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Antología confidencial

Ser parte de la historia

   El esperado 1 de septiembre llegó y con él cientos de jóvenes brujas y magos que se acercaban a la Estación de King’s Cross. Empujaban los carritos con sus maletas hasta la columna de ladrillos ubicada entre las plataformas 9 y 10, “la plataforma 9 y ¾”, pensó Alejandra aún creyendo que se trataba de un sueño. La nueva profesora de Estudios Muggles se llevó una mano al bolsillo de la túnica por enésima vez y sintió con la yema de los dedos la carta que le había enviado Albus Dumbledore, el director del colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

   La profesora había leído los libros muchas más veces de las que podía recordar y también había visto las películas. Todavía recordaba con cariño aquellos años dorados de su adolescencia en los que jugaba epic role play de aquellos icónicos libros a los que tanto amaba. Aunque una parte de ella siempre había albergado la esperanza de que la magia fuera real, la razón se había encargado de sepultar casi por completo aquellos sueños infantiles. Al menos, así había sido hasta el día en el que una lechuza le alcanzó la carta que confirmaba lo que en el fondo siempre deseó. Una visita del gigantesco Rubeus Hagrid y un viaje al fascinante Callejón Diagon bastaron para descartar la idea de que todo fuera una broma muy elaborada. 

   Solo quedaban dos opciones: había perdido la cordura o simplemente una parte del mundo mágico se había filtrado al mundo de los muggles a través de los libros de J. K. Rowling. Lo segundo era más esperanzador, así que se aferró a esa idea. Después de todo, podía ser una squib. Tal vez, había algún mago o bruja en su familia.

   Alejandra atravesó la pared que separaba la plataforma 9 y ¾ de la estación y observó maravillada la enorme locomotora color escarlata rodeada de una nube de vapor pálido. El Expreso de Hogwarts esperaba a que las agujas del reloj marcaran las 11 para partir. Tuvo que parpadear tres veces antes de aceptar que aquel magnífico escenario no se desvanecería en un abrir y cerrar de ojos.

   La profesora siguió a un grupo de niños hasta el interior del tren y contuvo un grito de emoción al ver a la señora del carrito que vendía los dulces típicos del mundo mágico. Ansiaba poder probarlos todos. Sacó un puñado de monedas que había canjeado en Gringotts, el banco de los magos, e hizo el cálculo mental para pasar de galleons a pesos argentinos. Un galleon equivalía a unos 475 pesos. Compró algunas ranas de chocolate y unas cuantas bolsas de grajeas de todos los sabores. Esperaba que no le tocara degustar algún sabor muy feo, ya que sabía gracias a los libros que realmente se incluían en los paquetes todos los sabores del mundo.

   Alejandra compartió un camarote con el profesor Remus Lupin y la profesora Minerva McGonagall a quienes les ofreció algunos dulces. La presencia del profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, los ubicaba en 1993, en el tercer año de Harry Potter y aquello significaba que aún estaba a tiempo de compartir la sabiduría que los libros le habían proporcionado. Quizás podría evitar el regreso del temido Lord Voldemort y salvar así muchas vidas, entre ellas la del profesor Lupin. Si Alejandra lograba que le creyeran incluso podría limpiar el nombre de Sirius Black, su personaje preferido y chrush literario.

   No creía que cambiar el pasado fuera una decisión ética. Sin embargo, tampoco podía dejar morir a sus personajes favoritos. Después de todo, si había viajado en el tiempo y se había sumergido en esa dimensión, debía ser por alguna razón.

   Luego de meditarlo durante algunos segundos, Alejandra decidió que la mejor forma de evitar la resurrección del Señor Tenebroso, sería atrapando a Peter Pettigrew. El despreciable animago lacayo de Lord Voldemort llevaba más de una década convertido en la rata mascota de la familia Weasley. Él había traicionado a Lily y James Potter fingiendo su propia muerte cuando Harry era un bebé. En su lugar había cargado con la culpa Sirius Black que había pasado los últimos doce años en Azkaban, la prisión de los magos. Si atrapaban a Pettigrew y lo obligaban a confesar la verdad, lo encerrarían antes de que, como se narra en el cuarto libro de Harry Potter, pudiera hacer el ritual en el cementerio para otorgarle un nuevo cuerpo a su amo.

   —Remus, ¿podría acompañarme? Creo que le gustaría conocer a la mascota de Ron Weasley. En cuanto vea a su rata, lo comprenderá —dijo por fin Alejandra que estaba segura de que el profesor reconocería la forma animaga de quien alguna vez fue uno de sus mejores amigos.

 



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En el texto hay: cuentos, antologia, confidencial

Editado: 20.03.2021

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