Antologia De Baladas Para Quienes No Saben Morir

MEMORIA PARA UNA ETERNIDAD VACÍA

Canción sugerida: “Ruska - Apocalyptica”

Nadie notaba su presencia hasta que ya era tarde, porque no tenía la elegancia fría del depredador clásico ni la astucia teatral de los que disfrutan el acecho; era más bien una sombra que parecía pedir permiso para existir, una mujer de belleza discreta y mirada antigua que caminaba por las ciudades como si siempre estuviera a punto de marcharse. Cuatrocientos noventa años le habían enseñado a Octavia Ravenscroft a no aferrarse a los cuerpos, sino a lo único que realmente perdura en ellos: la memoria.

No bebía sangre solamente, bebía recuerdos.

Y lo supo aún más cuando besó a Marek Dabrowski.

Él era violinista en pequeños teatros donde las luces amarillas maquillaban la precariedad, un hombre acostumbrado a amores breves que ardían con intensidad y se apagaban sin explicación, como si estuviera condenado a no ser elegido nunca del todo. Su miedo no era el abandono, sino el olvido.

Cada mujer que lo dejaba parecía confirmar que estaba hecho para lo pasajero.

Marek la vio después de un concierto pequeño, cuando guardaba el violín en su estuche con esa mezcla de orgullo y derrota que solo conocen los artistas invisibles. Octavia lo escuchaba desde la última fila, inmóvil, con los ojos cerrados como si la música fuera un idioma que le pertenecía desde antes de haber nacido.

Hablaron poco esa primera noche, pero cuando sus labios se encontraron, algo más profundo que la piel se abrió entre ellos, y ella sintió el sabor inconfundible del recuerdo fresco, vibrante, palpitante como una fruta recién cortada. Sin darse cuenta, absorbió la imagen de un niño corriendo en un patio con baldosas rojas, la voz de una madre llamándolo desde la ventana, el olor del pan tostado un domingo por la mañana.

Marek despertó al día siguiente con una sensación extraña, como si hubiera dejado algo importante en algún sitio que no lograba ubicar. No era dolor, era más un hueco leve, apenas perceptible. Y esa noche volvió a buscarla.

Cada encuentro era más intenso que el anterior. Hacían el amor como si el mundo fuera a acabarse al amanecer, y luego él tocaba para ella melodías que parecían inventadas por el deseo mismo, piezas imposibles que nunca lograba repetir del mismo modo.

A cambio, ella tomaba otro recuerdo: el rostro de su primer amor adolescente, el nombre d su mejor amigo de la infancia, la sensación exacta de la mano de su padre guiándolo en los primeros acordes. Y Malek comenzaba a olvidar detalles cotidianos en el proceso.

Confundía fechas, se quedaba en silencio a mitad de una frase porque una palabra se había evaporado en su mente. Pero cuando miraba a Octavia, sentía una plenitud inexplicable, una certeza de que algo extraordinario lo unía a esa mujer que parecía tan necesitada de amor como él.

Ella no rea sagaz ni cruel en el sentido tradicional, más bien era solitaria, desesperadamente solitaria. Y los recuerdos de otros eran lo que la hacían sentir acompañada, porque al absorberlos podía habitarlos, recorrerlos, sentir por un instante que también había tenido una madre, una casa, una risa de niña.

Con Marek se excedió, no por hambre, sino por amor.

Una noche, mientras él afinaba el violín, se detuvo y la observó con una confusión casi infantil.

—¿Cómo nos conocimos? — preguntó él con una sonrisa insegura.

El corazón muerto de Octavia se contrajo de un modo que habría sido dolor físico en otro cuerpo. Ella intentó explicarle el concierto, la última fila, el primer beso, pero las palabras no encontraban eco en la mirada de él.

Cada vez que se alimentaba, no solo tomaba memorias aisladas, sino también los hilos invisibles que los conectaban.

Octavia siguió viendo a Marek, prometiéndose a sí misma que sería la última vez, que no volvería a tocar su mente, pero la cercanía era demasiado tentadora, y cada caricia traía consigo un nuevo fragmento que se disolvía en ella como lluvia en tierra fresca.

Hasta que un día él olvidó el violín.

Octavia lo encontró mirando el instrumento como si fuera un objeto ajeno, preguntándose cuándo lo había comprado, por qué tenía las manos marcadas por cuerdas que ya no recordaba haber tocado. Su música, cuando intentaba tocar torpemente, se volvió errática, luego simplemente inexistente.

Los médicos hablaron de un deterioro neurológico inusual, rápido y devastador.

Ella intentó devolverle los recuerdos, se arrodilló junto a su cama y besó su frente con la intención desesperada de empujar hacia adentro todo lo que había robado, de vaciarse para que él volviera a ser completo, pero los recuerdos no regresan una vez que han sido digeridos por la eternidad. Y permanecieron en ella como reliquias imposibles de restituir.

Cuando lo internaron en un hospital mental, Marek ya no reconocía su propio nombre, miraba las paredes blancas con una serenidad hueca, como si hubiera nacido adulto y cansado. Octavia lo visitaba de noche, sentándose a su lado mientras él murmuraba sonidos sin sentido, mientras ella le susurraba las historias le había arrebatado: el patio de baldosas rojas, la madre en la ventana, el primer amor bajo el árbol en verano y su devoción por la música.

Él la escuchaba con la misma atención con la que se escucha la lluvia, y nunca volvió a preguntarle quién era.

Marek murió muchos años después, en una habitación sin fotografías, sin pasado, sin miedo siquiera, porque para temer hay que recordar lo que se puede perder.

Ella siguió viva, caminando por las ciudades evitando teatros y salas de concierto, sosteniendo dentro de sí la infancia, la música y los amores efímeros de un hombre que no pudo volver a recordar que la amó.

Octavia lo ama todavía con una devoción inútil, cargando una memoria que no le pertenece y que jamás podrá devolver.

Y esa es su condena más exacta: haber vivido por más de cinco siglos, acompañada de recuerdos que no son suyos, sabiendo que el único hombre al que quiso de verdad murió sin saber por qué su corazón latía más fuerte cuando ella se quedó con su violín.




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