Si ahora pudiera adivinar dónde están Pedro o Flor sería todo más fácil, no tendría que estar empujándome los tímpanos con los auriculares para no escuchar a los siete estúpidos de siempre. Es más, si fuese ciego pensaría que, por el ruido, son unos veinte monos. No siete. No personas.
Dicen que los rugbiers van en manada o algo así. Y lo confirmo. Aunque por suerte estos van de acá para allá solo de a siete y no de a quince, es decir, todos los del equipo.
De la nada siento un codazo en las costillas.
–Cambiá esa cara –dice Pedro, riéndose–. Sabés que los Falcon se enojan fácil si los mirás así...
Ese estúpido nombre de equipo me fastidia todos los días. Se escucha por la radio escolar, en los coros que entonan las nuevas animadoras, se puede leer en los afiches de los pasillos... es como si fuera una secta o algo así, que todos acá viven por y para ellos.
–Hasta que aparecés, imbécil. –le respondo conteniendo las ganas de devolverle el golpe e ignorando lo que acaba de decir– ¿Podrías dejar de saltearte clases?
–Pedís demasiado.
Todas las horas que Pedro y yo deberíamos estar en clase él se las pasa hablando con la mujer que atiende el kiosco o se esconde en los baños –si es que viene a la escuela en primer lugar–.
Hasta el día de hoy me pregunto cómo es que las porteras no lo echan para limpiar en paz. Deben estar muy acostumbradas ya.
–¿Por lo menos me vas a acompañar a inglés?
–Sabés que odio inglés –responde Pedro resignándose.
–Sabés que después de inglés tengo que quedarme trabajando dos putas horas en la biblioteca sin socializar con nadie, dale, porfa –Le alzo la vista con una expresión suplicante.
Se arma un silencio mientras Pedro piensa y mientras yo lo sigo mirando como si estuviera por arrodillarme y rogarle. Hasta que acepta, y lo abrazo como si estuvieramos festejando uno de esos puntos que festejan dramáticamente los del Falcon Lorian en cada partido.
Buscamos los libros que están en los casilleros y fuimos al aula. Claramente terminamos llegando unos diez o quince minutos tarde. En mi defensa si estuvieramos en una de esas escuelas prestigiosas de las películas llegaríamos a horario, pero con la infraestrucura que nos brinda esta miseria de escuela hasta que podemos abrir los casilleros se pasa el tiempo.
Bueno, prefiero esa excusa antes que admitir que abrirlos tarda solo unos dos minutos y el resto de ellos somos Pedro y yo charlando. Y de vez en cuando con Flor también, pero ella suele saltearse incluso más clases que Pedro. ¿Qué tipo de amigos me busco?
Como siempre, la Miss Torres nos reta por llegar fuera de hora. Pero que se joda, digo, ni que sus clases fueran muy divertidas. Bueno, no pido eso tampoco. No soy de esos que esperan que las clases sean entretenidas, pero mínimo algo interesantes, no es muy difícil. Se supone que estás enseñando algo que te apasiona.
La hora se pasa volando, Flor nunca aparece y Pedro casi que vuela junto a la hora directo hacia su casa. Es como si fuese alérgico a la escuela, o al aprendizaje. Eso explica porqué en el test de coeficiente intelectual que hicimos para entretenernos el otro día obtuvo 10. Va, ni siquiera lo quiso terminar. Mientras lo recuerdo casi se me escapa una carcajada. Casi, porque interrumpe en mis pensamientos la imagen de la biblioteca, ya debería estar corriendo hacia esa dirección.
–¡Nos vemos más tarde, Simón! –gritó Pedro.
Corría como si estuviéramos compitiendo por quién sale antes de esta cárcel. Definitivamente yo no. No porque él se vaya en su patineta y yo a pie, sino porque ahora tengo que quedarme horas extra acá para ganar algo de plata y ayudar a mi mamá a pagarme los estudios.
No suelen ofrecer este tipo de empleos seguido, pero como asisto al Lorian desde la primaria me confiaron el cargo.
Lo admito, la escuela Lorian es algo linda, quizás sus casilleros no son su fuerte, pero la biblioteca de la que soy responsable este último tiempo es preciosa, también lo es el laboratorio y el campus donde entrenan varios clubes internos destinados a algunos deportes. Entre esos se destaca el fútbol, bien tradicional, y el rugby.
No tengo nada en contra del rugby pero es incluso más insípido y agresivo que el fútbol. Nunca entendí la pasión con la que los futbolistas persiguen una pelota como si les fuera la vida en eso. Pero cuando descubrí el rugby me sorprendí el doble. ¿Por qué te gustaría que te tiren al piso todo el tiempo por una pelota? ¡Una que ni siquiera es redonda! Una deforme, ovalada. Fea.
Punto para el fútbol.
Me dirijo a la biblioteca y busco la llave dentro de mi mochila, mientras sigo intentando entender qué le ven al rugby. O a los rugbiers.
Toda la gente que conozco ama a los quince del Falcon Lorian RFC, en especial a esos siete. Y en parte lo entiendo: basan su vida entera en intentar caerle bien a todos.
Ahí está.
Ellos son los insípidos. Supongo que por eso pienso que el rugby es una mierda.
Porque ellos lo son.
Tomo una escoba y barro un poco el lugar luego de abrirlo. La biblioteca suele estar disponible desde más temprano pero creo que la señora que se encargaba de abrirla ya no puede porque está internada o algo así, por lo que yo me ocupo en esto de lleno estas últimas dos semanas.
No me ha sido difícil cuidar o limpiar el lugar, no concurre mucha gente por lo que es raro que se ensucie rápido. No pasa nada muy interesante acá adentro. La mayoría de los idiotas que estudian acá piensan que la biblioteca es para nerds o frikis. Es decir, la mayoría viene a estudiar o leer algunos comics de superhéroes, sí, pero no es nada malo. No entiendo porqué está tan mal visto. Eso, sumado a que gran parte prefiere buscar información en sus celulares o computadoras último modelo.
De repente se abre la puerta, y es imposible no reconocer al instante ese pelo teñido de rojo vino, esas muñecas llenas de pulseras de hilo encerado, collares de gemas como la amatista o cuarzos variados y ese uniforme algo modificado para que se vea más holgado, o más... original. Su estilo es algo inusual. Dentro del Lorian, claro, que todos visten ropa ajustada y de marca.