Apagón Cero...

Capítulo 2: El Despertar del Alba Gris.

​El amanecer sobre el distrito industrial no trajo el habitual estallido de luz dorada, sino una claridad sucia, filtrada por las densas columnas de humo que aún ascendían desde el centro de la metrópoli. El frío de la madrugada se había colado por las rendijas de la nave de suministros, calando hasta los huesos de los seis supervivientes. El parpadeo de las pantallas y el zumbido de los servidores ya eran recuerdos de una era lejana; ahora, el silencio solo era roto por el crujido del metal expuesto a la intemperie y la respiración contenida del grupo.
​La primera luz.
​Clara fue la primera en ponerse en pie. Sus músculos protestaron por haber dormido sobre el suelo de hormigón, pero la urgencia de la situación no daba tregua. Se acercó a la mesa metálica donde reposaban los mapas analógicos y las herramientas. Matías ya estaba allí, revisando minuciosamente las mochilas que habían logrado recolectar.
​—La presión del agua en las tuberías de la nave ha caído a cero —anunció Matías en voz baja, mostrando un bidón de plástico apenas a un tercio de su capacidad—. Lo que hay en este contenedor y los filtros portátiles que encontramos es todo lo que tenemos para el camino. Si no encontramos una fuente natural en las próximas doce horas, el esfuerzo físico nos va a pasar factura.
​Lucas se aproximó desde la entrada de la nave, donde había pasado las últimas horas vigilando la pesada puerta de chapa. Su rostro reflejaba el cansancio de la guardia, pero sus ojos mantenían la misma intensidad analítica.
​—Es hora de moverse —sentenció Lucas, interrumpiéndolos—. La luz del día es una espada de doble filo. Nos permite ver el terreno, pero también nos hace visibles para cualquiera que haya pasado la noche cazando suministros en el polígono.
​Desconfianza y equipaje.
​En la esquina opuesta, Paula intentaba masajearse los pies descalzos, cubiertos ahora por unos calcetines de lana gruesa que Matías había encontrado en los armarios de los operarios. A su lado, Sebastián permanecía sentado, con los ojos inyectados en sangre y el maletín de cuero aún encajado entre sus piernas.
​—Tenemos que dejar eso aquí, Sebastián —le dijo Paula, señalando el maletín con la barbilla—. No puedes correr por la carretera cargando con un montón de contratos y extractos bancarios que ya no valen ni el papel en el que están impresos.
​—Esto es lo que soy, Paula —replicó Sebastián, su voz rozando el límite del suspense psicológico al aferrarse con desesperación a los restos de su antigua identidad—. Si suelto esto, admito que lo he perdido todo. Mi empresa, mis cuentas... Todo está aquí dentro.
​—Lo vas a perder todo, incluida la vida, si ese maletín te ralentiza cuando tengamos que saltar una valla —intervino Lourdes, apareciendo desde la penumbra del fondo de la nave con un juego de cuerdas y mosquetones mecánicos—. En este nuevo mundo, el peso se mide en calorías y utilidad, no en activos financieros.
​Sebastián miró a Lourdes con resentimiento, pero la fría lógica de la mujer y la mirada de advertencia de Lucas lo obligaron a ceder. Con las manos temblorosas, abrió el cierre de metal, extrajo una pequeña navaja multiusos y un encendedor que guardaba en el interior, y dejó el resto tirado sobre el suelo de hormigón. El crujido de los papeles esparcidos fue el acta de defunción de su estatus social.
​La ruta de la sierra.
​Lucas extendió el mapa cartográfico sobre el capó de un camión inútil dentro de la nave, reuniendo al grupo a su alrededor.
​—La autopista principal hacia el norte estará completamente colapsada por vehículos abandonados y personas atrapadas —explicó, trazando una línea con el dedo—. Nuestro objetivo es la antigua carretera secundaria que bordea el canal de agua de la periferia. Si avanzamos a pie por el sendero de mantenimiento, tendremos la cobertura de la arboleda y acceso a agua que podemos filtrar.
​Clara examinó los detalles técnicos del mapa, asintiendo.
​—Esa ruta nos llevará directos a la subestación de la sierra norte en dos días de marcha. Si queda algún reducto técnico o alguna línea analógica que no haya sido afectada por el pulso, la encontraremos allí. Es nuestra única oportunidad de saber qué ha pasado realmente con el resto del mundo.
​—Pues pongámonos en marcha —concluyó Lucas, ajustándose la mochila táctica—. Lourdes y yo abriremos la marcha. Mantengan las distancias y, si les doy la orden de cubrirse, no pregunten. Solo obedezcan.
​Con un esfuerzo conjunto, Matías y Lucas accionaron la manivela manual de la puerta lo justo para que el grupo pudiera deslizarse hacia el exterior. El aire helado del amanecer los golpeó de lleno en el rostro. La silueta de la metrópoli, antes imponente, ahora parecía una gigantesca ruina humeante. Los seis supervivientes se adentraron en el páramo de asfalto, iniciando su viaje hacia lo desconocido en el segundo día del Apagón Cero. El sendero del canal.
