Antologia De Baladas Para Quienes No Saben Morir

LA ÚLTIMA SÚPLICA DEL AMANECER

Canción sugerida: “And some will fall - Max Ritcher”

Se llamaba Helena cuando lo conoció, aunque ella había usado otros nombres en otros siglos. Había nacido en una ciudad que ya no existe en los mapas, bajo un invierno perpetuo que parecía anticipar su destino. Tenía más de doscientos cincuenta años cuando Tomasz Kowalszyk apareció en su vida con esa torpeza dulce de los hombres que no se saben suficientes a sí mismos. Él la amó desde el primer instante con una devoción insegura, como si temiera que cualquier palabra mal dicha pudiera romper el hechizo que lo había llevado hasta ella.

Helena siempre fue melancólica, no por la sangre, sino por la memoria. Había visto morir demasiados inviernos como para creer en promesas.

Cuando Tomasz descubrió lo que ella era no huyó, tampoco suplicó, solo le hizo una pregunta que la persiguió por décadas.

— ¿Algún día me dejarás atrás?

Ella no le respondió, en cambio lo besó como si el tiempo no fuera una amenaza.

Los años comenzaron a acumularse en él como el polvo lo hace sobre un mueble antiguo. Cada vez que Helena insinuaba la posibilidad de darle el beso eterno, Tomasz se negaba con una sonrisa temblorosa.

Él decía que no estaba listo, que quería ganarse la eternidad, que debía demostrar que su amor no nacía del miedo a morir, sino del deseo de permanecer con ella.

Pero en el fondo del corazón de Tomasz era el miedo lo que lo guiaba: miedo a perder su humanidad, miedo a no ser digno de un don tan oscuro, miedo a despertar convertido en algo que no le permitiera recordar quién era.

Ella esperó, los vampiros saben esperar, pero el tiempo humano es cruel, y las manos de él comenzaron a temblar y su piel se volvió más fina y frágil.

Una noche, frente al espejo, vio por primera vez a un anciano mirándolo desde el reflejo y entendió que la muerte ya no era más una teoría, sino una sombra sentada a su mesa.

Fue entonces cuando lo pidió.

No hubo poesía en su súplica, tampoco había orgullo en sus palabras. Tomasz cayó de rodillas frente a Helena y le rogó que lo transformara. Él dijo que estaba listo, que la eternidad ya no le daba miedo, que prefería la oscuridad antes que la luz sin ella.

Helena lo sostuvo entre sus brazos y algo en su mirada se quebró de una manera que él no comprendió.

Los siglos también pasan factura a los inmortales.

Hacía años que ella había sentido el cambio, un agotamiento extraño en su sangre. Intentó crear descendencia algún tiempo atrás y el intento falló. Su linaje se había cerrado como una puerta sellada por fuerzas más antiguas. Ya no podía convertir a nadie, porque la capacidad de dar eternidad se había extinguido silenciosamente, y ella había callado esa pérdida por vergüenza.

Cuando Tomasz pidió ser convertido al fin, Helena supo que ya era tarde. No se lo dijo de inmediato, lo abrazó durante horas como si el calor de su cuerpo pudiera detener lo inevitable, e intentó aun así. Ella mordió su piel con la esperanza desesperada de que la sangre respondiera al ritual antiguo, pero no ocurrió nada. Solo hubo dolor, solo hubo una hemorragia lenta y un hombre demasiado débil para resistir.

Tomasz murió al amanecer, sin transformarse, sin salvarse, sin poder ser eterno. Murió en los brazos de Helena, murmurando su nombre con una paz que ella no merecía, quizás creyendo hasta el último segundo que el proceso apenas comenzaba y que despertaría distinto.

Helena permaneció inmóvil mientras el cuerpo de Tomasz se enfriaba. Ella no lloró, porque los vampiros no lloran como los humanos; su dolor es más silencioso, más permanente, como un nervio expuesto.

Lo enterró con sus propias manos en un bosque donde nadie supiera su historia. Luego caminó hacia la noche, intacta, inmutable, condenada, sobreviviendo como siempre.

Esa fue la tragedia real.

Durante décadas evitó mirar a los hombres a los ojos, temiendo encontrar en ellos la misma inseguridad que había condenado a Tomasz.

Comprendió demasiado tarde que no fue el miedo a la eternidad lo que mató a su amado, sino la espera.

La decisión postergada y el amor aplazado hasta que el cuerpo ya no pudo sostenerlo más.

Y en su melancolía, Helena entendió que la inmortalidad no es un don que se ofrece dos veces.

El tiempo mortal exige valentía inmediata, porque cuando por fin decidimos no tener miedo, a veces ya no queda tiempo para vivir sin él.




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