Antología de Verlomare: Volumen I

Flotando a la deriva

“En algún lugar del Mar Claustro, Región de Salimdaz”

 

El sol se asomaba arriba en lo alto, bañando con sus cálidos rayos todo cuanto estuviera debajo de él. Una brisa suave y con leves toques salinos recorría tranquila el aire, apaciguando un poco el calor que había en aquel día de verano y haciendo algo más ameno el vuelo de las gaviotas que surcaban los cielos en busca de tierra firme para poder anidar y criar a los polluelos que pronto tendrían que cuidar, atentas a cualquier barco o bote que apareciera de pronto cerca de ellas para ir a posarse por un momento a descansar y quizás robar algo de comida.

De entre las aguas surgió de pronto una figura que se tambaleaba de un lado a otro al son de las suaves olas que se sacudían a su alrededor, moviéndose en una dirección errática y sin ningún rumbo fijo mientras se dejaba llevar de forma involuntaria, pero sin oponer resistencia alguna por el mar caprichoso que lo rodeaba. Una pequeña gaviota que volaba cerca de ahí decidió acercarse un poco, curiosa ante aquella escena.

Descendió lentamente con las alas desplegadas mientras se dejaba sostener por el viento hasta que aterrizó sin problema en uno de los trozos de madera de aquel objeto extraño y desconocido para ella que sobresalía del agua. Emitió un graznido agudo y después inclinó su cabeza hacia los lados una y otra vez, cómo si le estuviera haciendo una pregunta a lo que se encontraba frente a ella. Al no obtener una respuesta inmediata, probó una nueva táctica y decidió aumentar el número y la potencia de sus chillidos, levantado y agitando las alas en señal de impaciencia.

Se trataba de una persona, un joven que yacía tendido sobre un largo y maltrecho pedazo de madera que flotaba a duras penas, pero lo suficiente como para impedir que el pobre se hundiera hacia las oscuras y heladas profundidades. Llevaba puesta una camisa blanca bastante sucia y un pantalón de tela un tanto oscuro junto con unos pañuelos de color rojo que llevaba amarrados en la cintura y en su cabeza, en su pie derecho se podía observar una bota de cuero negra mientras que el izquierdo se hallaba descalzo y medio sumergido en el agua, por lo que su piel había adquirido una tonalidad fría y pálida junto con un aspecto algo arrugado debido a todo el tiempo que llevaba bajo la superficie y la temperatura del mar.

Un sabor algo salado se asomó por la comisura de sus labios, luego, la delicadeza del viento que chocaba en contra de su rostro de forma gentil y el agua un tanto helada que sentía por casi todas partes se sumaron a los gritos algo molestos del ave, sensaciones que lo ayudaron a recobrar los sentidos y volver en sí mismo poco a poco a pesar del terrible dolor que asolaba su cabeza y del cual apenas se había dado cuenta que padecía.

El muchacho comenzó a abrir los ojos de a poco mientras iba recuperando la conciencia y la percepción de sus alrededores, despertando de su agotador y largo letargo debido a todo el alboroto que se había armado frente a él y que no parecía dar señales de detenerse. Cuando pudo discernir más o menos lo que ocurría en ese momento, trató de levantar y estirar su mano en un intento por alejar a aquella molesta ave que le graznaba una y otra vez, pero la única respuesta que obtuvo ante ese esfuerzo inútil fue un leve movimiento en su brazo que apenas siquiera se pudo notar.

Después de un rato tratando de que su cabeza funcionara más o menos de la forma correcta a pesar de la molestia que lo agobiaba, logró recobrar la lucidez casi por completo y tras un pequeño esfuerzo, se volteó para quedar boca arriba y tomar grandes bocanadas de aire mientras que su pecho se agitaba exhausto una y otra vez.

Una vez recuperado el aliento perdido, se sentó con las piernas cruzadas y apoyó las manos sobre sus rodillas para meditar la terrible situación con la que se había encontrado nada más despertar. Después de todo, no tenía comida, agua ni una forma de resguardarse del frío, por lo que sólo era cuestión de tiempo para que su cuerpo sucumbiera ante aquella situación tan adversa, si es que su mente no colapsaba por la desesperación y perdía la cordura antes de sufrir de inanición, morir por deshidratación o sucumbir ante la hipotermia, claro. Bajó la vista ante la negatividad que le brindaban aquellos pensamientos funestos y se quedó contemplando por un rato la superficie de la cosa en la cual yacía sentado, soltando una carcajada irónica y burlesca cuando se dio cuenta de lo que en realidad era.

Si bien su situación era bastante trágica, no podía evitar sentir una terrible sensación de ironía oculta detrás de ella, puesto que no sólo se hallaba varado en medio del mar sin siquiera saber cómo nadar, sino que también se encontraba flotando sin rumbo fijo sobre la enorme y vieja placa de madera con unas letras algo desgastadas grabadas en ella que escribían “Surcacielos”, un gran trozo de roble tallado y adornado a mano ahora todo maltrecho y con unos cuantos pedazos faltantes. Aquel era el nombre del barco mercantil en el que trabajaba, su dueño lo había bautizado de esa forma pues, según sus propias palabras, su sueño siempre había sido poder surcar los cielos a bordo de un barco volador que flotara entre el aire y las nubes, fantasías de la infancia que lo habían acompañado durante toda su vida y que lo habían convertido en un tipo bastante soñador y optimista ante el futuro, alguien que si bien suele caer en agrado en la mayoría de las ocasiones, a él lo sacaba un poquito de quicio, sobre todo cuando se ponía a contar sus cuentos, fantasías y disparates a diestra y siniestra mientras él intentaba terminar con sus deberes en la cubierta lo más rápido posible. Dicha actitud algo infantil le había llevado a guardarle algo de recelo al nombre del navío, sobre todo cuando veía esa gran placa en el costado izquierdo del casco recibiéndolo en silencio cada vez que subía a bordo.




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