El día fue eterno. Al atardecer, Martín volvió. Subió a la galería con un maletín de cuero. Sus amigos seguían ahí, destruidos, mirando el vacío.
—¿Todavía no se mataron? —preguntó—. Lástima. —Andate, Gallego —siseó Fede.
Martín puso el maletín sobre la mesa. —No fui a una reunión —dijo bajito—. Fui a un cibercafé. Sacó un fajo de papeles. —Lucas, sos un director mediocre, pero un gran profeta. Tu broma fue una mierda. Pero tus números... eran reales.
Vació el maletín. No eran billetes. Eran comprobantes de transferencia. —Sabía que mentías, Lucas. Pero jugué los números. En España. Anoche.
En la habitación se hizo un silencio eléctrico.
—No sacamos el Pozo Mayor —siguió Martín—. Hubo otros dos ganadores. Pero el "Segundo Premio"... Chicos, alcanza.
Agarró a Camila de los hombros. —¡La casa es tuya! ¡El cheque salió hace una hora! —¡Fede! —Martín le pegó con un papel en el pecho—. ¡Te vas a Buenos Aires a comprar el mejor bandoneón que encuentres! —¡Sofía! —le tiró un sobre—. ¡El curso de Lee Strasberg en Nueva York y el alquiler pago por un año! —Y a vos, Lucas, infeliz... —le tiró el sobre en el pecho—. ¡Filmá tu película! ¡Filmá la verdad, o te reviento!