La mañana fue brutal. Las cabezas latían como tambores. Lucas prendió la tele. —¡Arrancó!
Bola por bola. Cuando el locutor cantó el "Cuarenta y dos", ocurrió el milagro. La resaca desapareció. —¡GANAMOS! —el grito de Fede espantó a las garzas del pantano.
¡Lo que se armó ahí! No era alegría. Era la histeria de los condenados a muerte a los que les abren la celda. —¡Me compro el canal de tele! —gritaba Sofía, parada arriba del sillón—. ¡Y echo a todos los que me rebotaron! —¡Pago la hipoteca y quemo los billetes en la cara del gerente! —chillaba Camila. —Y yo... —Lucas lloraba de verdad—. ¡Filmo mi película sobre nosotros!
Saltaban. Se abrazaban. Ya se habían gastado el premio tres veces mentalmente.
Y entonces Fede, bailando una cumbia de la victoria, se llevó puesto un cable. La tele no se apagó. La imagen se congeló, y en la esquina de la pantalla apareció un cartelito traidor: PLAYBACK ENDED. File: broma_losers.mp4.
Silencio. En ese silencio se escuchó cómo se rompían las columnas vertebrales de sus esperanzas. Fede levantó lentamente el pendrive del piso. —¿Lucas? —le temblaba la voz.
Lucas empezó a carcajearse. —¡Corte! —gritó—. ¡Si se hubieran visto las caras! Dios, Sofía, ¡nunca actuaste tan bien!
Un segundo. Dos. Y Fede se le tiró encima con un rugido. La mesa voló. Volaron las botellas. —¡Me mataste! —aullaba Camila—. ¡Me diste aire y me cortaste la manguera! ¡Te odio!
No era una pelea. Era una masacre. —¡Basta! —ladró Martín desde un rincón.
Todos se congelaron. —Me dan asco —dijo Martín con tono gélido—. No porque cayeron en la broma. Sino por lo rápido que se convirtieron en cerdos codiciosos. Miró su reloj. —Me voy al centro. Tengo una reunión con gente normal. Vuelvo a la tarde por mis valijas. Y recen para que no les vea la cara cuando vuelva.
Se fue, dando un portazo que hizo temblar el muelle.