AntÍpodas: Corazones contrarios

CAPÍTULO II

De vez en cuando la llamaban. Su voz segura, sin titubeos, fuerte, que se doblaba en notas juguetonas cuando le cantaba su canción, le hablaba a menudo en recuerdos:

“Nelly, Nelly, la de los ojos dormilones”. Luego la tomaba de la cintura, y besaba con suavidad sus mejillas, calientes por el sol.

Aquellos días con Logan fueron el paraíso mismo. El mundo era una puerta giratoria de posibilidades, y todos los sueños estaban cerca.

-¿Nelly?

Nelly salió de su ensoñación cuando Helga le tronó los dedos.

-¿Estás en trance?

-¿Qué? ¿Yo? No, solo estaba pensando- respondió Nelly, mientras recogía las hojas que salían de la copiadora- ¿Necesitas algo?

-Sí, Nelly ¿el manual te suena a algo? El nuevo jefe llegar hoy, y lo necesita.

-Oh, sí, lo siento- Nelly reacomodó las hojas, y se encaminó a la oficina del jefe.

Al abrir la puerta, el polvo del marco cayó sobre su ropa. Se sacudió el polvo que le había caído en el pecho; su nariz empezaba a protestar ante el acumulado de tiempo en los rincones. Tiempo muerte, vacío. La oficina era apenas un cuarto con archiveros, un escritorio, una lámpara encima y una silla.

El corcho estaba lleno de papeles amarillentos, y por la calidad del aire, hace rato que nadie había abierto las ventanas.

Mientras depositaba el informe en el escritorio de su nuevo jefe, se fijó en lo que su antecesor había dejado atrás: todo estaba olvidado, sucio por el tiempo. No había marcas en ningún lado, ni fotografías olvidadas, ni señales de vida en la madera del escritorio; ni un raspón provocado por el enojo, o una persiana rota en un momento de alegría. Al igual que lo malo, todo lo bueno también deja cicatrices. Nelly pensó que nadie había amado ese lugar en mucho tiempo.

Se acercó al escritorio, y dibujó el borde de una montaña en el polvo, la más grande en su ciudad, y detrás de la cual aparecían el sol y la luna. Listo, ya no se sentiría tan solo.

-¡Nelly!- Helga se acercó a ella, y con la confianza que le daba haberle cambiado el pañal de bebé, le estiró el cabello-. No importa dónde te encuentre, estás parada en modo zombi ¿qué te pasa? ¿te mordió algo en el camino?¿o tú mordiste algo?

-Le dejé el informe al jefe- respondió Nelly con una sonrisa, a la par que salía de su oficina-. Lo leí de reojo, su nombre es Minjun ¿cierto?

-Sí- dijo Helga-. Ese nombre no es por aquí. Ven, vamos a la oficina del otro ingeniero. Él llego hace una semana.

Caminaron por el estrecho pasillo, lleno aún de cajas con papeles saliendo por los bordes. El edificio había sido alguna vez un almacén, renovando apresuradamente para servir como oficinas solo un poco mejores que una mazmorra.

-Alguna vez conocí a alguien con ese nombre- dijo Nelly-. Tampoco era de por aquí.

-¿En serio?- contestó Helga, mientras abría una puerta con llave-. Pasa. El Minjun que trabaja aquí es más o menos de tu edad ¿no será conocido tuyo?

-Dios me libre- replicó Nelly, dejando el informe en el escritorio del ingeniero-. El Minjun del cual te hablo y yo éramos, por decirlo de forma amable, enemigos a muerte.

-Si esa es la forma amable de decirlo, no quiero imaginar la otra forma- agregó Helga, a la par que quitaba un poco de polvo a la silla del ingeniero-. Dame, mejor pondré el reporte aquí. Espera un minuto, tengo que organizar su escritorio.

Mientras Helga acomodaba los objetos, Nelly se puso a hacer lo que mejor le salía en la vida, que era fisgonear en los rincones para descifrar a la persona en los recovecos que guardaban sus lugares.

El hombre en esa nueva oficina amaba la vida: por todos lados tenía imanes de destinos internacionales, diplomas, figurillas y recuerdos.

Lo más fascinante era el contenido del corcho: tickets de avión, notas a manos con frases filosóficas, graciosas o anecdóticas; boletos de cruceros, de safaris, un post it diciendo “¿Recuerdas cuando fuimos polizontes?”, y otro que crípticamente rezaba “las olas del mar nunca fueron tan altas”.

Nelly admiró el panorama completo, y sintió nostalgia por una vida que jamás había sido suya.

Helga seguía ocupada acomodando las cosas y midiendo los milímetros entre una taza y una lámpara, así que Nelly se atrevió a mirar un poco más. En el corcho había también un par de fotografías de un hombre disfrazado en diferentes fiestas.

Aparentemente, el segundo a cargo en la oficina era un aficionado al Halloween, y a juzgar por algunas de sus fotografías, donde aparecía con traje y máscara de súper héroe, era asiduo al gimnasio, ya que los trajes entallados realzaban su cuerpo trabajado, su vientre marcado y los músculos en su cuerpo.

Había una fotografía en específico, donde el hombre aparecía sin máscara, y sin playera. Un papel sobrepuesto cubría su rostro desde la coronilla hasta los labios, pero había un detalle en ella que atrajo a Nelly con tanta fuerza, que sintió como sus piernas perdían fuerza:

“Nelly” le dijo mientras caminaban por la plaza. Logan le tomaba de la mano, y ambos aún se debatían entre la ternura y una pizca de vergüenza.

Unas noches antes, habían estado juntos por vez primera. Ellos, que nunca se habían descubierto para nadie, habían probado la dulzura del primer encuentro, donde el ruido no contaminaba la belleza de su inocencia y de su amor.

“Nelly” le dijo Logan “Hice algo. Mira” Se retiró una parte de la camisa, y le mostró: una “N” tatuada, con la curvatura al final de la letra y las formas que Nelly había escrito cuando había plasmado su inicial en el cuaderno de Logan.

“Pero, Logan” había dicho Nelly aquella vez “¿No te dolió mucho?”

Logan sonrió.

“Lo hice porque nunca quiero estar lejos de ti, Nelly. Nunca quiero olvidar lo que vivimos”.

Y ahí estaba, en la fotografía: la “N” de su nombre en el pecho, la misma que había dibujado, con una curva al inicio y dos estrellas alrededor.




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