Antes del Primer Segundo

Capítulo 4 — Houston

REGISTRO INTERNO — CENTRO DE CONTROL, NASA
Día 2. 06:00 UTC

Reid no debería haber estado ahí.
Su turno terminaba a las 22:00 y eran las 06:00 de la mañana siguiente, lo que significaba que llevaba ocho horas fuera de su horario oficial sin ninguna razón documentable que justificara su presencia en la sala de control. Había dormido tres horas en el sofá de la sala de descanso, había tomado café de la máquina que sabía a plástico quemado, y había vuelto a su estación sin decirle a nadie que había vuelto porque no tenía una respuesta satisfactoria para la pregunta obvia de por qué seguía ahí.
La respuesta honesta era que no había podido irse.
No de una forma dramática. No como alguien que presiente un desastre inminente o que tiene una corazonada cinematográfica que lo ancla al lugar. Era más mundano que eso y más difícil de explicar precisamente por eso. Era simplemente que cada vez que había intentado irse la noche anterior, cada vez que había llegado hasta la puerta o hasta el ascensor o hasta el estacionamiento, algo en la parte de su cerebro que procesaba patrones sin pedirle permiso a la parte consciente le había dicho que todavía no. Que había algo que no había terminado de registrar. Que si se iba ahora iba a perderse algo que no iba a poder recuperar después.
Así que se había quedado.
Y a las 06:00 UTC, cuando Chen abrió el canal para el chequeo matutino y Cole respondió con su voz de siempre, plana y eficiente y completamente inexpresiva, Reid escuchó algo que Chen no escuchó porque Chen todavía no había pasado suficiente tiempo escuchando a Marcus Cole como para saber la diferencia entre su silencio normal y sus otros silencios.
Cuando Chen preguntó si había dormido bien, Cole tardó exactamente un segundo y medio antes de responder.
Un segundo y medio.
En términos de latencia satelital era completamente dentro del rango normal. En términos de Marcus Cole, que respondía a todas las preguntas con la velocidad de alguien que tenía las respuestas preparadas antes de que las preguntas terminaran de formularse, un segundo y medio era una eternidad.
— Sí — dijo Cole.
El canal se cerró.
Reid abrió su bitácora. Escribió la hora. Escribió Cole. Día 2. Nominal. Y después, debajo, escribió algo que no había escrito nunca antes en tres años de bitácoras operacionales:
Está mintiendo.
La doctora Vance llegó a las 07:15 con su café de siempre y encontró a Reid en su estación con cara de no haber dormido suficiente y una expresión que ella había aprendido a reconocer en los operadores que llevaban demasiado tiempo mirando datos sin encontrar lo que buscaban.
— ¿Qué estás haciendo aquí? — preguntó.
— Mi turno empieza a las ocho.
— Son las siete y cuarto.
— Me adelanté.
Vance miró la pantalla de Reid, que mostraba los logs de comunicación de las últimas doce horas con varias entradas marcadas en amarillo.
— ¿Qué marcaste?
— Las pausas — dijo Reid.
— ¿Qué pausas?
Reid giró la pantalla hacia ella. Había analizado cada comunicación con Cole desde su llegada, había medido los tiempos de respuesta con precisión de milisegundos, y había marcado en amarillo cada instancia en que Cole había tardado más de lo estadísticamente esperado para responder a una pregunta directa.
Había tres marcas amarillas en las últimas doce horas.
Las tres eran respuestas a preguntas sobre su estado personal. Las tres eran respuestas de una sola palabra. Y las tres tenían una pausa previa que, individualmente, era completamente insignificante, pero que juntas formaban un patrón que Reid no sabía nombrar pero que tampoco podía ignorar.
Vance miró la pantalla durante un momento.
— Reid — dijo finalmente — . Son pausas de menos de dos segundos.
— El promedio de Cole en los últimos dos años de comunicaciones documentadas es de 0.3 segundos.
— Eso es porque lo conozco desde hace dos años y—
— Vance. — Reid la miró. — Hay algo que no nos está diciendo.
Vance dejó su café sobre el escritorio. Lo miró a él. Miró la pantalla. Volvió a mirarlo a él.
— No puedes saber eso de dos segundos de pausa.
— No puedo probarlo — dijo Reid — . Pero lo sé.
Hubo un silencio entre los dos que no era incómodo exactamente sino del tipo que se produce cuando una persona dice algo que otra persona no quiere que sea verdad pero que tampoco puede descartar con total convicción.
— Hazme un favor — dijo Vance finalmente — . No escribas eso en ningún informe oficial.
— Ya lo escribí en mi bitácora.
Vance cerró los ojos un momento.
— Reid.
— Lo sé. Pero si tengo razón y no lo escribí, y después resulta que—
— Está bien — dijo Vance — . Está bien. Pero mantenlo ahí por ahora. En tu bitácora personal, no en los logs oficiales. Hasta que tengas algo más que pausas de dos segundos.
Reid asintió.
Vance tomó su café y se fue hacia su oficina. En la puerta se detuvo sin darse vuelta.
— ¿Cuándo fue la última vez que dormiste?
— Tres horas.
