Canción sugerida: “Adagio in G minor (arr. for harp and orchestra) - Tomaso Albinoni”
Nadie recuerda cuándo comenzó su maldición, ni siquiera él. Había caminado por más de mil años sobre la tierra, cambiando de nombre como quien cambia de abrigo, sembrando afectos breves y despedidas fáciles. Su naturaleza era caótica, casi luminosa en su falta de culpa. Constantin Velari amaba con intensidad feroz, pero sin memoria, porque cada cien años, exactamente la noche en que el calendario cerraba su ciclo, su mente se vaciaba.
Todo desaparecía; rostros, promesas, guerras, traiciones. Despertaba la mañana siguiente como un dios recién creado, con siglos en el cuerpo y ninguna historia en la cabeza.
La primera vez que la encontró se llamaba Irina Dobrescu y tenía los ojos llenos de una nostalgia inexplicable. Lo reconoció antes de que él pronunciara palabra.
Lo había visto morir y regresar demasiadas veces en sus sueños infantiles, porque esa era su condena a diferencia de él: reencarnar con memoria intacta.
Cada vida traía consigo el peso de todas las anteriores. Ella sabía quién era él, sabía cómo la miraría, sabía en qué momento exacto su voz temblaría al decirle que la amaba como si fuera la primera mujer en el mundo.
Y siempre era la primera para él.
La segunda vez ella fue pintora en Sevilla. La tercera, enfermera en un hospital de campaña. La cuarta, una violinista que lloraba, sin que él supiera por qué lloraba cada vez que ella lo veía entrar en la misma habitación.
En cada siglo él volvía a descubrirla con asombro salvaje, con esa devoción improvisada que solo poseen los que creen estar viendo algo único.
Ella, en cambio, sostenía el amor con manos agotadas.
Lo veía repetir las mismas frases, cometer los mismos errores, hacer las mismas promesas que olvidaría inevitablemente al llegar el final del siglo. Irina intentó advertirle en la quinta vida, le habló de la maldición, del vacío que lo esperaba. Constantin rio con ternura, beso su frente y le dijo que no temiera a fantasmas inventados.
Cuando la centuria se cumplió, él despertó en otra ciudad, con otro idioma en la boca y sin el menor recuerdo de ella.
Irina — o Isabel, o Mei, o Lucía — tuvo que buscarlo otra vez, enfrentarse a su mirada desconocida y permitir que la historia comenzara una vez más, desde cero.
El amor repetido se volvió una heria para ella, porque, aunque él la adoraba en cada siglo, nunca la recordaba al terminar éste. Y aunque ella sabía que la pasión y la intensidad eran reales, también sabía que no era duradera más allá de cien años. Amarlo era aceptar que siempre sería nueva para él y eterna para sí misma.
En la décima vida ella nació en una ciudad fría, con la memoria más pesada que nunca. Desde niña supo la fecha exacta en que lo encontraría y la fecha exacta en que lo perdería.
Lo vio cruzar la calle una tarde de otoño. Él se detuvo un segundo, como si algo invisible tirara de su pecho, sus miradas se encontraron, y por un instante ella sintió el impulso bien conocido de acercarse, de permitir que la rueda girara otra vez.
Pero no lo hizo y siguió caminando.
Él la observó alejarse con una extraña sensación de pérdida en el pecho que no supo nombrar.
Ese día Constantin soñó con una mujer que lloraba en distintas épocas del mundo. Y despertó inquieto, pero el sueño se desvaneció como todos los demás.
Ella vivió esa última vida en silencio. Amó a otros hombres sin la pasión devastadora de los siglos anteriores. Construyó una vida tranquila, aunque la memoria nunca dejó de doler.
Supo el día en que el siglo de él volvió a cerrarse. Sintió, como siempre, el vacío expandirse en algún lugar del mundo pero esa vez no corrió a buscarlo.
Murió anciana, con todos sus recuerdos intactos, aferrada a la certeza amarga de que el amor más profundo de su existencia jamás la reconocería más de cien años seguidos.
Él despertó en otra ciudad, con el cuerpo eterno y la mente limpia. Caminó por calles desconocidas con la ligereza de quien no arrastra historia.
Y en algún rincón del mundo, una mujer había decidido no encontrarlo más, pero él nunca lo sabría, porque su condena era olvidar.
Y la de ella, recordar para siempre.
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Editado: 01.05.2026