Antologia De Baladas Para Quienes No Saben Morir

APRENDÍ A ENVEJECER EN SUS BRAZOS

Canción sugerida: “A model of the Universe - Jóhann Jóhannsson”

Cuando la conoció, Agnes Whitcombe estaba sentada sola en un banco de hierro oxidado bajo un árbol que perdía hojas como si el otoño nunca terminara de irse. No era particularmente hermosa, pero había en su quietud algo que lo detuvo.

Los humanos suelen mirar el mundo con ansiedad o esperanza; Agnes lo miraba como si ya hubiese aprendido a no esperar nada.

Lucian D´Argent tenía ciento cincuenta años y una eternidad que le pesaba como una lápida. Él había aprendido a vivir sin pertenecer, a cambiar de ciudad antes de que alguien notara que su rostro no se alteraba con el paso del tiempo.

Pero aquella tarde, él se sentó al lado de Agnes sin planearlo, como si una fuerza universal más antigua que su propia maldición lo hubiese empujado.

Agnes habló primero, siempre hablaba primero. Le contó que no tenía familia, que trabajaba en una biblioteca pequeña donde nadie preguntaba por los libros más viejos, que las noches eran lo peor para ella porque el silencio amplificaba la sensación de no ser esperada por nadie.

Y Lucian la escuchó como quien escucha una melodía olvidada.

No tenía intención de enamorarse, finalmente los vampiros no aman; pueden encariñarse, pueden obsesionarse o pueden entretenerse. Pero no amar, porque amar implica futuro, y él no tenía un futuro compatible con ella.

Sin embargo, volvió al banco en aquel parque al día siguiente...Y al siguiente, y al siguiente.

Y pronto supo que debía elegir.

Lucian podría beber de ella solo una vez y conservarla eternamente joven en su memoria, como había hecho con otros rostros a lo largo de los años.

O podría intentar algo que jamás había hecho: renunciar lentamente a su inmortalidad por una vida mortal con ella.

Dejar de alimentarse no lo mataría de inmediato ni a la larga, porque su especie no funcionaba con una misericordia tan rápida. Seguramente primero vendría la debilidad, luego la fiebre constante, luego el deterioro lento, hasta que su cuerpo comenzara a recordar el significado del tiempo.

Así que tomó su decisión.

Durante meses junto a ella, Lucian fingió normalidad, hasta que comenzaron los temblores.

Agnes pensó que él tenía anemia, estrés, cualquier cosa menos lo que realmente era. Ella lo llevó a ver médicos que no encontraban mal o diagnóstico posible. Mientras tanto Lucian envejecía con una precisión casi humana: líneas fijas en el rostro, cansancio en la espalda, el brillo apagándose lentamente en sus ojos.

Y por primera vez en más de un siglo y medio de existencia, él sintió frío.

Agnes lo cuidaba con una ternura que dolía, le preparaba sopa, le cubría los hombros con mantas, apoyaba la cabeza en su pecho para escuchar su corazón que ahora, débilmente, latía.

— Envejecer juntos no suena tan terrible. — Le dijo Agnes una noche, sonriendo.

Lucian no respondió, porque sabía que no estaban envejeciendo juntos. Él estaba descendiendo desde la eternidad; ella simplemente avanzaba hacia su final natural.

Pasaron los años como una vela que se consume sin que nadie advierta cuán corta era.

Cuando por fin su piel perdió el tono pálido de lo inmortal y adquirió la fragilidad humana, creyó haberlo logrado.

Su reflejo aparecía en los espejos, su pulso débil era constante y sangraba si se cortaba... Lucian era casi uno de ellos.

Pero el tiempo, que para él había sido un enemigo paciente, no la perdonó a ella.

La enfermedad llegó discreta sobre Agnes, como llegan todas las tragedias verdaderas; un cansancio persistente, una tos sutil, luego los diagnósticos pronunciados con voz baja y manos entrelazadas.

Lucian habría dado cualquier cosa por regresar a su fuerza antigua. Habría drenado ciudades enteras si eso le devolvía el poder de salvarla.

Pero ya no podía, había renunciado a aquello que lo hacía invulnerable.

La vio consumirse en una cama blanca, con la misma serenidad triste con la que la conoció una tarde en aquel banco del parque.

— No me dejes sola — susurró Agnes en su última noche.

— Nunca lo estarás — mintió Lucian, tomando su mano débil con la suya ahora más cálida, con la voz que ya sonaba vieja.

Ella murió al amanecer, y el amanecer no lo quemó a él. Ese fue el verdadero castigo.

Porque no era ya lo bastante vampiro para arder bajo el sol, ni lo bastante humano para seguirla.

Su cuerpo se quedó suspendido en un triste estado intermedio: no envejecía más, pero tampoco sanaba del todo. Su corazón latía lento pero innecesario. No necesitaba sangre, pero la deseaba con una nostalgia que era más recuerdo que hambre.

Lucian había sacrificado la eternidad para compartir el tiempo. Y el tiempo, cruel enemigo de un vampiro por las razones contrarias, no fue equitativo.

Regresó al banco de hierro oxidado en aquel parque cuando el otoño volvió. Las hojas caían como aquella tarde que la vio. Y él se sentó solo.

Por primera vez en más de doscientos años deseó la muerte de verdad.

Pero la muerte no vino, y comprendió, con una claridad devastadora, que lo más difícil no era perder la inmortalidad, era quedarse vivo cuando el amor ya no estaba.




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