Antes Pobre Que Gorda

Capítulo 1. El Club de los Corazones Rotos y la Comida para Perros

«La verdad es hermosa, sin duda; pero las mentiras también tienen su encanto.»

Ralph Waldo Emerson (adaptado)

El Delta del Tigre olía como una vieja cortesana: a perfume barato de jacarandá en flor y a agua podrida. La casa sobre pilotes gemía con cada ráfaga de viento, quejándose de su artritis. Era el lugar perfecto para una reunión de excompañeros cuya vida había rodado cuesta abajo.

Eran seis. La vieja "manada" se veía poco últimamente, cada uno ocupado en sobrevivir a su propia desgracia. Pero a Martín no lo veían desde hacía quince años.

En la cabecera de la mesa estaba Camila. La dueña de casa y de la tragedia principal de la noche. En el colegio era la chica gótica que escribía poemas. Ahora coleccionaba deudas. —¿Se acuerdan de mi startup "Aire Orgánico"? —sonrió con tristeza, sirviendo vino—. Les vendía a los turistas frascos con "aliento de la Pampa". —¿Y qué pasó? —preguntó Martín. —Me hicieron juicio. En un frasco había una abeja. El turista era alérgico. Se hinchó como un globo y mi negocio reventó con él. Mañana vienen los tasadores del banco. Chau casa.

Enfrente estaba Lucas. Director de cine. Genio. Y un completo idiota. —Lo de la abeja es una boludez —agitó la mano, casi tirando la ensalada—. Yo estaba filmando un comercial de comida premium para perros. ¡Yo quería drama! ¡Le exigía emoción al caniche! Le gritaba: "¡Tu dueña te abandonó! ¡Sufrí! ¡Comé ese paté con angustia existencial!". —¿Y el caniche? —Le mordió los huevos al cliente. Me echaron. Ahora filmo casamientos. Y sobre todo divorcios.

Al lado, abrazada a una copa vacía, estaba Sofía. Actriz. Rostro de tapa de revista... de hacía veinte años. Ahora su cara parecía una máscara demasiado estirada por el botox. —A mí me echaron de la novela "Los Muertos no Mienten" —suspiró—. Hacía de cadáver en la morgue. ¡Papel protagónico en el episodio! Pero el detective tenía una nariz tan ridícula... Se me escapó una risita. —¿El cadáver se rió? —preguntó Martín. —Tres tomas seguidas. El director dijo que los muertos tienen que ser más profesionales.

Y finalmente, Fede. El músico. Un desastre con patas. —Vendí el bandoneón —dijo en voz baja—. Mi "Doble A". ¿Saben por cuánto? Por lo que vale una moto usada. Para pagarle al quinielero. Ahora toco la armónica en el Subte B. Ayer me tiraron un botón y una empanada mordida. Fue mi mejor cachet del mes.

Todos miraron a Martín. Martín "El Gallego". Se había ido a Madrid después de la crisis del 2001. Estaba sentado ahí con su traje caro, tomando ese vino picado, y parecía un extraterrestre. —Y yo... —empezó—. Yo solo construyo centros logísticos. Un embole. Sin caniches ni abejas asesinas. Lo odiaban. Y lo amaban. Era el único espejo donde no se veían deformes, porque él todavía los miraba con los ojos del colegio.



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En el texto hay: amistad, final inesperado, loteria

Editado: 21.01.2026

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