Canción sugerida: “Barber: adagio for strings”
El tren atravesaba el bosque como una herida luminosa en la oscuridad. Nadie recordaba haber comprado el boleto, nadie sabía exactamente dónde comenzaba el trayecto, pero solo sabían que, cada noche a la misma hora, el silbido partía el aire y los vagones surgían entre los árboles como una serpiente interminable de hierro y sombra.
En el último vagón viajaba él, Nikolai Skarsen.
Siempre viajaba en el mismo asiento. Siempre el mismo abrigo negro, impecable, anticuado. Su rostro no tenía edad; pero era hermoso de una forma serena, casi académica, como si hubiera leído todos los libros y sobrevivido a todas las épocas.
No descendía en ninguna estación, solo observaba.
Ella comenzó a subir semanas después del primer síntoma. Huérfana desde niña, Katarzyna Zielinska había aprendido a no pedir ayuda. La enfermedad se manifestó en su cuerpo de manera devastadora: cansancio, tos y un dolor persistente en el pecho que ningún médico logró domesticar. Le dieron meses, quizás menos, siendo una sentencia limpia y sin promesas.
La primera vez que ella lo vio pensó que era un profesor jubilado. Se sentó frente a él por pura obstinación: el vagón estaba casi vacío, pero algo en su silencio la invitaba a romperlo.
—¿Este tren siempre pasa por el mismo bosque? — preguntó ella.
Él sonrió apenas.
—El bosque no es lo que importa.
Hablaron cada noche desde entonces. De libros que ella no alcanzaría a terminar, de ciudades que nunca visitó, de la infancia que se le había ido demasiado pronto.
Nikolai escuchaba con una atención absoluta, sin interrumpir, como si cada palabra fuera una reliquia.
Katarzyna reía a veces, una risa breve y frágil, que parecía sorprenderla a sí misma.
El tren no tenía otros pasajeros constantes, rostros aparecían y desaparecían, algunos lloraban y otros miraban por la ventana con resignación.
Pero ella siempre se sentaba en el último vagón.
—¿Sabes? No quiero morir sola…— confesó una noche, con la voz más pequeña que el silbido del tren.
Él la miró con compasión.
—No tienes que hacerlo. —
Fue entonces cuando Nikolai le habló de la eternidad, no como una amenaza o como seducción vulgar. Le habló del tiempo sin la sombra de la enfermedad, sin hospitales, o sin ese agotamiento que la doblaba en dos al subir escaleras. Le habló de una noche permanente donde el dolor no tenía jurisdicción.
—¿Y qué tendría que dar yo? — preguntó Katarzyna.
Nikola le sostuvo la mirada.
—Tu último aliento.
Y ella asintió.
No asintió por desesperación, o no del todo. Había algo en él que le prometía compañía, y la soledad había sido su dolor más profundo, más constante que cualquier diagnóstico.
—Acepto— dijo al fin con un tenue suspiro.
El tren redujo la velocidad.
El bosque afuera se volvió más espeso, casi líquido. Las luces del vagón parpadearon. Ella sintió que el aire se volvió más liviano, como si el cuerpo ganara la batalla contra la gravedad.
Katarzyna extendió la mano hacia él, y sus dedos atravesaron humo.
El asiento frente a él quedó vacío, y el tren siguió avanzando… Indiferente.
🙦 🙤
En una calle húmeda de la ciudad, una joven cayó de rodillas junto a una farola parpadeante. Nadie escuchó su respiración al quebrarse y tampoco su nombre fue mencionado cuando el cuerpo se desplomó sobre el asfalto frío.
Sus ojos estaban abiertos, mirando algo que ya no estaba allí.
El vampiro Nikolai se arrodilló a su lado cuando la multitud aún no se había formado. Su rostro ya no era el del sereno pasajero de vagón de aquel tren, ahora era preciso, sabio de alguna manera, pero no misericordioso.
El tren nunca había sido de hierro.
El tren era el umbral que la mente fabrica cuando el cuerpo comienza a rendirse. Él no la había llevado ahí; ella lo había convocado para no morir sola.
—No puedo darte eternidad— murmuró, inclinándose sobre su cuello frágil —Solo puedo cerrar la puerta.
Sus colmillos descendieron con delicadeza quirúrgica, no como un ataque sino como una conclusión que ella había pedido a gritos internamente.
La sangre salió tibia, breve, suficiente.
La enfermedad que padeció Katarzyna habría tardado meses en apagarla, y él jamás creyó en las agonías largas.
Cuando terminó, sus labios estaban teñidos de rojo oscuro, sus ojos intactos reflejaban la farola y el cielo vacío. No hubo testigos que lo vieran levantarse y desaparecer entre sombras que no proyectaban cuerpo
El tren volvió a cruzar el bosque esa noche.
En el último vagón, el asiento frente a Nikolai permaneció vacío, y aunque era inmedible en edad, aunque había visto imperios caer y lenguas extinguirse, a partir de la supresión de Katarzyna una quietud distinta se hizo manifiesta en él: una ausencia que no era de hambre, era memoria.
Y la memoria, para criaturas como él, era lo más cercano al dolor.
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Editado: 09.06.2026