A medianoche se acabó el vino y atacaron el "licor del abuelo" que Camila encontró en el sótano. El líquido tenía gusto a combustible de avión y pegaba como una maza.
De repente, Lucas golpeó la mesa. —¡Ya sé cómo arreglar esto! ¡El Universo nos debe una! ¿Sufrimos? Sufrimos. ¿Tenemos talento? Obvio. Es hora de cobrar el cheque.
Sacó del bolsillo una boleta arrugada del "Quini-6". —Mañana es el sorteo. Somos seis. Cada uno dice un número. Pero no cualquiera. El Número del Dolor. Cuanto más duela, más suerte trae.
La boleta circuló como una confesión. —Diecisiete —graznó Fede—. El día 17 me dejó mi mujer. Por un baterista. ¡Por un baterista, boludo! ¡Es el fondo de la jerarquía musical! —Cero ocho —Camila acarició la madera de la mesa—. El ocho por ciento de interés que me asfixió. —Veintidós —hipó Pablo, el veterinario (que había dormido al hámster equivocado). —Cuarenta y uno —agregó Lucas—. Las tomas que arruiné con el maldito caniche.
Le tocó el turno a Sofía. Ella se alisó el vestido, que parecía estar a punto de estallar. —Cincuenta y cinco —dijo con dignidad—. Mi peso. El mismo que tenía en el viaje de egresados. Ni un gramo más. Todos la miraron. Sabían que mentía, pero nadie tenía el valor de contradecirla. —Cincuenta y cinco —anotó Lucas, aguantando la risa—. Si vos lo decís...
Finalmente, le tocó a Martín. Sostuvo la birome y miró a Lucas. Martín vio lo que los otros no. Vio el guiño de Lucas. Notó la teatralidad excesiva."Es una joda", entendió Martín. "El clásico chiste de Lucas. Quiere filmar nuestra humillación".
Pero después miró las caras de sus amigos. Había tanto dolor real en esos números que Martín pensó: "Si Dios existe, es el rey de la ironía. No va a dejar que estos números pierdan justamente porque es una broma".
—Cuarenta y dos —dijo Martín en voz alta—. La respuesta al sentido de la vida. Porque todo esto es un absurdo.
Lucas agarró la boleta. —Mando a mi asistente a la ciudad. La juega. Mañana nos despertamos siendo reyes.
Cuando todos se desmayaron, Martín salió a la galería. Sacó su iPhone. Abrió la app de lotería española que permitía jugar internacionales. —Idiotas —susurró. Y cargó los mismos números. 17, 08, 22, 41, 55, 42. Apretó "Pagar"."Impuesto a la estupidez pagado", pensó, y se fue a dormir.