Antes del rugby

Nuevo fotógrafo

La carcajada de Flor parecía haber generado un estruendo capaz de destrozar un vidrio. Y yo ahí, sorprendido de que la pared siguiera firme y yo siguiera parado frente a ella.

–En serio, boluda, así no te cuento nada.

–Dale, dale, decime –se nota que estaba luchando consigo misma para no reírse.

–Bien... –Tomo aire y lo suelto por la boca antes de empezar el relato– Desde que teníamos unos seis años fuimos mejores amigos. Muy cercanos. Todos los fines de semana se quedaba a dormir en mi casa o yo a la suya, nos compartíamos cuentos –luego libros extensos–, y jugábamos juegos de mesa. Pero digamos que los once años llegaron con un par de cambios... comenzaron a lanzarnos algunas burlas y... –sin darme cuenta estoy bajando el tono de voz progresivamente y mi vista se congela en un punto aleatorio de los estantes mientras se desenfoca, recordando algunos momentos junto al que solía ser un amigo. Momentos que prefería no traer a mi conciencia de nuevo.

–Entonces... –dijo en un tono apenas audible para que yo continúe.

–Entonces-

El chirrido de la puerta añeja vuelve a sentirse. Pero esta vez acompañado de la presencia de la directora Avelar.

–Aguirre, a mi oficina por favor.

–¿Qué hiciste? –susurró Flor de inmediato frunciendo el ceño, confundida.

Honestamente, no tenía ni idea. Le dirigí una mímica con los labios, como si dijera «no sé», y comencé a dar pasitos rápidos hasta salir de la biblioteca. No quería abandonarla en mi propio lugar de trabajo, pero ¿qué iba a hacer? ¿Quedarme ahí parado y decirle que no a la directora? Soy un estudiante respetuoso, y bastante cobarde también, así que no haría eso.

Con más razón no entiendo por qué me llama.

Paso detrás de ella siguiéndola y me doy cuenta de que acabo de perder todo acompañamiento cómodo posible. Flor se había quedado allá, intrigada por mi relato y por la manera tan repentina en que me fui, y Pedro, bueno, ni siquiera se encontraba en la escuela.

Los pasillos son largos y confusos. En momentos como estos me alivia saberme de memoria cada rincón de la escuela. Igualmente solo tenía que seguir a la directora, pero con lo distraído que soy me perdí varias veces en conversaciones ajenas, fórmulas raras escritas en los pizarrones que se veían a través de las ventanas, e incluso en el olor que salía del comedor, que está a unos metros de la sala de dirección. Probablemente sea el olor que quedó del mediodía, porque dudo que cocinen a esta hora. Ya son las tres de la tarde.

Sin darme cuenta me choco contra la espalda de la directora. Mierda, era la humillación que me faltaba.

–Pase, Aguirre –dice tapándose la boca para ocultar una risita. Eso es bueno.

Por ahí lo sobre pensé mucho y en realidad solo me llamó para felicitarme por mi desempeño en la biblioteca, ¿no?

O quizás el estúpido de Santiago fue directo a contarle a Avelar que le había dado una advertencia. Puta madre. Tenía mis motivos, pero en esta institución reinan ellos. No yo.

–Tome asiento tranquilo –indicó dulcemente. Y honestamente me relajó bastante.

Me siento en el sillón frente al escritorio de ella esperando lo que sea que tenga que decirme.

Veo como abre un cajón de su escritorio y comienza a sacar de él fotos impresas y las va esparciendo por la mesa. Fotos que, al verlas minuciosamente, recordé haber tomado yo hace unos meses.

–El concurso de fotografía... ganaste, Simón.

VAMOS. UNA BUENA. No puedo creer que me preocupé al pedo.

–¿Habla en serio?

ESE SOY YO. Podría pararme sobre ese maldito escritorio y patear los papeles y lapiceras que se encuentran encima.

Pero por ahora prefiero quedarme acá sentado.

–Así que eso era... –suelto un suspiro de alivio y me recuesto ahora más descontracturado en el sillón, dejandome caer lentamente, como si quisiera fusionarme con él. Y sí que quiero.

–Sí, bueno, no solo eso, campeón.

Me da demasiada gracia como trata a todos como nenes de jardín, no puedo evitar una sonrisa cada vez que me habla. Es cierto, hace dos minutos estaba por hacerme pis encima del miedo, pero eso ya pasó. Ahora soy un ganador, puedo reírme y burlarme de lo que quiera.

Soy un campeón de la fotografía.

–Como ganaste, hablamos entre todos los directivos de la institución... –deja un suspenso que me asesina lentamente– y te queremos como fotógrafo oficial del Falcon Lorian RFC este año.

No, mentira. Es una puta broma. Tiene que serlo.

La expresión de mi rostro cambia notoriamente, lo siento yo mismo sin siquiera verme en tercera persona.

–¿Qué? –suelto una risita de nerviosismo mientras mis cejas se curvan hacia el entrecejo.

–¡Sí! ¿No es genial? Es el mejor rol que puede cumplir alguien como vos en este lugar –dice mirando hacia sus alrededores mientras levanta ambas manos, simbolizando toda la escuela.

No digo que no lo sea. Es una muy buena escuela, es un muy buen club. Pero NO quiero ser perteneciente a esa mierda. No quiero tener la obligación de fotografiar a esos nenes de mamá todo el año. Ni lo pienses Avelar.

–¿Hecho? ¡Fantástico! –dice rápidamente, intentando evadir alguna queja, y se para de su asiento, apoyando sus manos en el escritorio– Bueno, creo que eso fue todo. Muchas gracias por todo, Simón. Vas a ser un buen fotógrafo.

Sí, obvio que lo voy a ser. Ya lo soy. Pero no quiero llenar mi cámara de chicos imbéciles y transpirados por correr con una pelota en mano. No gracias. Estaba bien con mis fotos al club de teatro.

–¿Por qué al club de rugby? –pregunto intentando no llevar a la luz mi enojo.

–Simón, el club de teatro te sirvió para probar que tus habilidades son buenas. Ahora estás para algo más. Para relucir, ¿no lo entendés? El club de teatro no es muy importante para el colegio como el de rugby. Te necesitamos ahí.

–¿Y si no quiero relucir?

–El entrenador Octavio te espera mañana a las cuatro. Espero que él pueda verte ahí.




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