Grupo: Los fps💥👌🏻 (3 participantes)
Florchu: Decime que ya los denunciaste por la foto
Sigo con bronca
Simón: Flor, son las 8 de la mañana, calmate
Pedrito: Denunciar? Pinchémosle la rueda del auto a alguno
Florchu: Para Pedro, es un montón, mira si nos ven
Simón: No voy a denunciar ni pincharle la rueda a nadie, ok?
Pedro: Aburridooo
Florchu: Vienen?? Lucrecia empezó a explicar un tema nuevo
Simón: Tengo que ir al entrenamiento de rugby...
Pedro: Y faltas a clases?
Simón: Tengo justificado, el falcon tiene solo dos semanas para practicar antes de las vacaciones de invierno y después ya compiten.
Florchu: Y vos sos del falcon lorian o qué?
Simón: Tengo que sacar fotos, punto. No me envidien por saltearme matemática ;)
Segundo día en el campus con mi cámara. Todos entrenaban como de costumbre. Pero entre los quince resaltó una sonrisa que comenzó a acercarse. Tomás de nuevo.
–Que bueno volver a verte, pensé que después del primer entrenamiento ibas a renunciar.
–¿Por qué lo haría?
–No necesitas fingir que te caemos bien –dice levantando sus cejas.
–No lo hago, en realidad vine para no tener clase con Lucrecia.
–¡Hey! Lucrecia es una genia, era peor tener a la Viera.
Un grito del entrenador llamando a Tomás finalizó nuestra charla. Pero no voy a mentir, me quedé pensando en sus palabras. ¿Realmente le alegraba volver a verme? Quizá en serio es distinto al resto de su grupo.
Lo vi irse corriendo. A unos metros, Santiago observaba nuestra interacción como cada vez que hablaba con Tomás.
Sigo bastante perdido, sin entender nada de rugby, pero es divertido sacar fotos cuando se caen. Eso sí, tendría que dejar de hacerlo, no creo que sea buena idea que compitan y solo haya fotos de ellos tirados en el césped. Si logro que no me despidan por eso, apuesto todo a que termino con el ojo hinchado por culpa de Hernán o de Martín. Bueno, a lo mejor que me despidan no es mala idea, podría volver a fotografiar a los de teatro.
–¿Cuándo nos vas a pasar las fotos que sacas? Queremos publicar algunas en Instagram, Simonsito –la voz de Hernán, el aparente líder del Falcon, se escuchó a un par de metros de distancia.
–Si quieren se las puedo mandar al entrenador y que él se las envíe –respondo juntando toda la paciencia que tengo.
–Dale, no las vayas a publicar vos, ya veo que nos matas en las fotos –saltó Martín Osorio.
–Tranquilos que no busco humillar a ninguno de ustedes en Instagram –ironizo en referencia a mi gran foto en una bici para nenas de 10 años.
–¿Disculpame? ¿Querés decirnos algo? –contesta a la defensiva mientras se acerca cada vez más a mí y me toma del cuello de la remera.
Siento cómo mi cuerpo empieza a temblar y de repente me ubico en el espacio-tiempo en el que estoy. Ni yo sé cómo me animé a hablarle así a un rugbier, sabiendo la fuerza que tienen.
–No, nada, no me refería a nada...
–¿Ah, no?
–Pará, Martín, me parece que te estás pasando –lo interrumpe un chico un poco más bajo.
–No seas tan dramático, Uriel –le contestó Martín y me soltó bruscamente–. Maricones de mierda.
Tomé mis cosas lo más rápido que pude y huí de ahí a mitad de entrenamiento, frustrado por no poder hacer nada solo porque son más altos y grandes que yo. Y aún peor, que todos los amen solo por jugar bien un deporte de mierda.
Me sequé un par de lágrimas con la manga de la campera y volví a sentirme igual de impotente que esas tardes de verano de cuando tenía once años.
Entré al aula a mitad de clase y me senté detrás de Flor y Pedro.
–¿Ya terminaron de entrenar? –preguntó Flor, curiosa.
–No.
–¿Estás bien? –añadió Pedro.
–No tengo muchas ganas de hablar.
–¿Pero pasó algo?
–Martín se enojó por un comentario que hice respecto a la foto de ayer.
–Chicos, ¿pueden dejar de hablar? –nos sorprendió la profe.
–Después nos contás –susurró Flor antes de darse vuelta.
Las clases de matemática son súper aburridas, aunque la Viera es mucho peor que Lucre, Tomás tenía razón. Tomás. Empecé a jugar con el lápiz sin escribir nada en la hoja en lo absoluto. Solo mantenía la mirada en un punto borroso mientras recordaba todas esas veces que escuché comentarios desagradables de los siete rugbiers. Repasando cada uno de ellos, no logro encontrar a Tomás. A Santiago sí. Lo recuerdo en silencio, apartado del resto, no burlándose como los demás. ¿Pero callarse acaso no lo convierte un poco igual al resto?
Escucho un leve murmullo que parece ser la voz de Pedro y siento un golpe en el pie por debajo de la mesa.
–Amigo, te están hablando –me alarma Pedro.
–¿Y?, ¿Piensa responder? –dice Lucrecia viéndome fijamente y todos se dan vuelta hacia mí.
–Sí, disculpe, ¿qué? –digo soltando una risa lo bastante incómoda como para que todos también comiencen a reírse de mí.
–Aguirre, me parece una falta de respeto que-
De golpe se abre la puerta y veo entrar a Tomás, transpirado y despeinado por el entrenamiento de hacía unos minutos. ¿Lo habré manifestado con mis pensamientos involuntarios?
–¿Qué hacés acá, Tomás?, ¿Qué te dije de interrumpirme las clases? –le pregunta con justa razón la profe.
–¡Perdón, perdón! Es que la directora me pidió que busque a Simón –dijo con esa sonrisa que hace que todos lo quieran.
–¿Justo a Simón? Bueno, vayan. Pero rápido.
Me levanté un poco confundido y lo seguí. No sin antes hacerles una señal en pedido de auxilio a Flor y a Pedro, que me miraban aún más perdidos.
–¿Qué quiere ahora la directora?
–Nada –me contesta riéndose mientras nos dirijimos a la salida.
–¿Cómo que nada?
–Vi cómo te molestó Martín hoy, y no quería irme sin darte una disculpa de su parte.
–No necesitas pedirme disculpas por cosas que hacen los demás. Ya fue.
–Sí, ya sé, pero no quiero que pienses que soy como ellos.