PRÓLOGO
-¿En qué piensas?
Minjun fue incapaz de poner en palabras el fruto de sus pensamientos. Tenía la espalda ancha mojada en sudor, y las gotas de lluvia recorrían las ventanas.
-El consejero dijo que una carta era suficiente, Minjun- escuchó decir a Seo-Yeon- . Mira, cuántas has hecho ya, y no has terminado.
Minjun observó las cartas, apiladas en desorden, una sobre la otra. El resto de la habitación era de una pulcritud y estructura impecable, pero, las cartas se abrazaban con desesperación unas sobre las otras, como un náufrago a las olas.
Minjun, de nuevo, no respondió. Se puso de pie, y caminó hacia una de las cartas, la más reciente, la que casi quemaba, la que sangraba más:
“Querida Seo-Yeon,
El único motivo por el cual te digo estas cosas es porque sé que nunca vas a leerlas. Las palabras no son lo mío, pero eso ya lo sabes; es por eso que te has ido.
Pensé por un momento que sería cuestión de dejar pasar la vida: amigos, cenas, el trajín de la vida. Incluso acepté ese trabajo horrible en el fin del mundo, la tortura misma de mi adolescencia, donde fui tan infeliz.
¿Recuerdas que te conté de Nelly? Vi su nombre en un archivo de la empresa. La odio desde ya, odio la idea de vivir ahí de nuevo, pero acepté porque a veces se necesita un poco de infierno para olvidar que se estuvo en el cielo.
No creo que vaya a olvidarte jamás. Cuando hice mis maletas, llevaba más orgullo que determinación. Pero, es inevitable intentar dejarte atrás, despedirme de ti, ser feliz en tu ausencia, aunque sé que, como esta carta de despedida, eso es un rotundo fracaso.
Te amo a la distancia.
Minjun.
Un trueno lo sacó de sus propios pensamientos. Minjun giró en dirección a la cama. Seo-Yeon, como desde hace un año, no estaba.
Pero él, él seguía ahí. Y también lo hacía su equipaje, ordenado en una esquina, listo para su próxima estadía.
Era increíble que, tras tantos años, aún pudiera sentir el calor asfixiante de la ciudad de su adolescencia en el rostro; increíble también que, aún y si fuera solo en recuerdos, pudiera inhalar con fuerza el aroma dulce de Seo-Yeon, que éste le llenara los pulmones.
Minjun se dejó caer en la cama, pensando en cuán pesado iba a ser el viaje al exterior, sin sabe lo extenso que sería el viaje hacia adentro.
CAPÍTULO I
Nelly se tomó el jugo de un solo sorbo. Casi eran las 8:10, y ahora, estaba en un problema de esos que solo se le presentan a los científicos locos; retroceder el tiempo, para cubrir en veinte minutos un trayecto de media hora.
Tomó su bicicleta, y pedaleó como si su vida dependiera de eso. Y lo pero es que, así era. Haberse mudado de vuelta a casa le habría restado una preocupación menos, pero, el préstamo que había obtenido del banco para su tienda de manualidades le había drenado los ahorros, a pesar de que el local ya había sido devuelto y ahora lo ocupaba una transnacional.
Aún así, Nelly encontraba motivos para sonreír: el clima era perfecto, la lluvia había limpiado el cielo y su pedaleo seguía siendo impecable.
Evitaba mirar a las ventanillas de los autos. No quería encontrarse con nadie. De todo, aún le costaba encontrarse a la gente de su juventud con la vida calculada al milímetro, mientras ella sacaba cuentas para unas galletas de mediodía.
“Ya pasará” pensó, recordando cómo había pasado todo lo demás, sin detenerse demasiado a llorar por ello.
Se detuvo en la empresa. Cinco minutos más, y llegaba tarde. Revisó de nuevo la información en su celular: compañía PIMED, líder mundial en la manufactura de componentes para bolsas de aire para automóviles, y que en esa ciudad era el tipo de lugares donde trabajan los papás de todo, y que nadie recordaba cuándo se habían instalada, quizás al mismo tiempo que las pirámides en Egipto.
Nelly entró a la recepción. Las instalaciones eran una obra de arte minimalista: pasillos largos, formas onduladas sobresaliendo de las paredes, negro, blanco y crema combinadas en armonía.
El aire acondicionado era un oasis de comodidades. Afuera, la ciudad escupía vapor con sus acostumbrados 40°C, día y noche y hasta en sueños.
Nelly se sintió tranquila. No era lo soñado, pero era bastante bueno. Si lo intentaba, hasta podía sentir que trabajaba en la ONU.
Apenas cruzaba la puerta de vidrio cuando alguien la jaló hacia el calor de afuera.
-¡Llegas tarde!- exclamó Helga.
Nelly se dio vuelta para verla de frente. Helga, amiga de su madre, le había conseguido trabajo como secretaria de la empresa.
-Helga, estoy justo a tiempo- respondió Nelly.
-Estar “justo a tiempo” en este mundo es llegar tarde, Nelly- de un empujón la devolvió al piso de piedra que dividía los edificios-. Vámonos, que ya casi llega tu nuevo jefe.
-Pero ¿no son las oficinas allá?- dijo Nelly, señalando el edificio moderno a sus espaldas.
Helga lanzó un bufido burlón.
-¿Allá? Allá es el palacio del rey; nosotros, querida, nos toca en las caballerizas.
Caminaron hasta llegar a un edificio de tres pisos, pequeño, con la pintura dañada, una ventana cubierta con madera y otra con plástico, y una puerta corrediza que abría hasta que prácticamente tenías la nariz pegada al vidrio. Si el edificio había pertenecido a una filmación de una película de zombies, imposible saberlo.
-¿Y esto, Helga?
-Esto, esto es tu próxima oficina, Nelly.
-¿No había alguna cueva disponible?
-Ja, ja- dijo Helga sin ánimos, mientras planchaba la falda ajustada-. Bueno ¿lista para brillas? Bienvenida al mundo PIMED. No olvides sonreír, ok, no tanto.
Entraron al edificio, el cual parecía una auténtica cápsula de tiempo: los aparatos se veían amarillentos por el tiempo; los aires de rejilla apenas y expulsaban aire; las sillas se balanceaban de lado a lado, y todo parecía estar sostenido por cintas adhesivas y clamor al cielo.