— Duerme más.
— Sí.
No durmió más.
A las 11:30 UTC llegó el segundo chequeo médico automático de Cole.
Reid lo abrió antes de que el sistema lo archivara automáticamente, antes de que pasara por el filtro estándar que convertía los datos crudos en el resumen de una línea que aparecía en los logs oficiales. Quería ver los números directamente, sin la traducción institucional que tenía la costumbre de suavizar cualquier cosa que no encajara perfectamente en la categoría de dentro de parámetros.
Los números eran casi idénticos a los del día anterior.
Presión arterial: perfecta. Frecuencia cardíaca: 57 pulsaciones por minuto, un punto menos que ayer. Temperatura corporal: normal. Niveles de cortisol: ligeramente por debajo del promedio, igual que ayer.
Reid los miró durante un momento.
Después abrió los archivos históricos de misiones anteriores y buscó los registros médicos de los últimos diez astronautas que habían pasado por Helios-9. Tardó veinte minutos en construir la comparación pero cuando terminó el resultado era claro: todos, absolutamente todos los astronautas anteriores habían mostrado un pico de cortisol en los primeros tres días de misión. Era fisiológicamente universal. Era la respuesta del cuerpo a un entorno nuevo y potencialmente hostil, la activación del sistema de alerta que la evolución había construido para mantener vivos a los animales en situaciones desconocidas.
Marcus Cole no había mostrado ese pico.
Ni el día uno ni el día dos.
Sus niveles de cortisol eran estables, bajos, absolutamente inconsistentes con los de alguien que estaba adaptándose a un entorno nuevo.
Eran consistentes, en cambio, con los de alguien que estaba completamente absorto en algo. Que no estaba prestando atención al entorno porque toda su atención estaba dirigida hacia otra cosa. Que su sistema de alerta no se había activado porque no era el entorno de la estación lo que lo tenía ocupado.
Era otra cosa.
Reid guardó la comparación en su bitácora personal. No en los logs oficiales.
¿Qué encontraste, Cole?, escribió debajo de los números. ¿Qué es tan importante que no puedes dejar de mirarlo ni un momento?
No esperaba respuesta. Era el tipo de pregunta que uno escribe para poder seguir pensando, para darle forma a algo que todavía no la tiene, para convertir una intuición en palabras antes de que se evapore.
Pero mientras la escribía pensó que había algo perturbador en la pregunta que no tenía que ver con Cole específicamente sino con la respuesta que él mismo le estaba dando sin querer al formularla.
Porque la respuesta obvia a ¿qué es tan importante que no puedes dejar de mirarlo? era algo que nadie ha visto antes.
Y la respuesta obvia a ¿por qué no nos lo dice? era más simple y más inquietante.
Porque todavía no sabe qué es.
Y Marcus Cole, que había pasado su vida entera encontrando respuestas para preguntas que nadie más había podido responder, se había topado con algo que todavía no entendía.
Lo que significaba que era algo que nadie en la historia de la humanidad había entendido nunca.
Reid se quedó mirando esa conclusión durante un momento.
Después la borró de su bitácora porque escribirla se sentía como demasiado. Como el tipo de cosa que una vez que está escrita ya no puedes pretender que no pensaste.
Pero no pudo despensar el pensamiento.
El contacto de cierre fue a las 22:00 UTC. Esta vez Reid estaba formalmente de turno y fue él quien abrió el canal.
— Helios-9, aquí Control. Cierre de jornada. ¿Estado de sistemas?
— Nominales.
— ¿Algo que reportar?
La pausa.
Dos segundos. Quizás dos y medio.
— Nada — dijo Cole.
Reid respiró despacio.
— Recibido. ¿Cómo estás tú, Cole?
Otra pausa. Esta más corta. Como si Cole hubiera anticipado la pregunta esta vez y hubiera preparado la respuesta con antelación.
— Bien.
— ¿Seguro?
Silencio. No una pausa técnica. Silencio real, el tipo de silencio que tiene textura, que comunica algo precisamente porque no comunica nada.
— Sí — dijo Cole finalmente — . Seguro.
— Buenas noches.
— Buenas noches.
El canal se cerró.
Reid se quedó sentado en su silla durante un momento sin moverse, con los auriculares todavía puestos aunque el canal ya estaba cerrado, escuchando el silencio estático que quedaba después de que una comunicación satelital terminaba.
Está bien, había dicho Cole.
Seguro, había dicho Cole.
Y Reid, que llevaba tres años aprendiendo a escuchar lo que los astronautas no decían, pensó que había exactamente dos tipos de personas que respondían a la pregunta ¿estás seguro? con la palabra sí después de un silencio real.
Los que mentían.
Y los que habían encontrado algo tan grande que la única respuesta posible era proteger a los demás de saberlo.
Reid no sabía cuál de los dos era Cole.
Lo que sí sabía era que ambas posibilidades lo mantendrían despierto esa noche.
Y la noche siguiente.
Y probablemente muchas más después de esa.




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