Cada vez que llego a casa voy directo a mi pieza y tiro la mochila al lado de la mesita de luz. Ahí queda, intacta hasta el día siguiente. No saco ni agrego libros según el horario: siempre llevo todos.
Tal vez por eso llego tan cansado. El peso se me acumula en los hombros, denso, como si no cargara solo cuadernos.
Ah, y no hago tarea en casa.
Para mí es lo más lógico del mundo. Últimamente paso dos horas extra metido ahí adentro y, cuando por fin tengo tiempo libre, lo último que quiero es sentarme a hacer deberes.
Antes lo hacía. Ahora, entre el trabajo y mi reciente obsesión con la fotografía, las tareas quedan en segundo plano.
No es que no las haga nunca. Las hago a último momento. Pero último de verdad: ya dentro del aula. Se las pido a alguna compañera lo bastante piadosa y buena como para pasarme las respuestas.
Igual no soy tan garca. Sé que las cosas tienen su precio. A cambio, les doy el postrecito del almuerzo de los miércoles y viernes. Por ahora, con eso se conforman.
La puerta de mi pieza se abre sin que me dé cuenta hasta escuchar la voz de mi mamá.
Da un poco de miedo no notar que alguien entra hasta que emite algún sonido, pero prefiero eso a una puerta que chilla.
–Simo, ¿podés ir a comprar unas cosas al supermercado? –dice, asomándose apenas.
–¿No puede ir Lu?
–Dejala a tu hermanita, que está haciendo deberes. Andá vos.
Qué embole. Uno quiere tirarse un rato en la cama a dormir la siesta y ya lo mandan afuera de nuevo. Lucía nunca va. Siempre voy yo.
Agarro un poco de plata –encima de la mía– y mi mamá me encaja un papelito con la lista.
Esta vez sí agarro la bici. Solo que la de Lu. Rosa, baja, llena de stickers. Pero tiene canasto, y no pienso caminar más de lo que caminé hoy. Después de todo son unas seis o siete cuadras, tampoco me va a ver tanta gente. O eso quiero creer.
La ato en el bicicletero del súper y entro. Saco el papelito, ya arrugado, y empiezo a buscar.
A veces pienso que mamá tendría que haber sido médica. La letra ilegible la tiene dominada.
Estoy comparando precios de refrescos cuando un conjunto de risas que me parecen familiares, me alcanza desde el otro pasillo. No los veo, pero tan solo sus voces alcanzan para tensarme entero.
Los comentarios suben de volumen.
Y para cuando levanto la vista, el molesto de Martín Osorio ya está avanzando por la góndola de al lado. Detrás de él vienen los otros seis.
El pasillo parecía achicarse ante la presencia de sus cuerpos macizos.
Bajo la mirada y finjo interés en los precios, como si no los notara. Ellos parecen hacer lo mismo conmigo. Al menos por ahora.
–¿Ese no es el pibe de la biblioteca?
Definitivamente la mufé.
No necesito mirarlos para saber que todos se giraron al mismo tiempo. Como una manada.
Y lo peor de todo: Santiago está ahí. No lo miro directo, pero lo siento. Me observa como si fuera algo ajeno, algo incómodo de ver.
Sé que no hay forma de huir, así que aprieto la lista y la guardo en el bolsillo, esperando a que hablen. El rubio corpulento, bigote estilo chevron –el primero en verme– se acerca.
–¿Qué hace el bibliotecario evaluando las bebidas? ¿Buscás alcohol? –dice, levantando unas dos botellas como trofeos.
¿Yo? ¿Tomar? Si supieran que pisé un boliche dos veces en mi vida...
No sé qué responder. Solo sé que no puedo decir que estoy ahí porque mi mamá me mandó.
–Eh... sí. Pero primero quería ver el precio del jugo y de la coca –miento, rascándome la nuca.
Es ridículo que crean eso. Dudo tener cara de salir a tomar y bailar con chicas los fines de semana.
–¿Y a qué boliche vas hoy? –pregunta Hernán, adelantándose.
ME CREYÓ.
–Todavía no sé –respondo. Las manos me transpiran dentro de los bolsillos.
–Me parece que no tiene idea de qué boliches hay –dice otro. Lucas, creo.
Y ahora sí el calor comienza a subir por mis mejillas.
¿Se está burlando de mí?
–¿En serio piensan que el ratón de biblioteca sale de joda? Seguro se lleva los apuntes a la previa –se burla uno más.
Las risas me golpean de lleno.
Intento buscar una excusa para irme entre todos los pensamientos fugaces que hay en mi cabeza, pero es imposible.
Mi respiración se agita y el corazón me late tan fuerte que no me sorprendería que estalle ahora mismo.
Es increíble lo rápido que pueden arruinarle el día a alguien.
Sin saber por qué, entre esos estúpidos pensamientos, se me ocurre buscar a Santiago con la vista. No sé exactamente qué busco. Cualquier cosa. Un gesto, una mirada que me demuestre que no es igual de idiota que los demás.
Cuando se da cuenta de que lo miro, simplemente baja los ojos. Y su cuerpo, siempre grande, parece encogerse.
No tiene obligación de defenderme. Y lo sé, hasta estoy acostumbrado a no hablar más con él. Aún así, su silencio duele más que las
risas.
–Sí, sí, o que quiebra con el primer vaso –agrega otro, compitiendo por el chiste más estúpido.
Las risas vuelven a levantarse frente a mi mutismo.
Pero esta vez es distinto, esta vez no duran.
–Bueno. Ya está.
La voz no es fuerte. No necesita serlo. El efecto es inmediato. Como si alguien hubiera bajado el volumen de golpe, las carcajadas se apagan una por una. El pasillo queda en un silencio raro, incómodo.
No reconozco su cara al principio. Está apenas apartado del grupo, sin postura desafiante ni sonrisa sobradora. No levanta la voz, no insulta, no empuja a nadie.
–Déjenlo –repite–. No tiene gracia.
Nadie se ríe ahora. Nadie responde.
Por primera vez desde que empezó todo, el control no lo tienen ellos.
Mis hombros se aflojan solos, como si recién ahora mi cuerpo entendiera que ya no hace falta prepararse para el golpe, y el aire vuelve a entrarme en los pulmones.
No sé quién es, ni por qué lo hizo.
Pero en este momento, alcanza.