​El grupo avanzaba en una fila india muy compacta, flanqueando las aguas densas y quietas del canal de mantenimiento de la periferia. A la izquierda, la arboleda descolorida por el invierno les proporcionaba una cobertura parcial contra las miradas de la autopista; a la derecha, el canal de hormigón reflejaba el cielo plomizo. El silencio de la mañana solo se rompía por el crujido de las hojas secas y el jadeo contenido de Sebastián, quien aún arrastraba los pies con evidente dificultad.
​Lourdes iba unos metros por delante de la avanzadilla, con la mano apoyada en la empuñadura de su linterna metálica pesada, utilizándola como un arma improvisada en caso de necesidad. Se detuvo en seco junto a un recodo del camino, levantando el puño para ordenar al grupo que se detuviera.
​—Hay movimiento adelante —susurró Lourdes, retrocediendo hacia la sombra de un gran sauce—. A unos cien metros, donde el canal cruza por debajo del puente de la vía secundaria. Hay un campamento improvisado.
​El dilema del superviviente.
​Lucas se adelantó agachado, observando la situación a través de las ramas. Había dos coches cruzados en mitad del puente, con las puertas abiertas y las baterías muertas. Tres hombres avivaban una pequeña fogata hecha con maderas de palés, mientras una mujer vigilaba los alrededores sosteniendo una llave inglesa. Se notaba la desesperación en sus rostros; el suspense psicológico de no saber cuándo regresaría la normalidad ya estaba haciendo mella en ellos.
​—Están bloqueando el único paso seguro sobre el canal —analizó Matías en voz baja, mirando a Clara—. Si damos la vuelta para rodear el puente por la zona abierta, perderemos tres horas y nos expondremos en el llano.
​—Podemos intentar hablar con ellos —sugirió Clara, con la ingenuidad de quien aún recordaba las normas del día anterior—. Quizá solo tengan miedo. Podemos intercambiar algo de información o una de las herramientas manuales por el paso libre.
​—No tienes nada que negociar con quien tiene hambre y frío, Clara —la cortó Paula, su voz teñida de un pragmatismo feroz—. En el momento en que vean que llevamos mochilas con filtros de agua y suministros, el diálogo se terminará. Van a querer lo que tenemos.
​Sebastián miró hacia atrás, con los ojos abiertos por el pánico. El recuerdo de los hombres de la playa de vías aún estaba demasiado fresco.
​—Paula tiene razón —apoyó Sebastián, la voz temblorosa—. Si nos ven, nos quitarán todo. Hay que dar la vuelta. No me importa caminar tres horas más si eso nos mantiene lejos de ellos.
​La decisión táctica.
​Lucas se giró hacia el grupo, evaluando las fuerzas de cada uno. La caminata ya estaba desgastando a Sebastián y a Paula, y perder tres horas en terreno descubierto era un riesgo inaceptable con el invierno encima.
​—No vamos a retroceder —dictaminó Lucas con frialdad—. Pero tampoco vamos a buscar pelea. Lourdes, tú y yo llamaremos su atención por el lado izquierdo del puente, simulando ser solo dos vagabundos desarmados buscando el norte. Cuando se concentren en nosotros, Matías guiará a Clara, Paula y Sebastián por la pendiente seca del canal, cruzando por debajo de la estructura del puente en silencio.
​—¿Y si sale mal? —preguntó Matías, aferrando la correa de su mochila.
​—Si sale mal, corran hacia la arboleda del norte y no miren atrás —respondió Lucas, intercambiando una mirada cargada de determinación con Lourdes—. Nos encontraremos en el kilómetro diez. Muevan los pies.
​El grupo se dividió en la penumbra del alba gris. Clara y Matías lideraron el descenso silencioso hacia el lecho seco del canal flanqueado por muros de hormigón, mientras Lucas y Lourdes salían a la superficie del camino principal, listos para enfrentar la primera prueba humana del Apagón Cero. El juego de las sombras.
​El hormigón del lecho seco del canal estaba helado y resbaladizo debido a una fina capa de escarcha matutina. Matías guiaba los pasos de Clara, Paula y Sebastián en un descenso casi vertical, pegándose contra la inmensa pared curva para evitar que sus sombras se proyectaran hacia el puente. La tensión psicológica se respiraba en cada respiración contenida; el menor roce de una bota contra la grava del fondo podía alertar a los ocupantes de arriba.
​Mientras tanto, en la superficie, los pasos pesados y deliberados de Lucas y Lourdes resonaron sobre el asfalto del camino.
​—¡Eh, vosotros! ¡Alto ahí! —tronó la voz de uno de los hombres del puente, el que avivaba la fogata. De inmediato, se puso en pie empuñando una barra de hierro, mientras los otros dos dejaban lo que hacían y la mujer de la llave inglesa avanzaba un paso, oteándolos con desconfianza.
​Lucas levantó las manos en un gesto de paz, adoptando una postura ligeramente encorvada, ocultando su porte militar bajo una capa de fingido cansancio. Lourdes lo imitó, manteniendo la cabeza baja pero los ojos fijos en los movimientos de los tres hombres.
