Antologia De Baladas Para Quienes No Saben Morir

LA DAGA Y LA ROSA

Canción sugerida: “Keyboard, Suite No. 4 in D minor - George Frideric Handel”

Su belleza no era ostentosa, sino discreta; nadie hubiera sospechado que Aurora Kovac llevaba más de tres siglos caminando entre los vivos. De presencia sutil, como un susurro en una habitación. Ella había aprendido a ser casi invisible, a alimentarse sin dejar cadáveres teatrales, a existir como una sombra que no reclama atención.

La eternidad le había enseñado prudencia pero también soledad.

Lo conoció en una biblioteca, entre mapas y tratados olvidados. Luka Markovic tenía las manos marcadas por cicatrices finas y la espalda recta de quien ha sido educado para obedecer.

Perteneciente a una orden antigua dedicada a exterminar criaturas como ella, él había crecido escuchando historias sobre monstruos que seducían, mentían y destruían familias enteras.

Su orgullo estaba tejido con el apellido que llevaba y con las facciones imperturbables de su padre.

Sin embargo, cuando habló con Aurora, nunca imaginó que era uno de aquellos monstruos. Luka vio a una mujer que parecía entender el peso del mundo con demasiada calma, y se encontraron varias veces sin intención aparente. Conversaron sobre historias, sobre ciudades que ya no existen, sobre la fragilidad humana.

Luka sintió que por primera vez algo escapaba al control férreo de su educación. Aurora, que había sobrevivido a imperios y guerras, sintió algo mucho más peligroso: esperanza.

La verdad llegó como llegan todas las verdades, sin delicadeza. Una noche, Luka siguió un rastro de sangre que no debía estar y al trazar el rastro, vio algo alimentarse.

No fue un espectáculo brutal; fue silencioso, casi triste. Entonces la criatura levanto la vista y los ojos de Luka se conectaron con los ojos de Aurora, pero ella no intentó huir. En sus ojos no había culpa, solo resignación a lo inevitable.

Luka apuntó con la ballesta que había jurado usar sin vacilar, pero la mano le tembló al apuntar al pecho de Aurora.

— Dime que no es verdad — susurró, aunque veía todo con sus propios ojos.

Aurora no mintió, porque jamás le había mentido a él. Le habló sobre su edad, de su esfuerzo por no convertirse en aquello que la orden describía. Le habló del hambre como una condena, no como un placer.

Luka sintió que el mundo se partía en dos: el deber y el amor, el apellido y la mujer, la sangre heredada y la sangre que de alguna manera latía frente a él.

Entonces él le prometió protegerla.

La decisión no fue heroica, fue íntima. Luka la ayudó a huir, a borrar rastros y a preparar caballos antes del amanecer.

Pero las leyes ancestrales huelen a traición con la misma precisión con la que huelen a los vampiros, y su familia los alcanzó en el bosque, bajo una luna implacable.

Su padre fue el primero en hablar, llamándolo por su nombre, Luka Markovic, recordándole quién era.

Pero Luka eligió, y no levantó su arma contra Aurora, la levantó contra su propio clan.

La lucha fue breve y brutal. Aurora quiso intervenir, pero Luka se lo impidió con una mirada que era despedida y súplica al mismo tiempo. Él recibió la primera herida sin quejarse, la segunda lo hizo caer de rodillas. Aun así, se levantó una vez más para abrirle paso entre los árboles a ella, gritando que corriera.

Aurora obedeció por primera vez en su existencia.

Cuando los sonidos cesaron, ella regresó, y lo encontró tendido sobre hojas oscuras, con la sangre mezclándose con la tierra.

Luka respiraba apenas, y la miró con aquel amor puro, como si el dolor fuera irrelevante.

— Valió la pena — murmuró.

Luka murió en los brazos de Aurora, con la certeza de haber amado más allá del orgullo que lo formó.

Aurora sostuvo el cuerpo de Luka hasta que el amanecer la obligó a esconderse, y por primera vez en trescientos años, la eternidad le pareció una burla insoportable.

Ella sobrevivió, mató a quienes quedaban vivos de aquel ataque, no por furia, sino por necesidad. Vivió algunos años más, los suficientes para borrar el nombre de la orden de la faz de la tierra.

Nunca lo hizo por venganza, sino para que ningún otro hijo tuviera que elegir entre la sangre y el amor.

Sin embargo, algo en ella se apagó con Luka en aquel bosque. Dejó de alimentarse con cuidado, dejó de evitar riesgos, y no sobrevivió entre las sombras por mucho tiempo más.

Cuando finalmente la caza la alcanzó, ella no corrió. Simplemente abrazó a la muerte con el pensamiento del hombre que le había dado la espalda a sus orígenes por ella. Y entendió que su historia no había sido una derrota, sino una elección compartida.

Él murió protegiéndola.

Ella vivió lo suficiente para extrañarlo.

Y la eternidad, por primera vez, no fue más fuerte que el amor, aunque cada día haya sido una pesadilla sin fin sin él.




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