Antologia De Baladas Para Quienes No Saben Morir

BAJO AGUAS PROFUNDAS

Canción sugerida: “Requiem Mass in D Minor, K 626: I. Intrus - Wolfgang Amadeus Mozart”

El lago parecía ordinario durante el día, una extensión de agua gris verdosa rodeada de juncos y silencio, pero cuando la luna llena ascendía sin nubes, algo en la superficie comenzaba a tensarse como un espejo que recordaba otro rostro, y entonces lentamente, torres emergían desde el fondo, cubiertas de algas y siglos, formando la silueta intacta de un castillo que no figuraba en ningún mapa.

No todos podían verlo, solo aquellos cuya soledad pesara más que el miedo.

Y Andrei Ionescu fue uno de ellos.

Pescador desde niño, había heredado la barca y la rutina de un padre que habló poco y murió temprano, dejándole como única compañía el crujir de la madera y el sonido del agua golpeando el caso. Nunca se había casado, no por falta de intentos, sino porque siempre parecía llegar tarde a la vida de los demás, como si su destino fuera observar la felicidad ajena desde la orilla.

La primera vez que vio el castillo creyó que el cansancio le estaba jugando una broma cruel, pero la estructura era demasiado precisa para ser un espejismo: balcones de piedra blanca, ventanales altos y una escalinata que descendía directamente al agua verdosa del lago.

Sintió miedo, sí, pero fue la curiosidad la que lo llevó a remar hacia allí.

La puerta estaba abierta.

Dentro de la estructura, el aire no olía a humedad sino a algo más dulce, como flores sumergidas que aún conservaban perfume. Las paredes estaban intactas, los candelabros encendidos con una luz que no parecía fuego sino reflejo lunar, y en el centro del gran salón ella lo esperaba como si supiera que iba a llegar.

Ella tenía el cabello largo, flotando ligeramente a su alrededor como si aún estuviera bajo el agua, y la piel pálida con un brillo suave que no hería la vista. Sus ojos no eran amenazantes, sino hondos y pacientes, como si hubieran visto pasar demasiados inviernos para conservar prisa.

Se llamaba Lirien Montelune, y llevaba seiscientos ochenta años habitando aquel palacio que sólo existía cuando la luna lo permitía. No podía abandonar el lago, esa era la condición de su eternidad.

Había sido condenada a vivir entre muros sumergidos por un pacto ancestral que ella no narró completo, y el agua era tanto su prisión como su sustento.

Se alimentaba de criaturas del lago y de viajeros que nunca volvían a la orilla, pero lo hacía con una delicadeza que no borraba del todo la culpa de su sonrisa.

Andrei regresó la siguiente luna llena… Y la siguiente.

Las noches se volvieron ritual, él remaba cuando el disco blanco comenzaba a elevarse, el castillo surgía como un suspiro contenido, y Lirien lo recibía con una mezcla de asombro y gratitud por lo que él le daba y que ningún humano le había ofrecido en siglos.

Caminaban por los pasillos donde el agua se deslizaba tras los vitrales como un corazón latiendo al revés, y ella le hablaba de épocas en que el castillo estuvo en tierra firme, de bailes y traiciones, de la noche exacta en que el lago lo reclamó todo.

Él le hablaba de redes vacías, de amaneceres solitarios, de la sensación de que el mundo siempre estaba completo menos en su mesa.

Se enamoraron con la lentitud de quienes no creen merecerlo. Andrei comenzó a odiar el alba porque sabía que, cuando la luna descendiera, el castillo volvería a hundirse y Lirien con él, desapareciendo bajo la superficie como un recuerdo que no se puede retener lo suficiente.

Cada despedida era más difícil, cada beso más urgente.

—Ven conmigo— le pidió él una noche, sosteniendo su rostro entre las manos —Hay tierra más allá del lago, hay caminos, hay sol…

Ella sonrió con ternura, pero en sus ojos hubo una sombra nueva.

—Si el lago me suelta, dejaré de ser lo que soy— respondió ella con una calma que no lograba ocultar el miedo.

Andrei no entendía del todo el precio de lo que le pedía, solo sabía que la quería fuera de aquella prisión líquida, que la imaginaba caminando a su lado por el pueblo, respirando aire sin humedad, viendo el mundo que él conocía.

La luna siguiente fue distinta.

El lago comenzó a retroceder antes de tiempo, como si algo invisible estuviera drenándolo desde las profundidades. Las torres emergieron más altas, más completas, revelando jardines de piedra y murallas que nunca habían sido visibles.

El agua descendía centímetro a centímetro, dejando al descubierto cimientos antiguos.

Andrei creyó que era un milagro, mientras Lirien supo que era el final.

El pacto que la mantenía atada al lago estaba rompiéndose por la fuerza de un deseo que no debía pronunciarse.

El agua era su ancla; sin ella, su cuerpo no podría sostener la eternidad que lo habitaba.

—Esto es lo que querías…— susurró ella, acercándose mientras el suelo húmedo comenzaba a resquebrajarse bajo sus pies.

Él asintió, confundido entre la alegría y un temor extraño.

Cuando el lago terminó de retirarse y el castillo quedó completamente expuesto bajo la luna, Lirien dio un paso hacia la tierra seca. Su piel comenzó a agrietarse como porcelana vieja, y el brillo dulce de su rostro se transformó en un polvo fino que el viento nocturno recogió sin ceremonia.

Andrei la sostuvo mientras ella se deshacía entre sus brazos, sintiendo cómo lo que había amado se volvía liviano, imposible de retener.

—No era una prisión... — murmuró ella, con la voz ya quebrada en partículas —… era mi… forma de existir.

El castillo crujió entonces como un cuerpo que pierde el alma, y las torres se desplomaron en una nube blanca que cubrió la orilla. Cuando el polvo se asentó no quedo piedra sobre piedra, ni rastro del esplendor sumergido.

El lago no regresó, solo quedó una hondonada inmensa y seca, y en el centro, Andrei arrodillado con las manos cubiertas de ceniza brillante.

Vivió muchos años después de aquella noche, pero jamás volvió a remar más allá de la mitad del antiguo lecho. Comprendió demasiado tarde que su amor había estado contaminado por la necesidad de cambiar lo que no entendía, que al pedirle tierra firme a Lirien le había pedido renunciar a su propia naturaleza.




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