Antologia De Baladas Para Quienes No Saben Morir

EL SACRIFICIO DEL AMANECER

Canción sugerida: “Chopin: Nocturne no. 20 in C Sharp minor – Fréderich Chopin”

El conde Matteo Orseni había tenido tantos nombres que ya sólo recordaba el primero. Había visto levantarse y caer civilizaciones enteras, mares retirarse y volver, lenguas nacer y extinguirse. Más de siete mil años caminando sobre la tierra le habían dado una calma profunda, casi mineral.

No era un vampiro cruel, era apacible, comprensivo, paciente como la roca que observa el paso del tiempo sin intervenir.

Hasta que la conoció a ella.

Mika Kovarik tenía el tipo de alma que vive en contradicción entre la moral y la naturaleza: deseaba intensidad, pero temía las consecuencias, amaba la vida, pero se sentía agotada por las decisiones que debía tomar.

Cuando la enfermedad llegó, fue silenciosa y firme. Los médicos hablaron en voz baja; las paredes del hospital olían a despedida. Mika entendió antes que nadie que su historia sería breve.

Él la había amado sin condiciones, sin imponer su eternidad sobre ella. Matteo le contó lo que él era con una honestidad serena, y Mika eligió permanecer a su lado aun sabiendo que el tiempo no era justo entre ellos.

Así, la enfermedad avanzó. Él se sentaba junto a la cama de ella y sostenía la débil mano mientras el pulso se volvía frágil.

—No quiero que me salves…— susurró una noche con los labios secos —Quiero elegir cómo terminará mi vida—

Pero él había aprendido algo a lo largo de los milenios: el amor, cuando teme perderlo todo, se vuelve imprudente.

El don de su especie no era un gesto trivial.

En su linaje antiguo, otorgar la inmortalidad implicaba ceder la propia. Era un intercambio absoluto: una vida por otra.

Durante más de siete mil años jamás había pensado en hacerlo, no por egoísmo, sino porque comprendía el peso de esa eternidad y de esa condena.

Cuando Mika dejó de respirar por primera vez, él decidió por ambos.

La mordió con una ternura que no tenía nada de violencia y dejó que su propia esencia abandonara su cuerpo para encender el de ella. Matteo sintió cómo su fuerza milenaria se desmoronaba, cómo su inmortalidad se escapaba como arena entre los dedos.

Él la sostuvo mientras el cambio lo atravesaba, mientras el corazón humano de Mika se detenía para siempre y algo nuevo comenzaba a latir.

Mika despertó al amanecer.

Sus ojos verdes ya no eran los mismos, había en ellos una claridad fría, una percepción aguda que lo recorrió de arriba abajo. Matteo estaba débil, arrodillado, apenas sostenido por el último hilo de existencia que le quedaba.

—¿Qué hiciste? — preguntó ella, con una voz que no era del todo humana.

Él sonrió con suavidad, como si todo hubiera valido la pena.

—Te salvé.

Mika se puso de pie con una gracia recién nacida y comprendió, en un segundo brutal, lo que había perdido. La enfermedad había sido su final, su elección, su despedida del mundo. Pero ahora estaba atrapada en una eternidad que no había pedido, con un hambre que la aterrorizaba y un futuro que se extendía sin límite.

—Me arrebataste mi muerte— dijo, y en sus palabras no había gratitud, solo furia a flor de piel.

Él intentó acercarse, pero sus débiles piernas cedieron. La transferencia estaba casi completa, su piel comenzaba a perder consistencia, como si los milenios lo abandonaran de golpe.

—No soporté un mundo sin ti, no toleré la idea de verte morir…— confesó con una honestidad que ya no podía reparar nada.

Mika lo miró como se mira a alguien que ha tomado la decisión equivocada en nombre del amor. No lo tocó ni lo abrazó, y dio un paso atrás.

—Yo sí sabía vivir sin ti…— respondió, y esa frase fue más letal que cualquier arma.

Salió al mundo con una sed que debía aprender a controlar y un odio que no era simple rabia, sino duelo. Viviría siglos recordando que su eternidad no fue un regalo, sino una imposición.

Matteo la vio alejarse mientras su propio cuerpo finalmente cedía. No hubo dramatismo en su muerte, solo agotamiento. Sonrió una última vez al comprender que, al menos, ella seguiría existiendo.

Después, el peso de siete mil años cayó sobre él como una noche definitiva.

Murió sabiendo que su sacrificio no había traído amor eterno, sino resentimiento eterno, y su cuerpo finalmente se hizo polvo.

Mika perduró.

Y en cada siglo que pasó, el recuerdo de aquel hombre que la salvó fue una aflicción dolorosa y eterna como la vida que él le dio y que ella jamás pidió.




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