Antologia De Baladas Para Quienes No Saben Morir

EL PACTO

Canción sugerida: “Reminiscence - Ólafur Arnalds, Alice Sara Ott”

Había aprendido a no intervenir en el destino de los humanos, seiscientos años enseñan prudencia incluso a los más neófitos, y Adrian Volkov observaba el mundo con la serenidad de quien ha visto demasiadas tragedias repetirse. Inteligente, medido, casi severo en su autocontrol, evitaba atarse a lo efímero, hasta que ella lo eligió a él.

Anya Petrovna lo amó con una devoción que rozaba la ceguera. No le importó saber lo que él era, ni el peso de los siglos que cargaba en la mirada. Lo amó como aman los humanos cuando sienten que han encontrado algo que trasciende su propia fragilidad: con todo el cuerpo y con todo el miedo.

Su pena era precisamente esa intensidad sin reservas, y no concebía un futuro donde él continuara y ella no.

—No quiero morir antes que tú— Anya le dijo una noche, con lágrimas contenidas —No quiero que me mires como miraste a las otras.

Adrian guardó silencio, porque ya había enterrado demasiados amores como para fingir que el dolor no existía. Intentó persuadirla de aceptar su naturaleza mortal, de comprender que la belleza de su amor residía en su límite.

Pero Anya no quería aceptar esos límites.

Buscó antiguos textos, leyendas olvidadas, hasta encontrar el ritual que él jamás le mencionó: un pacto oscuro que concedía la inmortalidad bajo una condición cruel.

Para volverse vampira, ella debía olvidar a la persona que más amaba.

Adrian supo del pacto cuando ya era tarde. Trató de detenerla, pero el amor ciego es una fuerza obstinada. Anya estaba dispuesta a sacrificar cualquier cosa con tal de permanecer a su lado. No sabía ni entendía la ironía escondida en la cláusula, creía que el precio sería un recuerdo lejano, una figura de su pasado. No imaginó que el hechizo era preciso e implacable.

La noche del ritual Adrian sostuvo su rostro por última vez con manos que temblaban apenas. Quiso confesarle que preferiría perderla como humana antes de ganarla en la ignorante eternidad. Pero ella sonrió, convencida de que estaban desafiando al destino juntos.

El cambio fue violento y breve, su corazón humano se apagó y su respiración cesó, y una nueva sed despertó bajo su piel fría. Cuando ella abrió los ojos, el mundo era más nítido y cruelmente más hermoso. Se incorporó con una gracia desconocida y miró alrededor como quien despierta en un lugar extraño.

Sus ojos se posaron en Adrian.

No hubo reconocimiento ni amor, solo una cortesía distante.

—¿Quién eres? — preguntó sin hostilidad, pero sin emoción alguna.

Adrian sintió que seis siglos de resistencia se desmoronaban en un segundo. Intentó pronunciar su nombre, recordarle las promesas, las noches compartidas, los planes imposibles. Pero en su mirada no había eco.

El pacto había sido exacto: le arrebató el recuerdo de la persona que más amaba, y esa persona era él.

Anya se llevó una mano al pecho, confundida por la intensidad con la que él la observaba.

—Me parece que debería conocerte…— añadió —… pero no siento nada.

Nada. Esa sola palabra fue la que terminó de romperlo.

Adrian no intentó forzar su memoria y tampoco la obligó a quedarse. Le explicó con serenidad lo que era ahora, le enseñó a controlar la sed, a moverse en la noche. Fue paciente, como siempre había sido, pero algo en su interior se volvió irreversiblemente frío.

Anya permaneció, aprendió rápido, y se adaptó a la eternidad con una sorprendente facilidad, como si el vacío dejado por el olvido le diera espacio para existir sin culpa.

A veces miraba a Adrian con una leve curiosidad, incapaz de entender la tristeza profunda que habitaba en él.

Él recordaba todo; cada risa, cada promesa, cada súplica de no morir antes que él.

Con el tiempo dejó de mirarla como antes. Su voz se volvió distante, su trato correcto pero impersonal, no por crueldad sino por autopreservación. Comprendió que amar a alguien que ya no te ama —ni siquiera te reconoce— es una forma de desangrarse lentamente.

Anya caminó hacia su nueva eternidad sin cadenas, sin pasado que la motivara aquedarse.

Adrian permaneció inmóvil en la suya, con el corazón intacto y roto al mismo tiempo, sabiendo que el verdadero precio del pacto no fue el olvido de ella.

Fue la memoria eterna de él.




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