Antología de Verlomare: Volumen I

Un encuentro entre las arenas

Desierto de Shansyr, Región de Halaketh

 

Se asomó desde el interior y dirigió la vista hacia arriba mientras ponía su mano sobre sus ojos para tratar de crear algo de sombra sobre ellos. Allá en lo más alto del cielo se alzaba un sol brillante e inclemente que trataba de cegarlo con sus feroces destellos luminosos. Un calor casi insoportable saturaba el aire que lo rodeaba mientras que, a su alrededor y a donde fuese que intentara desviar su mirada, se extendía un inmenso mar de arena que lo cubría absolutamente todo y que se perdía hasta lo más lejano del horizonte difuminado. Estaba tan acostumbrado al clima nublado y lluvioso de Bratellmar que todas sus energías se habían mermado hace bastante ya con tan sólo llevar poco menos de un día de viaje a través del desierto. Puede que fuera un hombre de contextura algo fuerte, pero el sol y el viento seco de aquel lugar le drenaban las fuerzas cómo si de una sanguijuela hambrienta y voraz se tratase.

Sacó una pequeña cantimplora de su morral para beber un par de sorbos de agua y mojar la piel de la zona del cuello en un intento por refrescarse. Sintiéndose algo aliviado por esa acción, procedió a vaciar lo que le quedaba sobre su cabeza, esbozando una sonrisa de satisfacción cuando una sensación pasajera, pero muy agradable de frescor le calmaba un poco el calor que lo sofocaba y lo tenía sudando al igual que un cerdo. Uno de los otros viajeros que iba sentado cerca suyo, un joven Halakiano de cabello claro y tes morena, lo miró por unos instantes con un gesto de pena y altanería al ver la poca resistencia que aquel forastero tenía ante el clima de su tierra natal, expresión que ocultó con rapidez cuando el hombre sintió su mirada sobre él y se volteó a verlo para increparlo. Después de unos segundos de silencio un tanto incómodo, se rindió con mantener su mirada acusadora sobe el chico y decidió no seguir dándole mayor importancia a algo tan banal cómo pelear con un niño que ni siquiera conocía.

Lamentaba que ahí en la caravana no hubiera alguna otra persona más de Bratellmar o por lo menos de Allberdam con quien pudiera entablar una conversación y pasar el rato. Los Halkianos no eran precisamente conocidos por ser personas conflictivas, pero desde la Guerra de las Dunas hace unas cuantas décadas atrás y a pesar de que los tratados de paz habían ido sin mayores problemas desde entonces, la gran mayoría no les tenía mucha confianza a los forasteros, mucho menos cuando se trataba de alguien del Dominio Real. Por supuesto, él no era un imbécil sin corazón ni alma que los culpaba sin razón por mantener la distancia con él y que sólo los veía cómo tontos rencorosos e incapaces de dejar el pasado atrás cómo algunos idiotas allá en Theranis hacían. Entendía el recelo de los habitantes del desierto con él y sus compatriotas debido a todas tragedias de aquel conflicto, pero no se imaginaba que la situación fuese tan mala e incómoda cómo en ese momento. Dejó salir un ligero suspiro y se contentó con quedarse viendo hacia las extensas arenas doradas que lo cubrían todo allá afuera y al sol que por fin comenzaba a esconderse de a poco.

La caravana seguía su curso a través de las dunas cómo si nada, sin importar cuánto quemara el sol en ese momento ni cuánta arena apareciera en su camino pues debían de apresurase para llegar al Oasis de Sharva antes del anochecer. Si bien los bandidos eran una muy buena razón para apurar el paso, el premio mayor se lo llevaban las bestias que salían a cazar con más frecuencia cuando el sol se ocultaba tras las grandes montañas de la Cadena de Surazbaz. A pesar de que podían hacerles frente a unos cuantos ladrones de poca monta con los pocos mercenarios que habían logrado contratar apresurados ese día, no estaban tan seguros de que ellos pudieran defenderlos del todo de un ataque de voraces Aves Shyrvalah, de una manada de Persaaks hambrientos o mucho peor aún, algún Narkadiano Cazador que se hubiera aventurado lejos de las ruinas de Asun’Valirk en busca de víctimas desafortunadas para atrapar y llevar de vuelta a su maldita colmena.

El hombre se apoyó sobre la banca de la carreta en la que iba y cerró los ojos por un momento.

La verdad era que aquella situación no era la más placentera para él, desde que había tenido éxito con su pequeña empresa minera en Laefrim había dejado de lado la idea de visitar otros lugares que fueran alejados de sus negocios y tratos comerciales. Sin que pudiera darse cuenta, en un abrir y cerrar de ojos ya había pasado una década completa. Recordó que de pequeño su padre también se dedicaba al comercio y solía viajar a distintas partes del continente en busca de productos exóticos y llamativos para todo tipo de público, pequeños viajes en los cuales él lo acompañaba.

Y por cosa del destino, fue durante uno de esos tantos viajes que conoció a una familia en Hakaleth de la cual él y su padre se hicieron rápidamente muy buenos amigos, un matrimonio de personas honradas y amables que tenían tres hijos de más o menos su misma edad y con quienes entabló una linda amistad. Si bien aquellos eran recuerdos bonitos y agradables de su infancia, se sentía algo culpable por no poder recordar con exactitud sus nombres a pesar de las muchas veces que habían vuelto de visita. Todos, excepto uno, pues por más tiempo que pasara, jamás podría olvidarse de Karin, la hija menor, con quien él se llevaba mejor que nadie, incluso allá en Laefrim.

De pronto recordó la razón de su viaje: Hace un par de días, un joven aventurero le había entregado una carta que su padre le había escrito desde Strallvath durante un viaje de negocios. Resulta que hace poco habían llegado a sus oídos la noticia de que Karin había caído gravemente enferma y necesitaba ayuda con urgencia. Su padre se había puesto en contacto con él para pedirle ayuda pues atravesaban un muy mal momento económico, por lo que le habían encomendado a él la tarea de ir a ayudar en nombre de su familia y en honor a su amistad.




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