Antologia De Baladas Para Quienes No Saben Morir

3:17 AM

Canción sugerida: “Full Moon (arr. Lexin for Guitar) - Ludovico Einaudi”

En la redacción nadie quería su puesto porque él era el encargado de escribir despedidas. No noticias, no escándalos, no política: despedidas. Tomaba vidas enteras y las reducía a columnas medidas, a párrafos pulcros y a fechas cerradas con punto final.

Mikhail Antonov tenía fama de incorruptible, moral intachable. Nunca exageraba virtudes ni ocultaba sombras, decía la verdad incluso cuando dolía, sobre todo cuando dolía.

El problema comenzó cuando empezó a adelantarse.

Una madrugada entregó el obituario de un juez que aún desayunaba cada día a las seis. El editor lo reprendió.

Dos días después, el juez apareció muerto en su despacho, sin violencia o sin explicación. Un fallo cardíaco impecable.

Luego fue una cantante retirada, después un anciano profesor.

Mikhail escribía primero y la muerte confirmaba después.

Él no sabía cómo lo sabía, sólo despertaba con una certeza fría en la lengua y los dedos se movían solos sobre el teclado.

No inventaba nada, describía detalles que todavía no habían ocurrido: la hora exacta, la posición del cuerpo o el gesto final. Y siempre, en algún rincón de la escena, testigos mencionaban una mujer.

La mujer aparentemente no dejaba huella, no lloraba o gritaba. Sólo estaba allí, junto a la cama del hospital, o en la banca del parque, o en la sala silenciosa. Morena, pálida, serena, como si supiera exactamente cuándo respirar y cuándo guardar silencio.

Mikhail la vio por primera vez una tarde lluviosa en el velorio de la cantante. No llevaba negro, sino un gris suave, casi ceniza. Sus ojos no tenían brillo ni crueldad, eran más bien tranquilos, y más antiguos que la misma ciudad.

Mikhail la siguió hasta la calle.

—¿Los matas? — preguntó sin rodeos, aferrándose a su ética como a un escudo.

Ella, Carmilla Nygaard, lo miró con algo que no era ofensa o burla.

—Yo no mato a nadie— respondió con una voz que parecía haber aprendido todos los idiomas y olvidado el tono —Solo acompaño.

Durante semanas la investigó, pero sólo halló registros inexistentes, fotografías donde su rostro salía borroso o inexplicablemente velado. Ella no envejecía, lo notó porque su rostro se veía igual que el día del funeral con relación a fotografías antiguas. Evidencias de ella, tal vez, por más de dos mil quinientos años en los que caminaba al lado del último suspiro, invisible y constante.

Carmilla era vampira, sí, pero no cazadora.

Se alimentaba con discreción, lejos del drama humano. Lo suyo no era la sangre, sino el instante, ese momento justo en el que el miedo se convertía en aceptación. Camilla tomaba manos temblorosas, susurraba palabras que nadie más oía… Era guardiana del último aliento.

Mikhail quiso odiarla.

En lugar de eso, empezó a buscarla incluso cuando no había una muerte cercana. Descubrió que su serenidad no era frialdad sino agotamiento, y la eternidad no la había vuelto cruel: la había vaciado. Ella había visto demasiadas despedidas y ya salvaguardaba sus lágrimas.

—¿Alguna vez te quedas? — le preguntó Mikhail una noche, sentados frente al río de la ciudad.

—No me está permitido. — dijo Carmilla.

—¿Quién lo prohíbe? — preguntó Mikhail de vuelta.

Ella sonrió apenas.

—El destino no necesita leyes escritas.

Sin darse cuenta, él se enamoró de la quietud de Carmilla, de la forma en que no prometía nada, de su manera de mirar el mundo como si todo fuera ya recuerdo. Su moral comenzó a agrietarse: dejó de juzgar, dejó de exigir explicaciones. Mikhail entendió que no toda muerte era un crimen con un culpable y que no todo deceso tiene un verdugo.

Una mañana llegó a la redacción antes que todos aunque la oficina estaba vacía, y sobre su escritorio lo esperaba una hoja. Reconoció la letra al instante… Era su propio obituario.

No era grandilocuente o injusto; era preciso. En él se hablaba de su honestidad como de una espada que había sostenido demasiado tiempo. Describía el lugar: su apartamento, la hora: 3:17 a.m. La causa: un aneurisma silencioso.

Una muerte sin violencia y sin espectáculo.

Y una línea final que Mikhail nunca había escrito para nadie: “Fue amado en el instante más breve de su vida”

Él sintió su presencia antes de verla.

—¿Puedes cambiarlo? — preguntó sin levantar la mirada del papel.

Carmilla negó con la cabeza, porque por primera vez, su serenidad estaba rota.

—No decido cuándo— susurró. —solo sostengo.

—Entonces quédate— dijo él —aunque sea solo eso.

El día llegó.

A las 3:17 a.m. y tal como estaba escrito, el dolor fue súbito y blanco. No hubo tiempo para miedo, solo para comprender que la precisión, al final, también puede ser misericordiosa.

Mikhail murió con la mano entrelazada a la de ella.

En la redacción hablaron durante semanas sobre el periodista que había anticipado su propia muerte. Algunos lo llamaron profeta, otros decían que él estuvo loco, pero nadie entendió al final.

Carmilla siguió caminando.

Acompañaba ancianos, niños, pecadores, inocentes, y su rostro seguía inmutable.

Pero cada vez que sostenía una mano moribunda, recordaba la calidez breve de otra que no debió haber amado.

No podía llorar, no podía detener el curso del destino y no podía volver atrás.

Y esa imposibilidad —ese único nombre escrito con su propia letra— fue el crimen eterno que cargó mientras el mundo continúo muriendo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.