Antologia De Baladas Para Quienes No Saben Morir

SONATA PARA LA ETERNIDAD

Canción sugerida: “Piano concierto no 2 in F major – Dmitri Shostakovich”

Seraphina Valdottir aprendió, durante más de mil doscientos años, a sentarse sin ser vista. Era calculada en sus movimientos, tranquila en su hambre, serena incluso ante la violencia del mundo. Las guerras pasaban, los imperios ardían, y ella permanecía intacta. No se apegaba, no repetía errores, porque la eternidad exigía disciplina.

El teatro estaba casi abandonado cuando lo encontró. Cada noche, después de que las luces se apagaban y la ciudad se sumía en un silencio cansado, él se abstraía y se sentaba frente al piano del escenario, y tocaba como si el teatro estuviera lleno.

Ilya Voronin —aunque su nombre apenas figuraba en programas olvidados— era un músico que no había conseguido audiencia ni gloria. Sus manos eran talentosas, pero su destino parecía empeñado en ignorarlo.

Seraphina ocupaba siempre la última fila, inmóvil, oscura… Presente.

Al principio, él creyó que era imaginación; una sombra que regresaba cada noche al mismo asiento. Pero los artistas reconocen cuando alguien escucha de verdad, y ella escuchaba con una intensidad que rozaba la devoción.

Ella nunca aplaudía, nunca hablaba, sólo permanecía.

Ilya notó que ella no envejecía. Los inviernos pasaban y su silueta seguía idéntica. Y él lo sabía, lo comprendía con esa intuición que nace del arte y del silencio compartido, pero decidió no preguntar, simplemente porque hay verdades que, si se nombran, exigen decisiones.

Una noche dejó de fingir.

—Sé que no eres como yo— dijo él sin mirarla directamente, mientras afinaba una tecla rebelde del piano.

Seraphina no respondió de inmediato, luego descendió las escaleras y se sentó en la primera fila.

—Y, aun así, parece que sigues tocando para mí— observó ella.

—Porque tú sigues escuchándome— replicó Ilya.

El invierno llegó con una tos persistente. Primero fue leve, luego roja, y la sangre manchó el pañuelo blanco con una violencia que el piano no podía disimular.

Tuberculosis, dijeron los médicos, con la resignación habitual de aquellos que conocen el camino y el final antes que el paciente pueda tratar el mal.

Seraphina sabía que podía salvarlo, convertirlo, arrancarlo de esa muerte lenta y cruel, pero el precio era absoluto.

—¿Sabes? Yo… Yo podría ofrecerte eternidad— le confesó ella una noche, cuando él apenas podía sostenerse sobre el taburete frente al piano.

Ilya sonrió con una ternura que era demasiado genuina para su propio bien.

—Amo el amanecer— respondió. —Amo el olor del pan recién hecho en la esquina de casa. Amo cómo el sol calienta mis dedos cuando salgo del teatro… No quiero perder eso— respondió él.

Ella sabía que para quienes aman lo efímero, la inmortalidad no se ve como un regalo.

La última noche, el teatro estaba más frío que de costumbre. Ilya se sentó frente al piano con el cuerpo debilitado pero la mirada luminosa. Seraphina ocupó su asiento habitual, aunque esta vez no se escondió en la penumbra.

Él comenzó a tocar una pieza que ella nunca había escuchado. No era virtuosa ni compleja; era íntima. Cada nota parecía decir lo que ninguno se atrevía a pronunciar. Cuando terminó, Ilya levantó la vista hacia ella.

—Es tuya… La… Compuse… Para ti— susurró.

Seraphina quiso llorar, pero los vampiros no lloran. En ellos el dolor es un lago quieto, profundo, sin desahogo. Ella se levantó antes de que la primera línea de luz se filtrara por las vidrieras del techo. No podía verlo morir bajo el sol que él tanto amaba, y cuando el amanecer entró en el teatro, ella ya no estaba.

Ilya permaneció inclinado sobre el piano, las manos aun descansando sobre las teclas y la partitura quedó abierta frente a él, con una dedicatoria escrita con tinta temblorosa: “Para la mujer que nunca verá el día”.

Y murió así, abrazado a su última composición, con una leve sonrisa de quién eligió cómo partir.

Seraphina no regresó al teatro.

Esa misma madrugada, mientras el recuerdo de aquella canción aun vibraba en el aire, caminó hacia una colina desde donde podía verse la ciudad despertar. El olor del pan recién hecho llegaba con el viento. Pensó en los dedos de Ilya sobre las teclas, en la manera en que había defendido su frágil humanidad hasta el último aliento.

La eternidad sin él era un escenario vacío.

Cuando el sol asomó por completo, Seraphina suspiró. Aquel calor que él había mencionado la abrazó y no hubo gritos o dolor. Y permaneció de pie, recordando cada nota, cada silencio compartido desde esa última fila en el teatro por años. Y se dejó consumir con esa tranquilidad y paciencia que siempre la había definido.

En el teatro, el polvo comenzó a cubrir el piano cerrado.

En la colina, no quedó más que ceniza dispersa.

Él murió por amar demasiado la vida, ella murió por no soportar vivirla sin él.




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