Antologia De Baladas Para Quienes No Saben Morir

INTRODUCCIÓN

Hay una forma de muerte que no necesita ataúd.

No deja cadáver, no convoca campanas, no obliga a vestir de negro. Simplemente ocurre en silencio dentro del pecho, cuando alguien a quien amamos se convierte en recuerdo mientras todavía respiramos.

Y nadie lo ve.

Nadie entiende que algo en nosotros ha sido enterrado sin ceremonia.

Nos enseñaron que el amor es una promesa, que es la luz en medio de la noche, que es refugio. Nos mintieron con dulzura.

Porque amar es aceptar la condena desde el principio, es exponerse a la pérdida con los ojos abiertos.

Amar es ofrecer la garganta sabiendo que el mundo — o el tiempo, que es lo mismo — acabará por cortarla.

Hay amores que duran una estación con la fuerza de un vendaval, otros sobreviven décadas y muchos otros hasta desafían la muerte misma. Pero todos, absolutamente todos, cargan la misma tragedia: uno de los dos se quedará solo.

Y ese, el que se queda, es el verdadero condenado.

Perder a quien se ama no es sólo un instante, no es el día del entierro ni la última palabra pronunciada con labios temblorosos. La verdadera pérdida empieza después: ese eco que viene con los días, es la taza que queda sin usar en la mesa, o es la cama demasiado grande, o es la costumbre de girar la cabeza para compartir una mirada que ya no existe.

Y allí, allí es que se aprende que la memoria puede ser más cruel que el olvido. Porque el olvido, al final de cuentas, es misericordioso. La memoria, en cambio, es una forma de eternidad.

Hay quienes creen que la inmortalidad es un don, pero no comprenden que vivir para siempre significa ver marchitarse todo aquello que tocamos.

Significa enamorarse sabiendo que el otro tiene fecha de caducidad, significa sostener un cuerpo que se enfría mientras el propio corazón — maldito — continúa latiendo sin permiso para detenerse.

Qué es más trágico: ¿morir por amor, o vivir siglos con esa ausencia?

Estas páginas no hablan de héroes o heroínas. No hablan de redenciones luminosas ni de finales que recompensan la fe.

Hablan de amantes que llegaron demasiado tarde, de promesas susurradas con angustia cuando el amanecer estaba en la ventana, de manos que no pudieron sostenerse lo suficiente. Y de juramentos que sobrevivieron más que los cuerpos que los pronunciaron.

Amar es siempre una desproporción cruel:

Uno ama más mientras el otro ama antes.

Uno se entrega de más cuando el otro ya está cansado.

Uno suplica por la eternidad y el otro suplica descanso.

Y entre ambos se abre una grieta donde cae todo lo que pudo haber sido.

A veces el amor no muere, a veces lo que muere es el mundo que lo contenía.

Este libro es para quienes han amado sin garantías. Para quienes han sentido el peso insoportable de un nombre que ya no puede ser pronunciado en voz alta porque quema. Para quienes han descubierto que el amor no salva: ilumina, transforma, hiere... y después exige su precio.

Cada historia aquí es una elegía, una pregunta que no obtuvo respuesta o la prueba de que amar, en algunos casos, es un acto de valentía suicida e inútil.

Porque al final, incluso si la sangre no se detiene, incluso si el cuerpo no envejece, incluso si la noche se logra prolongar más allá de los siglos, el amor siempre encuentra la manera de arrebatarnos algo.

Y eso que nos arrebata, ese vacío, nos cambia de por vida.

Si decides continuar, hazlo sabiendo que no hallarás consuelo en las siguientes páginas.

Solo encontrarás amantes que no pudieron salvarse.

Y tal vez entre las ruinas de sus historias, reconozcas algo que también perdiste tú.




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