Antologia De Baladas Para Quienes No Saben Morir

EL BESO BAJO EL ALTAR

Canción sugerida: “Table for two – Abel Korzeniowski”

El convento se levantaba en lo alto de una colina gris, donde el viento rezaba más fuerte que las mismas novicias. Las paredes eran gruesas, húmedas, viejas como los pecados que guardaban. Allí llegó ella una tarde de lluvia, cubierta por un hábito que no ocultaba del todo la quietud antinatural de su cuerpo.

No tenía edad visible, pero en sus manos habían siglos y dijo llamarse Sor Amara Thorsen. Nadie preguntó de dónde venía, porque en los conventos aislados lo inexplicable se aceptaba como voluntad de Dios.

Hubo una entre todas las novicias, Sor Eliska Håkansson, la primera en notar que Sor Amara no envejecía.

Año tras año, mientras las demás hermanas se encorvaban y sus rostros se volvían mapas de arrugas, Sor Amara permanecía intacta, con la piel pálida como cera bendita y los ojos oscuros, insondables.

No comía en el refectorio más que pan seco.

De noche, cuando el gallo aún no anunciaba la madrugada, ella salía hacia los bosques y regresaba con el aliento manchado de hierro y tierra.

La novicia la observaba rezar, pero no era fe teatral, sino una fe desesperada. Sor Amara se arrodillaba hasta sangrar, murmurando plegarias al mismo Dios que, según sus propios susurros, la había condenado hacía más de setecientos años.

—Castigo merecido…— decía para ella misma —…castigo eterno.

Se alimentaba de animales para no tocar sangre humana, y cada criatura que moría entre sus manos era seguida por un salmo tembloroso.

La novicia Eliska no entendía lo que sentía. Había entrado al convento huyendo de sí misma, de un deseo impuro que no sabía nombrar. Y en Sor Amara encontró silencio, firmeza y algo más peligroso: ternura contenida.

Cuando sus dedos se rozaban al intercambiar rosarios, la novicia sentía que el mundo se partía en dos mitades irreconocibles; la de Dios y la de su propio latido.

Una noche de invierno, cuando el frío agrietaba las piedras y el viento apagó las velas del claustro, Eliska la siguió hasta la capilla.

Sor Amara estaba sola ante el altar, inmóvil como una estatua de mármol doliente. La novicia se acercó sin permiso, sin lógica, con la respiración temblando.

—No estás maldita— susurró Eliska.

Sor Amara cerró los ojos como si esas palabras dolieran más que cualquier herida, y Eliska la besó.

El beso no fue violento, fue torpe y puro. Fue el primer acto de desobediencia consciente de la novicia. Sus labios tocaron los de la vampira con una fe distinta, una fe humana y temblorosa.

Durante setecientos años, Sor Amara había contenido su naturaleza como quien sostiene un río con las manos, pero el beso abrió la compuerta.

No fue hambre, fue pánico y terror de perder lo único luminoso que había tocado su eternidad.

Sus colmillos descendieron antes de que pudiera rezar, y la novicia Eliska murió entre sus brazos, con los ojos abiertos en una mezcla de amor y horror, sin comprender si aquello era una bendición divina o un abrazo equivocado. Su sangre manchó el suelo de la capilla y el hábito blanco se volvió rojo oscuro bajo la luz quebrada de las velas.

Sor Amara gritó por primera vez en siglos. No fue un grito humano, fue un sonido que hizo temblar las vigas del convento y quebró vitrales antiguos.

Sostuvo el cuerpo de Eliska hasta que estuvo frío, meciéndolo como si aún pudiera devolverle el aliento con plegarias.

Al amanecer, confesó el crimen.

Las hermanas no entendieron del todo lo que era, pero entendieron el horror, y ella no huyó ni las atacó. Tampoco suplicó, pero pidió una sola cosa: penitencia eterna.

La emparedaron viva bajo el convento, en una celda estrecha entre los cimientos donde no llega la luz ni el canto de las campanas. Sellaron los ladrillos con oraciones y lágrimas.

Desde entonces, el convento envejeció, las generaciones cambiaron y el mundo también cambió.

Pero bajo las piedras, Sor Amara no murió.

Se alimentaba de ratas cuando lograba atraparlas en la oscuridad de su penitencia. Rezaba con los labios agrietados, su piel se volvió casi pergamino, sus ojos se hundieron en cuencas sombrías, y, aun así, no murió.

La fe la sostiene tanto como la maldición.

A veces en las madrugadas frías, las novicias nuevas juran escuchar un murmullo bajo el suelo de la capilla. No es amenaza, ni rabia.

Es un nombre…

El único nombre que pronunció con amor verdadero. Y cada vez que lo susurra, el convento tiembla apenas, como si incluso Dios las recordara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.