a la microgravedad, a la soledad, a la consciencia de los cuatrocientos kilómetros de vacío que separaban ese módulo de metal del planeta más cercano.
Los niveles de cortisol de Marcus Cole sugerían que estaba más tranquilo que la mayoría de las personas en un martes ordinario.
Reid archivó el informe. Escribió dentro de parámetros en el campo de observaciones.
No escribió lo que pensó: que extraordinariamente tranquilo y raro eran dos formas distintas de decir exactamente lo mismo.
El turno de la tarde trajo consigo a tres operadores nuevos, el cambio de guardia habitual, y a un ingeniero de sistemas llamado Patel que llevaba seis meses en el equipo de soporte de Helios-9 y que tenía la costumbre de hacer preguntas que nadie más hacía porque nadie más prestaba suficiente atención como para que las preguntas se volvieran necesarias.
— ¿Leyeron el perfil de Cole? — preguntó Patel durante el cambio de turno, mientras revisaba los logs de sistemas de la estación en su pantalla.
— Todo el mundo leyó el perfil de Cole — dijo alguien.
— ¿Y?
— Y nada. Es el mejor que hemos enviado en cinco años.
— El mejor y el más raro — dijo Patel, y Reid, que ya se estaba poniendo el abrigo para irse, se detuvo un momento sin saber bien por qué.
— ¿Raro cómo? — preguntó.
Patel se encogió de hombros.
— Leyó el perfil psicológico completo. Veintidós páginas. Todas las evaluaciones dicen lo mismo: coeficiente intelectual en el percentil 99.7, capacidad de concentración sostenida fuera de los rangos medibles, tolerancia al aislamiento excepcional. Y después, al final, en la última página, el psicólogo que hizo la evaluación final escribió una nota a mano. No en el formulario oficial. A mano, en el margen.
— ¿Qué decía?
Patel lo miró.
— Decía: Este hombre no tiene miedo de quedarse solo. Lo que me preocupa es que tampoco tiene miedo de nada más.
Nadie dijo nada durante un momento.
Después alguien se rio y dijo que todos los genios eran un poco así y que eso era exactamente por lo que Cole era la persona correcta para esta misión y la conversación siguió hacia otros temas y Reid se fue a casa.
Pero en el ascensor, bajando solo hacia el estacionamiento, pensó en esa nota escrita a mano en el margen de la última página.
Este hombre no tiene miedo de nada.
Y pensó que había dos formas de interpretar eso. La primera era que Cole era exactamente lo que la NASA necesitaba: alguien sin los límites emocionales que frenaban a los demás, alguien que podía ir más lejos porque no tenía el freno instintivo que el miedo le pone a la mayoría de los seres humanos en el momento exacto en que más lo necesitan.
La segunda era más simple y más inquietante.
Que el miedo existía por una razón. Que millones de años de evolución no habían construido ese mecanismo por error. Que si algo en el universo merecía miedo y Cole era incapaz de sentirlo, eso no lo hacía más seguro.
Lo hacía más vulnerable.
Reid llegó a su auto, se sentó, y se quedó un momento con las llaves en la mano sin ponerlas en el contacto.
No seas ridículo, se dijo. Es su primer día. Todo está nominal.
Puso el auto en marcha y se fue.
El último contacto del día fue a las 22:00 UTC. Protocolo de cierre estándar: verificación de sistemas, confirmación de estado, firma digital del operador de turno. Reid no estaba de turno para ese contacto — ya debería haber estado en casa — pero se había quedado sin razón aparente, tomando un café que no necesitaba, revisando logs que ya había revisado, haciendo el tipo de cosas que uno hace cuando no quiere admitir que está esperando algo sin saber qué.
El operador de turno nocturno, una mujer llamada Chen que llevaba un año en el puesto y que todavía no había desarrollado el tipo de cinismo protector que el trabajo eventualmente le daba a todo el mundo, abrió el canal a las 22:00 en punto.
— Helios-9, aquí Control. Cierre de jornada. ¿Estado de sistemas?
— Nominales — respondió Cole.
Su voz sonaba exactamente igual que por la mañana. El mismo tono plano, la misma ausencia de inflexión emocional, la misma economía de palabras que hacía que cada respuesta suya sonara como el final de una conversación aunque fuera el principio.
— ¿Algo que reportar?
Hubo una pausa.
No larga. Dos segundos, quizás tres. El tipo de pausa que en condiciones normales nadie hubiera notado porque dos o tres segundos de latencia en una comunicación satelital era perfectamente dentro del rango esperado y el cerebro humano estaba muy bien entrenado para ignorar ese tipo de ruido técnico.
Pero Reid lo notó.
Desde el otro lado de la sala, de pie junto a la máquina de café con una taza vacía en la mano que había olvidado rellenar, Reid notó esa pausa de dos o tres segundos y sintió algo que no supo nombrar en ese momento y que tardaría semanas en poder articular.
— Nada — dijo Cole.
— Recibido. Buenas noches, Cole.
El canal se cerró.
Chen hizo anotaciones en su log. Reid no se movió del lugar donde estaba durante casi un minuto completo, con la taza vacía en la mano, mirando la pantalla que ya mostraba el estado de sistemas de Helios-9 en verde, todo nominal, todo dentro de parámetros, todo exactamente como debería estar.
Nada, había dicho Cole.
Una sola palabra. La respuesta más corta posible a la pregunta más abierta posible. Y sin embargo había algo en esa pausa de dos o tres segundos antes, algo en la forma en que la palabra había llegado después de ese silencio breve, que no sonaba como la respuesta de alguien que había revisado sus sistemas y no había encontrado nada relevante que reportar.
Sonaba como la respuesta de alguien que había encontrado algo. Que lo había mirado durante esa pausa de dos o tres segundos. Y que había decidido, por razones que todavía no podía articular ni para sí mismo, que nada era la única respuesta que tenía sentido dar por ahora.
Reid dejó la taza vacía junto a la máquina de café.
Se puso el abrigo.
Ya en la puerta, se detuvo. Miró atrás hacia las pantallas de monitoreo, hacia el punto de luz estable que representaba a Helios-9 completando su órbita en silencio sobre todos ellos, dando una vuelta completa alrededor del planeta cada noventa minutos, cada noventa minutos un amanecer nuevo, cada noventa minutos el universo entero desplegándose afuera de las ventanas de Marcus Cole mientras él estaba sentado frente a sus monitores haciendo lo único que sabía hacer.
Entender.
No seas ridículo, se dijo Reid por segunda vez esa noche. Es su primer día. Todo está nominal. Mañana será igual.
Se fue a casa.
No iba a saber hasta tres semanas después que esa pausa de dos o tres segundos era el último momento en que Marcus Cole todavía era completamente uno de ellos. El último momento en que la distancia entre lo que Cole sabía y lo que sabía el resto del mundo era todavía medible en palabras.
Después de esa noche, la distancia empezaría a medirse en otras cosas.
En cosas para las que todavía no existían palabras.




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