Antologia De Baladas Para Quienes No Saben Morir

EL JARDÍN DE LAS ROSAS BLANCAS

Canción sugerida: “Rodrigo: Concierto de Aranjuez: II. Adagio - Joaquín Rodrigo”

Por más de casi mil años nadie se atrevió a cruzar los muros del jardín al norte del pueblo, porque incluso el viento parecía entrar con cautela y salir con un susurro manchado de hierro. Allí vivía Sebastian Halvorsen, cuyo rostro no revelaba los novecientos setenta años que lo habitaban, y cuya crueldad no era impulsiva ni rabiosa, sino metódica, cultivada con la misma paciencia con la que podaba cada tallo.

Sus rosas blancas eran célebres por una pureza imposible, pétalos amplios como manos abiertas, perfume limpio como una promesa que nunca ha sido traicionada. Nadie sabía que solo florecían si la tierra bebía sangre humana.

No era un asesino desordenado; era un jardinero exacto, elegía viajeros sin nombre, hombres violentos, almas extraviadas que el mundo no reclamaría con demasiado empeño, y con ellos alimentaba la raíz que sostenía su obra. No lo hacía por hambre únicamente, sino por estética, por una obsesión antigua con la belleza que solo se alzaba cuando algo moría por ello.

Sebastian había visto imperios arder y ciudades caer, y en comparación, una vida anónima le parecía un precio pequeño por la perfección de un jardín.

Ella llegó en primavera, contratada por el ayuntamiento para recuperar terrenos abandonados. Su nombre era Oksana Hreben, aunque él tardó en pronunciarlo porque temía que al hacerlo algo en su voz se volviera vulnerable. Oksana tenía las manos siempre manchadas de tierra y una moral tan firme que resultaba incómoda, como un espejo demasiado limpio frente al cual nadie quiere verse. Detestaba la violencia con una convicción que no necesitaba discursos, y hablaba de las plantas como si fueran criaturas que merecían respeto y paciencia.

Pidió entrar al jardín.

Sebastian aceptó por curiosidad, convencido de que ninguna mirada humana podría alterar lo que llevaba siglos siendo inamovible. La observó recorrer los senderos de grava, inclinarse sobre los rosales, aspirar el perfume con una sonrisa sincera que no sospechaba la profunda verdad oscura bajo tierra.

Cuando ella alabó la blancura perfecta de los pétalos, aquello que siempre había sentido como orgullo, se transformó en una punzada incómoda, como si esa pureza fuera una mentira pronunciada ante alguien incapaz de tolerarla.

Se enamoró sin decidirlo, como se filtra el agua en una grieta pequeña hasta quebrar la piedra. Comenzó a escucharla hablar de injertos y estaciones, de cómo la tierra responde mejor al cuidado que la violencia, y una idea absurda empezó a perseguirlo: lograr que las rosas florecieran sin sangre.

Por ella, intentó cambiar una ley que había regido su existencia durante siglos. Enterró cuchillas, dejó de cazar, probó con abonos nuevos, con mezclas traídas de tierras ajenas, con paciencia humana que le era ajena. Durante meses cuidó cada rosal con una delicadeza casi ridícula para quien había sido implacable, y cuando llegó el momento de la floración, los capullos se abrieron pálidos y enfermos, manchados de gris, marchitos antes de desplegarse por completo.

La tierra, privada de su alimento habitual, no respondió a la bondad tardía.

Oksana notó el deterioro del jardín y también el cambio en él, esa tensión oscura bajo la piel que no sabía interpretar.

Una noche, siguiendo un rastro que no quiso ver hasta el final, descubrió el sótano oculto bajo el invernadero, donde la piedra conservaba manchas antiguas y la verdad ante ella no necesitó explicación.

No lo gritó o lo insultó, sólo lo miró con una decepción tan profunda que habría sido preferible el odio.

—La belleza que nace del horror no es belleza— dijo con una voz que no tembló —es complicidad.

Sebastian intentó explicarse, pero por primera vez en casi mil años no encontró argumento que no sonara miserable. Y él no suplicó; su orgullo aún era fuerte, pero algo en sus ojos se quebró cuando comprendió que ella no volvería a cruzar el portón.

Oksana se fue sin mirar atrás.

El jardín comenzó a morir con una lentitud cruel.

Sin sangre y sin manos que creyeran en él, los rosales se secaron desde la raíz, las espinas se volvieron quebradizas y los pétalos cayeron antes de abrir. Sebastian pudo haber regresado a lo que era, pudo haber alimentado la tierra una vez más y restaurado la blancura impecable, pero la idea de que Oksana supiera lo que hacía convirtió cada posible víctima en una solución insoportable.

Destruyó lo que había creado.

Arrancó rosales centenarios con sus propias manos, quebró arcos de hierro cubiertos de enredaderas, incendió los invernaderos hasta que el humo cubrió el cielo como un luto anunciado. Cuando el fuego se apagó, se tendió entre los restos, rodeado de tallos negros y pétalos convertidos en ceniza.

Sebastian dejó de alimentarse, el hambre en un vampiro no es solo física; es un llamado que araña la mente, que transforma la serenidad en locura. Él resistió noches enteras con el cuerpo debilitándose, la piel perdiendo su firmeza sobrenatural, los ojos hundiéndose en una oscuridad que ya no tenía brillo estético sino agotamiento.

Nadie acudió en su ayuda, nadie sabía que el monstruo del jardín agonizaba entre sus propias ruinas, mientras él se esperanzaba en que ella volvería.

Murió solo, abatido, sin rosas que lo adornaran, sin la mujer cuya moral había intentado honrar demasiado tarde.

La tierra se abrió y lo tragó en una tumba sencilla, sin historia, porque el pueblo nunca entendió del todo quién había sido él.

Años después, cuando el terreno ya era apenas un campo vacío, Oksana regresó con el cabello recogido y las manos todavía firmes. Había vivido con su convicción intacta, repitiéndose que había hecho lo correcto, que no se puede amar a quien riega belleza con sangre. Y, sin embargo, cada primavera sentía un hueco inexplicable, una ausencia que ninguna certeza moral lograba llenar.




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