Canción sugerida: “A game of Croquet - Jóhann Jóhannsson”
Durante más de quinientos años, Elisabetha Drágoi aprendió a respetar los umbrales. No era cuestión de fuerza, sino de ley. Las puertas cerradas eran murallas invisibles que ni la más antigua de las criaturas podía atravesar sin permiso. Y ella, taciturna y romántica en un mundo que castigaba ambas cosas, había hecho de esa limitación una forma de disciplina. Nunca entraba donde no la llamaban, nunca tomaba lo que no le era ofrecido.
Lo conoció una tarde de lluvia, saliendo de una iglesia pequeña en una ciudad de calles empedradas. Pavel Sidorov tenía el rostro sereno de los hombres que confían en algo más grande que ellos mismos, pero en sus ojos vivía una duda constante, como si su fe también fuera un refugio contra su propia inseguridad. Él rezaba con fervor, pero temía no ser suficiente para el Dios al que servía. Cuando él vio a Elisabetha por primera vez, pensó que era una tentación enviada para probarlo.
Ella no intentó seducirlo, sino que se limitó a escucharlo. Hablaron sobre culpa, sobre redención y sobre el profundo miedo de fallar. Pavel encontraba en ella una comprensión que no hallaba en el confesionario o en la iglesia a la que servía. Elisabetha, por su parte, encontraba en él una pureza que no era ingenua sino esforzada. Sin embargo, lo amó en silencio desde el principio, sabiendo que su naturaleza sería una frontera imposible.
Cada noche ella se detenía frente a su casa. No necesitaba tocar la puerta; la ley etérea la mantenía a distancia como una cuerda invisible atada a su pecho. Pavel se acercaba a la ventana y la miraba desde dentro. Entre ellos había apenas un vidrio y una palabra no dicha. Él sabía lo que ella era, lo había descubierto en una conversación temblorosa donde Elisabetha no mintió. Y esa idea lo aterrorizó y lo fascinó al mismo tiempo.
—No puedo invitarte — decía él con voz baja, casi avergonzada — No sé si mi alma resistiría.
Ella asentía, jamás lo presionó porque prefería quedarse afuera, bajo la luna, soportando el frío que ya no sentía antes que forzar una fe que lo sostenía a él.
Se miraban durante horas, a veces él apoyaba la frente contra el vidrio y ella imitaba el gesto desde el otro lado, desde afuera. Era una intimidad mínima, insoportable y hermosa.
Los años comenzaron a pesar sobre Pavel. La fe no lo abandonó, pero el cuerpo empezó a flaquear; tosía más de lo debido, se fatigaba con facilidad al subir las escaleras. Elisabetha observaba impotente cómo la vida se le escapaba a él, sabiendo que una sola invitación bastaría para cruzar el umbral, para estar a su lado, para sostenerlo sin barreras. Pero nunca pidió esa palabra, porque amarlo como ella lo amaba también era respetar su miedo.
Una noche de invierno la nieve cubría los escalones cuando ella llegó a la casa de Pavel. Él estaba más pálido que de costumbre. Pavel caminó con dificultad hasta la ventana y la abrió apenas unos centímetros. El aire era frío, entrando como un presagio.
—He pensado…— susurró con una sonrisa débil —… he pensado que tal vez Dios entiende el amor mejor que yo—
Elisabetha no respiraba, pero sintió que su muerto corazón latía como nunca y su mundo se detuvo.
Pavel apoyó la mano en el marco de la ventana, dispuesto a pronunciar la palabra que durante años había retenido. Sus labios temblaron, pero el sonido no alcanzó a formarse, un espasmo lo atravesó y su cuerpo cedió antes de que pudiera terminar de hablar.
Cayó hacia atrás, dentro de su casa.
Elisabetha intentó avanzar por puro instinto, pero el umbral invisible de aquella ley antigua la rechazó con la misma firmeza de siempre. Se quedó de pie bajo la nieve, viendo el interior de la sala a través del vidrio. Pavel yacía en el suelo, inmóvil, a pocos metros de la puerta que jamás abrió para ella.
El amanecer comenzó a teñir el cielo de gris. Ella no se movió, sólo observó cómo la luz revelaba la quietud definitiva de su amado en el suelo. Nadie acudió a socorrerlo hasta mucho después, y para entonces, ya era muy tarde.
Elisabetha se alejó cuando el sol amenazó su piel, con la imagen de Pavel grabada como una herida eterna.
Sobrevivió, como siempre sobreviven los que no pueden cruzar ciertas puertas, y entendió que el amor a veces, no necesita grandes sacrificios ni batallas sangrientas.
A veces basta una palabra que nunca se llega a pronunciar.
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Editado: 01.05.2026