​—No queremos problemas, amigos —dijo Lucas con la voz ronca, forzando un tono de desesperación—. Venimos del polígono del sur. Se está quemando todo. Solo intentamos seguir el canal hacia el norte para buscar comida o ayuda. ¿Saben si hay algún puesto de la Cruz Roja o del ejército más adelante?
​El cruce bajo el puente.
​Justo debajo de la estructura de hormigón del puente, el eco de la conversación superior resonaba amplificado y distorsionado. Clara se detuvo un instante, con el corazón golpeándole las costillas al oír la hostilidad en las voces de arriba.
​—No hay nada más adelante, imbécil —escupió el hombre de la barra de hierro desde el puente—. El norte está tan muerto como el sur. Si queréis pasar por nuestro puente, vais a tener que dejar algo a cambio. Lo que llevéis en los bolsillos o en esas chaquetas.
​Abajo, Matías empujó suavemente a Clara para obligarla a seguir avanzando. Sebastián temblaba de manera incontrolable, arrastrando los calcetines de lana por el suelo de cemento mientras Paula lo sujetaba firmemente del brazo, tirando de él con una rabia silenciosa y protectora. Un paso. Dos pasos. Ya estaban cruzando la mitad exacta de la enorme sombra que proyectaba el puente.
​De repente, una lata de refresco vacía, pisada y oxidada en el fondo del canal, crujió bajo el peso del pie de Sebastián. El sonido, aunque amortiguado por la estructura, ascendió de golpe por el ojo del puente.
​La mujer de la llave inglesa interrumpió su vigilancia hacia Lucas y miró directamente hacia abajo, al interior del canal.
​—¡Espera! —gritó ella, alertando a sus compañeros—. He oído algo ahí abajo. ¡Hay más de ellos intentando pasarnos por el fondo!
​El suspense dio paso a la acción pura en una fracción de segundo. Los tres hombres del puente apartaron la vista de Lucas y Lourdes, corriendo hacia la barandilla con las armas improvisadas en alto. El plan de distracción se había roto en mil pedazos en esta inhóspita mañana del Apagón Cero. El contraataque.
​En el momento exacto en que la mujer dio la voz de alarma, la sumisión fingida de Lucas desapareció. Antes de que el hombre de la barra de hierro pudiera asomarse a la barandilla, Lucas dio un paso al frente y propinó un golpe seco con la base de su pesada linterna metálica directamente en la rodilla del agresor. El hombre se desplomó sobre el asfalto con un grito de dolor, soltando su arma.
​Lourdes, moviéndose con una sincronización perfecta, interceptó al segundo atacante. Esquivó un golpe desordenado de tubo metálico, atrapó el brazo del hombre y utilizó su propio impulso para estamparlo contra la carrocería del coche abandonado que bloqueaba el paso. La mujer de la llave inglesa dudó un segundo, dividida entre atacar a Lucas o mirar al fondo del canal, y esa duda fue su error: Lourdes le arrebató la herramienta de las manos con un movimiento rápido y limpio, empujándola lejos de la barandilla.
​—¡Corran! —rugió Lucas hacia el fondo del canal, sin mirar atrás—. ¡Matías, sacálos de ahí ya!
​La huida por el lecho de hormigón.
​Abajo, el grito de Lucas rompió el bloqueo del pánico. Matías tomó a Clara de la muñeca y comenzó a correr a toda velocidad por el hormigón inclinado, superando la sombra del puente. Paula, con los dientes apretados y el frío de la escarcha quemándole los pies a través de los calcetines, empujó con fuerza a Sebastián.
​—¡Mueve las piernas, Sebastián! —le gritó, su voz resonando en las paredes del canal—. ¡No mires arriba, corre!
​Sebastián, espoleado por el puro instinto de supervivencia, se olvidó del cansancio. Sus pasos torpes repicaban contra el cemento mientras el grupo dejaba atrás la estructura del puente. A sus espaldas, los gritos de la pelea en la superficie comenzaron a apagarse, reemplazados por el sonido de Lucas y Lourdes descendiendo a toda velocidad por la ladera de tierra para unirse a ellos.
​Refugio en la arboleda.
​Doscientos metros más adelante, el canal se bifurcaba y una rampa de servicio de tierra permitía salir del foso de hormigón. Matías y Clara llegaron primero arriba, exhaustos, ayudando a Paula y a un jadeante Sebastián a trepar el último tramo. Segundos después, Lucas y Lourdes coronaron la subida, con la respiración acelerada pero ilesos.
​Sin detenerse a hablar, Lucas hizo una señal hacia el interior de la densa arboleda que se extendía al norte. El grupo se internó entre los troncos de los sauces y pinos, corriendo hasta que el puente y los coches abandonados quedaron completamente fuera de la vista y del oído.
​Cuando finalmente se detuvieron a recuperar el aliento bajo la protección de las ramas, el silencio del bosque los envolvió. El suspense psicológico seguía flotando en el aire: acababan de cruzar la primera línea roja. En el Apagón Cero, los recursos eran pocos y la compasión, un lujo que ya nadie se podía permitir.



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Editado: 05.07.2026

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