Canción sugerida: “Elegy for Viola - Peter Cavallo, Joni Fuller”
En un acantilado donde el viento parecía querer arrancar la tierra del mundo, se erguía un faro antiguo, blanco y agrietado por la sal. Allí vivía Steffan Petrescu, un hombre muy gentil para la aspereza del mar que lo rodeaba. Había elegido la soledad como quien acepta una penitencia tranquila y encendía la luz cada noche con la misma devoción con las que otros rezan.
Una madrugada sin luna y guiada únicamente por el rugido del océano y el latido constante de una linterna, la vampira llegó a las puertas del faro. Se llamaba Lucienne Moreau, aunque habían pasado siglos desde que alguien había pronunciado su nombre con ternura. Tenía más de dos mil años y una ceguera que no era humana ni reciente. Había perdido la vista en un incendio provocado por hombres que la temían. Desde entonces, el mundo para ella era sonido, olor y vibración.
Escuchó la voz de Steffan antes de sentir su presencia. Era cálida e inesperadamente luminosa en medio del frío de la costa.
—No deberías estar aquí— le dijo él, sin dureza.
—El mar me trajo— respondió ella, inclinando ligeramente la cabeza hacia el sonido.
Él notó su mirada vacía y entendió que no lo estaba viendo. Algo en esa fragilidad lo desarmó, y Lucienne que había sido cruel en otros siglos para sobrevivir, sintió por primera vez en mucho tiempo que alguien no le hablaba con miedo.
Ella se quedó a su lado.
Cada noche subía los escalones del faro guiada por la memoria de los pasos y la constancia de la voz de Steffan. Él le describía el amanecer cuando el cielo comenzaba a clarear y ella debía refugiarse en las sombras más densas del interior del faro.
Le hablaba de naranjas encendidos y rosas pálidos, de cómo el sol se derramaba sobre el mar como oro líquido.
—Hoy el cielo parece un campo de flores, es hermoso— decía él.
Lucienne escuchaba en silencio, construyendo colores en su mente que jamás podría confirmar. Y así, se enamoraron sin mirarse.
Ella jamás supo la forma de sus ojos; él jamás temió la oscuridad en los de ella. Se tocaban con cautela, como si el contacto pudiera romper algo sagrado.
Lucienne bebía apenas lo necesario de viajeros extraviados o animales que el mar devolvía a la costa. Nunca de él, jamás de él.
El invierno llegó con violencia inusual, las olas golpeaban el acantilado como si quisieran arrancar el faro desde sus cimientos. La tormenta duró días enteros, el viento aullaba entre las rendijas, y la estructura comenzó a crujir de una forma que Lucienne no necesitaba ver para comprender.
—La luz no puede apagarse— murmuró Steffan, mientras aseguraba los mecanismos con manos entumecidas.
Ella percibió el temblor en su respiración.
—Ven conmigo abajo— le pidió, extendiendo las manos hacia donde ella creía que estaba él. —No importa el faro.
Pero para Steffan, la luz era promesa, era guía y era lo único que había sabido ofrecer al mundo.
La tormenta alcanzó su punto más brutal cuando parte de la estructura cedió. El cristal superior estalló en mil fragmentos y el frío penetró como cuchillas. Steffan luchó por mantener la llama viva, protegiéndola con su propio cuerpo mientras el hielo se formaba en sus pestañas.
Lucienne escuchó el derrumbe antes de sentir el silencio.
Cuando el viento finalmente cedió, el faro era apenas un esqueleto inclinado. Ella avanzó entre los restos, llamándolo por su nombre.
Lo encontró por el olor metálico del frío extremo, la sangre derramada y la quietud absoluta. Steffan yacía junto al mecanismo de la luz del faro, las manos aún aferradas a la estructura.
Había muerto congelado y herido, intentando que la claridad no se extinguiera para ella.
Lucienne apoyó la frente contra su pecho inmóvil.
No había latido que escuchar, ni voz que describiera el amanecer siguiente, y él nunca le había dicho que la amaba, solo había elegido demostrarlo con actos silenciosos, como encender una luz en mitad del invierno.
Ella se perpetuó.
Se quedó en el acantilado durante meses, escuchando el mar golpear los restos del faro. Nunca supo el color de los ojos de Steffan, ni la forma exacta de su sonrisa, sólo conservó el recuerdo de su voz narrando cielos y colores imposibles.
A veces, cuando el alba se aproximaba y el viento cambiaba, Lucienne susurraba descripciones al océano, repitiendo las palabras que él usaba para pintar el mundo.
Pero ninguna voz volvió para responderle.
Y el pecho de una criatura que no debería sentir vacío, quedó irremediablemente habitado por la ausencia de un hombre demasiado cálido para sobrevivir al invierno.
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Editado: 20.05.2026