Antologia De Baladas Para Quienes No Saben Morir

LA ETERNIDAD EN LA MESA FAMILIAR

Canción sugerida: “Andrei - Martin Phipps”

Alessandra von Eltz lo vio por primera vez en un puerto gris del sur de Italia, en 1723. Massimo Rossini era un joven carpintero de manos torpes y risa franca, y ella tenía más de dos siglos aprendiendo a fingir latidos.

Ella nunca había amado a nadie. Había poseído, había deseado y había sobrevivido, pero cuando él la miró sin miedo, sin sospecha, como si su eternidad no fuera una amenaza sino un milagro, algo en su sangre antigua se volvió frágil.

Así, vivieron veinte años que para ella fueron un suspiro y para él, una gran parte de su vida. Alessandra no envejecía, Massimo sí.

Y cuando las arrugas comenzaron a surcarle el rostro a él, el pueblo comenzó a murmurar.

Ella desapareció una madrugada sin despedirse, dejando una casa cerrada y un hombre roto.

Cuarenta años después, ella regresó con otro nombre y otro rostro fingidamente joven. Se presentó como la hija de aquella mujer que, según dijo, había muerto lejos.

El anciano Massimo la miró largo rato, sus ojos nublados parecieron reconocer algo más allá de la piel, y recordó el pequeño secreto de Alessandra.

No preguntó más, solo le tomó la mano.

Desde entonces, ella repitió el ritual con disciplina cruel. Cambiaba de ciudad cada cuatro o cinco décadas. Amaba al mismo hombre, pero en distintas edades, en distintos cuerpos nacidos de la misma sangre.

Cuando Massimo murió, ella cuidó al hijo. Cuando el hijo envejeció, ella se presentó como la nieta. Más tarde fue bisnieta, sobrina lejana, tutora silenciosa.

Nunca volvió a besar como la primera vez. Nunca volvió a decir “te amo” con esa voz, porque no era el mismo hombre a quien tenía en frente. Era su eco, su continuidad, pero era también la herida heredada.

Alessandra aprendió a distinguir los gestos que persistían generación tras generación: la forma de fruncir el ceño al concentrarse, el modo en que inclinaban la cabeza al escuchar.

Amaba esas repeticiones como quien guarda reliquias.

Pero cada vez que sostenía una mano distinta con la misma sangre dentro, sentía el vacío insoportable de saber que el alma que había amado en 1723 no estaba allí. Solo su sangre, solo su recuerdo multiplicado.

En el último ciclo, ella decidió quedarse más tiempo del debido.

El bisnieto del bisnieto, Massi, tenía la misma risa del carpintero y una tristeza heredada que la miraba como si la reconociera.

Alessandra lo cuidó en una enfermedad temprana que lo aquejó demasiado joven. Sostuvo su frente ardiente y escuchó cómo deliraba llamándola por un nombre muy viejo que nadie le había enseñado.

Entonces ella comprendió que el amor no se transmite en la sangre, sino en el sufrimiento Y que tal vez en él, en alguna parte de esa cadena infinita, la había sentido siempre.

Cuando Massi murió, ella no huyó de inmediato. Permaneció sentada junto al cuerpo hasta que la casa se enfrió y la madrugada se volvió insoportable.

Ella podría seguir el ciclo una vez más, podría esperar al hijo que aún no nacía.

Pero por primera vez en más de cuatro siglos sintió cansancio, no físico, pero sí espiritual.

Amaba la sangre, sí, pero esa sangre la condenaba a revivir la pérdida eternamente.

Alessandra se marchó antes del amanecer, con un nombre nuevo que nadie conocería. Sobrevivió lejos de todo.

Era su condena; no morir, no olvidar y amar la misma línea de vida sin volver a encontrar al hombre que la había mirado sin miedo en un puerto gris del sur de Italia.

Así, ella entendió que su sacrificio no era renunciar a esa efímera eternidad viviendo al lado de la familia de aquel que amó, sino aceptar que el amor puede repetirse en la carne, pero nunca en el alma.




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