Antologia De Baladas Para Quienes No Saben Morir

DESPUÉS DE TU ÚLTIMO LATIDO

Canción sugerida: “On the Nature of Daylight (entropy) - Max Richter”

Durante más de trescientos años, Aleksandr Viremont se alimentó no solo de sangre, sino también de vanidad. Había aprendido a seducir, a prometer, a desaparecer antes de que el afecto se volviera incómodo. Soberbio, elegante, cruel en su indiferencia, consideraba el amor humano una debilidad pintoresca. Las lágrimas le parecían exageraciones; los juramentos, entretenimiento pasajero. Nada lo tocaba, nada lo retenía.

Entró a la biblioteca una tarde de invierno por puro aburrimiento. Le divertía observar a los humanos cuando creían estar solos entre libros, como si las historias fueran más reales que sus propias vidas.

Fue allí donde la vio por primera vez, Zofia Lewandowska, la del nombre común —los nombres demasiado suaves los detestaba— mientras ella organizaba volúmenes antiguos con una delicadeza casi ceremonial. Tenía una fe ingenua en las historias de amor, en criaturas condenadas que aún podían amar y en el romanticismo del que eran capaces, según los libros.

Aleksandr decidió divertirse.

Él comenzó a visitarla con excusas vagas, le hablaba con ironía cuestionando cada teoría romántica que ella defendía. Se burlaba de los finales felices, de la idea de redención para monstruos. Zofia no se ofendía, en cambio lo miraba con una paciencia que lo irritaba y le decía que incluso las criaturas más oscuras podían cambiar si alguien las veía con claridad.

—¿Y tú me ves con claridad? — preguntó él una noche, inclinándose demasiado cerca de ella.

—Sí— respondió ella, sin apartarse. —Y no me asustas, Alek…

Fue la primera vez en siglos que alguien no retrocedió.

Los años pasaron como hojas que se desprenden de un libro viejo y sin ruido. Zofia envejeció con la naturalidad de quien acepta el tiempo como parte del relato. Su cabello perdió color, sus manos se volvieron más frágiles, pero su mirada siguió intacta.

Aleksandr permanecía idéntico, impecable, observándola con una mezcla de fascinación y algo que se negaba a nombrar.

Siguieron conversando durante décadas. Ella le recomendaba y prestaba sus libros; él los leía en secreto, regresando siempre a los márgenes donde encontraba las anotaciones de Zofia. Ella hablaba del amor como si fuera una elección diaria y Aleksandr fingía desinterés, pero comenzó a quedarse más tiempo del necesario, comenzó a escuchar más de lo que hablaba, y comenzó, sin admitirlo, a esperar las sonrisas de ella.

Cuando comprendió que la amaba, que sus palabras y sus historias habían tocado su corazón muerto hace décadas, Zofia tenía ochenta años y respiraba con dificultad en una habitación bañada por la luz tenue del atardecer.

Aleksandr se arrodilló junto a su lecho, sosteniendo esa mano que tantas veces había pasado páginas con cuidado reverente. Por primera vez en su existencia, su voz no fue arrogante.

—Ven conmigo— le susurró —Puedo darte la eternidad… Puedo hacer que el tiempo deje de tocarte… Quédate conmigo eternamente…—

Zofia lo miró con una ternura que no contenía reproche.

—Ahora no— dijo con una sonrisa serena —ahora ya he vivido una vida contigo…—

No había miedo en su voz, tampoco duda, solo plenitud. Lo había amado a su ritmo, lo había vivido cada día y lo había esperado hasta el final. Había sido suficientemente feliz.

Murió tranquila, murió humana, con la convicción de que incluso un monstruo puede aprender a sentir.

Aleksandr continuó yendo a la biblioteca durante meses que se convirtieron en años. Se sentaba en la misma mesa donde ella catalogaba libros, y releía los mismos textos que habían pasado por sus manos incontables veces. Él deslizaba los dedos sobre las anotaciones que ella dejó en los márgenes, como si pudiera invocar su voz desde la tinta desvanecida.

Él ya no se burlaba de los finales felices porque ahora añoraba uno.

El día que habría sido el cumpleaños número noventa de Zofia, el amanecer encontró a Aleksandr de pie frente a la puerta de la biblioteca. Sostenía entre sus manos el libro que ella más había amado. El cielo comenzó a aclararse, y por primera vez en más de cuatrocientos años no sintió deseo de esconderse.

Miró hacia el horizonte con una expresión que no era soberbia o cruel… Era humana de alguna forma.

Cuando el sol tocó su piel, no retrocedió.

El dolor fue inmediato, abrasador, pero no huyó. Pensó en Zofia, en su sonrisa serena, en la vida que eligió terminar a su tiempo, y comprendió demasiado tarde que el amor no era una historia que pudiera posponerse sin consecuencias.

Y se entregó a la luz en silencio.

La biblioteca permaneció cerrada esa mañana.

Entre sus estantes quedó el eco de dos almas que se encontraron fuera del tiempo: una que vivió completa, y otra que tuvo que aprender a amar cuando ya no quedaba nada más por salvar.




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